Tormenta de verano

El limpiaparabrisas no daba abasto. Llovía a mares. Llovía como cuando llueve en verano: como si no fuera a ocurrir nunca más. Y a través de la catarata en que se había convertido el parabrisas se veía gente en chanclas atravesando charcos y motoristas enfadados por el inevitable atasco. Y vale, yo no había puesto el intermitente pero era evidente que intentaba echarme a la izquierda. Meterme de lleno en el remolino de la rotonda, salir por el otro lado y enfilar hacia su trabajo, recogerla y pasar la mejor tarde posible. Sentía (visto desde aquí y ahora imagino que todo encaja) una extraña sensación de claustrofobia. Algo parecido a una prisa estática que me hacía mover nerviosamente la pierna del acelerador. Me visualicé sacando un pañuelo blanco por la ventanilla y saliendo de allí a todo gas. Pero los conductores de autobús son como son y no respetan ni la angustia ajena. Al menos en esta ciudad. Supongo que en todas partes. Hombres que de niños querían estar al mando de máquinas enormes. Portaviones, jumbos, naves espaciales. Cosas mucho más grandes que la que les ha tocado conducir y, claro, están jodidos y, claro, conducen como gente jodida. O puede que sea más sencillo: puede que sean como cualquier persona y acaben haciendo con su vida lo que puedan. Qué más da, eso no importa ahora. El caso es que de repente un enorme rectángulo rojo apareció a menos de un palmo de mi ventanilla. A menos de diez centímetros, cinco, tres, dos, uno. Lo siguiente fue que el cristal reventó con una explosión sorda y el retrovisor desapareció entre las ruedas mojadas arrancado de cuajo por la bestia de metal. Supongo que lo mismo habría pasado con mi brazo izquierdo si no fuera por el volantazo que di en dirección contraria. Noté cómo se desviaba el eje de la dirección al chocar contra el bordillo de una isleta, esquivé una señal de zona escolar y finalmente salí rebotado del caos por una estrecha calle en la que nunca había reparado. Ni siquiera había tenido tiempo de ver el número del bus. Mierda, pensé mientras me sacudía añicos de encima y la lluvia torrencial me mojaba mi mejor lado. Seguí conduciendo mientras maldecía a la empresa municipal de transportes, al hombre del tiempo, al inventor de las rotondas y la inminente factura del taller. Entonces la calle se abrió y comprobé que había ido a parar al paseo marítimo. Pero sobre todo comprendí que lo que de verdad estaba maldiciendo era su miedo a mojarse en cuanto caían cuatro gotas. Su inevitable llamada pidiéndome que fuera a recogerla. Y recordé que antes eso no me importaba. O al menos no me había planteado si me importaba. Pero ahora notaba cómo una sustancia densa compuesta a partes iguales de alegría y tristeza y de decencia y culpa se extendía por mis venas. Tal vez alivio fuera un buen nombre para ese compuesto. No lo sé. Guiado por sus efectos secundarios aparqué. Sin problemas; la playa estaba desierta; todo el mundo tiene miedo a mojarse. Pero a veces hay que hacerlo. Así que salí y me adentré en la arena. Estaba dura y salpicada de millones de diminutos cráteres que desaparecían a cada segundo borrados por un nuevo mapa de impactos. El cielo oscurísimo ayudaba a que aquello, si pasabas por alto el ruido de las olas y la gravedad y la mismísima lluvia, fuera bastante parecido a estar en la Luna. Un lugar lo bastante alejado de todo para intentar dilucidar si lo que atronaba por dentro también era una simple tormenta de verano. O eso creí entonces. A día de hoy aún no  tengo ni idea.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Tormenta de verano

  1. Las tormentas internas…¿con que paraguas guarecernos de ellas…?

  2. ToniNoja dijo:

    Es cierto sr. Rojo, todos tenemos miedo a mojarnos… pongamos el intermitente…no es evidente que vamos a girar.
    Un abrazo y salud

  3. micromios dijo:

    Cuando llueve siempre me da por pensar que el cielo se cae a trocitos y que cualquier cosa es posible.
    Muy buena imagen la de un paisaje lunar playero y nuestra lluvia interior.
    Salut

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