Piraguas rojas y otras cosas flotantes

Cogimos la piragua, el kayak, como se llame, y nos metimos en el agua. Era de dos plazas, así que todo encajaba. Más o menos. Yo iba detrás y remaba con la vista puesta en su espalda. Por primera vez me pareció demasiado lisa, demasiado pálida. Demasiado “otra”. Y a pesar de saber que solo era una mala pasada de mi memoria y mi deseo, la sensación de echar algo de menos en su piel era tan absurda como real. Lo identifiqué de inmediato: buscaba los rayos de tinta que nunca habían brillado entre los hombros que se movían simétricamente delante de mí.

En fin, seguimos remando, intentando en vano sincronizarnos aunque solo fuera a nivel físico. Ella de vez en cuando se giraba y me miraba sonriente con sus inmensos ojos azules, su pelo rubio deshecho por el viento en todas direcciones. Se giraba y me decía cosas intrascendentes que me llegaban como desde muy lejos a través del aire salado. Hablaba por hablar, como se habla cuando se es feliz. O se está. Yo me esforzaba en aguantarle la mirada y le respondía lo mejor que podía.

Cuando la playa ya no era más que una fina línea dorada dejamos de dar paladas. Ella se dio la vuelta para sentarse cara a mí. Su bikini azul chirrió más de la cuenta contra el plástico rojo. Puede que fueran sus muslos demasiado perfectos, no lo sé. Lo que sé es que incluso mirándome a los ojos siguió sonriendo como si todo le resultara maravilloso, hablando de un montón de cosas que no soy capaz de recordar. Sus palabras se diluían en el rumor del agua y me alegré de que así fuera o me lo pareciera. Por un momento pensé que iba a poder recuperar el control de mis pensamientos y disfrutar del sol que ardía ahí arriba, del mar meciéndome desde abajo, del aire caliente en medio y sobre todo de la tierra, lo bastante lejos como para intentar olvidar lo que de verdad me gustaría hacer en cuanto volviera a pisarla. Olvidar lo que no podía contarle a ella ni a nadie. Lo imposible. Sí, durante una fracción de segundo pensé que iba a poder disfrutar de estar allí, flotando con ella. Pero entonces me di cuenta de que la deriva nos arrastraba lentamente hacia el horizonte y de repente sentí que una cápsula de algo viscoso a medio camino entre la pena y la impotencia se rompía y derramaba en mi interior. Quise disimularlo. Me levanté. Le dije Vamos a bañarnos y salté torpemente al agua. Estaba fría, pero no lo suficiente. No me hizo caso. También eso lo agradecí en secreto. Braceé hasta alejarme quince o veinte metros de la piragua. A cierta distancia, sin gafas, con el salitre quemándome los ojos y miles de añicos de sol reflejándose en la superficie, ella podía no ser ella. Ella podía ser Ella.

Quise conservar esa esperanza todo lo posible. No quería que mis ojos se acostumbraran al sol y la sal. No quería que la evidencia de su voz me alcanzara por encima del leve oleaje. Así que tomé aire e impulso y buceé hasta enterrar las manos en la arena helada del fondo. Me quedé allí cabeza abajo, entre algas, conchas, plancton y otras pequeñas criaturas más dotadas que yo para disfrutar de sus insignificantes vidas, hasta que mis pulmones hubieron consumido varias veces el último átomo de oxígeno. Concentrado en irrigar el deseo de que durante mi hundimiento pasaran el tiempo suficiente y las cosas necesarias y los milagros impensables para hacer del mundo seco un lugar mejor.

Escasos segundos más tarde emergí. Agotado, tosiendo. La corriente había alejado la piragua. La espera se me hizo eterna. Cuando por fin llegó a mi posición conseguí alzar un brazo y aferrarme con todas mis fuerzas al plástico muy rojo y muy duro y muy áspero pero también mucho más confortable que la inconsistencia de la nada. Ella me preguntó si estaba bien y me tendió la mano. Se pasará, le dije sin cogérsela, sin siquiera mirarla; todo pasa. Qué tonto estás, me respondió, y no pude evitar sonreír ante la nitidez con que por una vez me llegaron sus palabras. Se sentó y empezó a remar hacia la playa. Era agradable dejarse remolcar como un mamífero desorientado y harto de nadar y nadar para nada. Notar los músculos relajarse poco a poco al fin. Sentir esa tranquilidad resignada que da el saber que te diriges hacia un destino bueno o malo pero que no depende de ti. Sí, era agradable. Al menos más agradable que luchar contra la corriente, aunque solo fuera durante el tiempo necesario para volver a tierra firme. Para volver a perderme.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Piraguas rojas y otras cosas flotantes

  1. ester dijo:

    Joder, Iván, me has pillado tonta, me ha dado ganas de llorar. Has captado esa sensación que supongo que tod@s hemos vivido en malos momentos…

  2. "M" dijo:

    no se pueden leer sus relatos con la guardia baja, se corre el riesgo de encontrarte con una ola de su tinta especialmente inspirada como es este magnífico relato, capaz de zarandear mucho más que la vida azul de ese mar salado a la boca y a los ojos y que tan bien describe usted.
    Admirable, otro más.

  3. Sulo Resmes dijo:

    …esperemos que sea bueno. Nos lo hemos ganao, ¡que coño!

  4. Pedro d. dijo:

    Sigues sorprendiendome.

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