Redbird

Ahí, en el rincón, vive mi pájaro.

En su jaula de pie de segunda mano.

Plumas rojas tras barrotes de latón. Aunque quizá no sean de latón. En fin, a quién le importa.

Es una jaula grande.

Al verla podría pensarse que lo que hay bajo el trapo es un loro o un papagayo. Algún ave cara y exótica.

Pero lo cierto es que lo que vive en ella es un pájaro mucho menos selecto. Sin pedigrí. Sin especie. Incluso sin nombre. Solo un pequeño pájaro rojo que hincha su raquítico pecho al respirar

y de tanto en tanto agita con torpeza sus alas atrofiadas

y aún más de tanto en tanto me mira como si me reconociera. O como si no me reconociera, no sé qué me inquieta más.

Me mira fijamente con sus ojos redondos de denso petróleo,

perfectos,

sin superficie

ni fondo,

insondables e inevitables como desagües. Como agujeros negros.

Y durante un instante se me eriza el pelo por miedo a ser engullido por ellos.

Por miedo a desaparecer para siempre de este cuarto

y de esta vida

sin haber hecho nada más o menos digno. Sin dejar huella. Sin siquiera dejar en el disco duro del ordenador

el

menor

rastro

merecedor

de

seguimiento.

En esos momentos odio a mi pájaro. Me armo de valor, le mantengo la mirada y me concentro en que de algún modo sepa que le odio a muerte.

Me imagino estrangulándolo con facilidad con mi peor mano,

aplastándolo con el puño,

reduciéndolo a plumón ensangrentado.

A veces incluso le digo lo que me gustaría hacerle. Rojo líquido sobre rojo suave, le amenazo, rojo viscoso; así vas a acabar.

Pero nunca lo hago.

O mejor: hasta el momento no lo he hecho.

Y creo que es porque una vez al día el sol lanza sus rayos desde el punto

exacto del espacio

y baña la jaula en una luz indescriptible.

Y cuando eso sucede el pequeño, escuálido y enfermizo pájaro al que en tantas ocasiones he fantaseado con liquidar

se transforma en una criatura maravillosa.

Lentas

ondas

de fuego

recorren sin cesar todo su cuerpo

y dos chispas de vida relampaguean en el centro de sus ojos.

Y vuela.

Vuela hasta quedar en mágica suspensión dentro de la jaula, como si fuera el colibrí que no es.

Y luego se lanza contra los barrotes. Los funde.

Los

atraviesa

sin

problemas.

Y vuela un rato por la habitación, iluminándolo, incendiándolo todo con un fuego que no quema,

hasta que se posa en mi hombro y me recarga de energía a través de sus garras-enchufes.

La descarga dura muy poco, solo unos segundos.

Lo justo para, por ejemplo, este homenaje de mierda.

Enseguida se agota, es un pájaro diminuto.

Cuando me quiero dar cuenta el fuego ha desaparecido

y sus plumas vuelven a ser de un rojo vulgar,

feo,

desgastado.

Nada que me apetezca demasiado contemplar.

Así que lo devuelvo a su jaula

y contengo las ganas de detener de una vez por todas

esos latidos que reverberan en mi palma

mientras –con cuidado de no dejar caer ni un grano-

relleno de alpiste su

comedero.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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