Desayuno a deshoras

No había mucho con lo que entretenerse en el bar, pero la pareja de la mesa del fondo me ayudó a pasar el rato.

Sentados frente a frente ambos miraban a cualquier sitio menos a la cara que tenían delante. Cogían la grasienta carta plastificada y la leían durante mucho más tiempo del que habría tardado en memorizarla un niño retrasado. Reacomodaban sus culos en la silla y observaban durante cinco segundos, quince, treinta la leve oscilación de las lámparas pasadas de moda que colgaban del techo mal pintado. Cada cinco minutos sacaban sus respectivos móviles y comprobaban la hora. En fin, pese a que todavía eran relativamente jóvenes, resultaba evidente que estaban atrapados en una burbuja de tedio, que intentaban escapar de su rutina paseando sus ojos cansados a lo largo y ancho de la decadencia del local. A veces, incluso, me miraban a mí. Como sin verme, con la misma atención moribunda que dedicaban a las fotos/dibujos de platos combinados que decoraban la pared de detrás de la barra.

Y mientras hacían eso, nada, tampoco se decían gran cosa. Algún comentario sobre la escasez del menú. Deberíamos haber parado en el McAuto, dijo ella. Al cabo de demasiados minutos él respondió sin mirarla y sin el menor sentido que la rueda delantera izquierda estaba un poco deshinchada. Después se comieron en completo silencio la ensalada de la casa y el arroz a la milanesa por los que al final habían optado. Desde donde estaba podía oírles masticar. Era desagradable. No quise ni pensar hasta qué punto les resultaría insoportable a ellos. No quise ni imaginar que a lo mejor estaban constatando su fracaso en ese preciso momento. Pero sobre todo no quise dejar crecer la terrorífica intuición que había empezado a brotar en mi cerebro: que nunca llegaran a darse cuenta de ello.

Demasiada tragedia para estar recién levantado. Llamé de un grito al camarero. Llevaba ya media hora allí sentado y aún no había reparado en mi presencia. Un café y un croissant, coño, le dije. Eran las tres de la tarde, sí, pero yo aún no había desayunado. Supongo que todo es cuestión de ritmos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Desayuno a deshoras

  1. jano dijo:

    Ahhhhhhhhhhhhhh!!!!

  2. micromios dijo:

    Me dejaste con un regusto amargo. Hay platos que se vuelven rancios, sin necesidad de pasar el tiempo.
    Salut

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