El perro de Pavlov

La chica se te acercó. Te miró con sus ojos negros y perfectos rebosantes de ganas. Dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara. Hizo todo lo necesario.

Y lleno de asombro notaste aflorar en ti, al fin, la maravilla de una respuesta incondicional, primaria, tan humana como animal. Y…

Asociaciones mentales inevitables, automáticas e inquebrantables. Ni la variante más dura del método Ludovico podría acabar con ellas.

Lo sabes muy bien.

Hace años que terminó tu adiestramiento. Fue un rotundo éxito. Lo sigue siendo. Sus efectos en ti perduran aquí y ahora, cuando ya no tiene sentido que sea así, con la misma intensidad con que empezó todo aquella noche del electroshock directo al corazón. Y perdurarán mañana y pasado y al otro, cuando todo será aún más absurdo.

Lo sabes muy bien.

Tras la primera fase de su adiestramiento, el perro de Pavlov no comía salvo que le dieran la comida haciendo sonar un metrónomo.

Un poco más avanzado el experimento, el perro de Pavlov podía llevar tres días sin comer y ni siquiera salivaba ante la comida si no oía el ring del aparato.

Al final, si Pavlov así lo hubiera querido, su perro se habría dejado morir de hambre rodeado de filetes, muslos de pollo y conejos asados esperando en vano que el mágico timbre del metrónomo desatara el apetito en su vientre hundido.

No hace falta ser un perro para sucumbir a los peligros de la respuesta condicional. Si algo se repite a diario durante el número necesario de años acaba por convertirse en pauta. En modelo. En el único estímulo válido para generar determinada reacción.

Por eso cuando la chica se te acercó, te miró con sus ojos negros y perfectos llenos de ganas y dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara, cuando hizo todo lo necesario, no fue suficiente. Su voz, sus ojos, su manera de moverse no eran los que te habían enseñado a asociar con determinados sentimientos. No eran tu ring. Con cierta tristeza notaste cómo las reacciones químicas que habían empezado a producirse dentro de ti se detenían y se diluían en tus venas sin remisión.

Ella se enfadó y te llamó imbécil y otras cosas bastante peores. Decidiste asumirlo sin protestar. Tampoco era el lugar ni el momento para intentar explicarle lo jodidamente eficaz que puede llegar a ser la Teoría del Reflejo Condicional.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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6 respuestas a El perro de Pavlov

  1. jano dijo:

    Todos somos perros.

  2. Llambito dijo:

    Menuda perra la pajarita en cuestion. Por cierto, el dia 16, perrea, perrea!!!

  3. micromios dijo:

    Esto nos pasa por estar condenados a ser libres y poder elegir.
    Buena reflexión, el perro de Pavlov estaría más que orgulloso.
    Salut

  4. ToniNoja dijo:

    Rediooosss como me ha puesto la susodicha… , es que han llamado al timbre mientras leía….

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