Un trabajo más o menos sucio

No sé por qué lo he recordado. Me refiero a la época en que trabajé en una empresa de gestión de residuos de barcos. Casi al extremo del espigón más largo del puerto de esta ciudad. A los pies del faro. Con el mar rompiendo a tan solo unos metros. Cada día venían dos o tres camiones-cisterna y soltaban el chapapote en un agujero que había en el suelo. Allí estuve hace ya tanto tiempo que no sé precisarlo durante todo un otoño y todo un invierno. De lunes a sábado. De siete de la mañana a cinco de la tarde. El chaval de la aduana que alzaba la barrera cuando mi coche se detenía ante ella llegó a conocerme un poco. Una mañana me preguntó qué tal mencionando mi nombre. Creo que en ese momento me sentí bien. Apreciado. Parte de un todo. O parte de una parte. Parte de algo. Aunque, ya digo, la sensación solo duró un instante. En cuanto dejé atrás la aduana dio paso a la preocupación. Que empezara a gustarme el denso olor del combustible solidificado era como mínimo inquietante. Quizá respirar esos efluvios diez horas al día me estuviera jodiendo el cerebro, colocando o algo por el estilo. Y eso que mi puesto estaba en la oficina. En realidad no era más que uno de esos cubículos de chapa que parecen contenedores o casetas a pie de obra. Lo cierto es que no me acuerdo muy bien de lo que hacía allí dentro. Algo relacionado con un libro repleto de cifras que cada mañana alguien dejaba en mi mesa. Algo muy raro, en definitiva, porque nunca he sido bueno con el debe y el haber. Ni en la contabilidad ni en la vida. Pero, bueno, el caso es que allí estuve durante seis meses, y lo que sí me viene claramente a la cabeza es el aire salado que se filtraba por todas las rendijas. Tenía que poner el vaso del café, los bolis, el bocata sobre los papeles apilados y rezar por que no soplara demasiado fuerte o por que lo hiciera de una puta vez por todas. También me acuerdo de Noelia. Puede que ni siquiera se llamara así pero qué más da; ese es el nombre con el que aflora ahora. Y además lo que cuenta es que Noelia era mi jefa, que solo tenía unos años más que yo y que me trataba bastante bien. Sin duda mucho mejor que cualquier jefe que haya tenido después. Por alguna razón que no entendía y que ahora no tiene importancia, se preocupaba por mí. Cada mañana me preguntaba si había dormido bien. Se encargaba de que me tomara algo sólido con el café. Por las tardes quería saber qué había comido. Y un par de noches quiso que cenáramos juntos. La verdad es que se movía con gracia en la fina línea que separa la amabilidad de la pesadez. Era agradable. Y el único elemento de aquel paisaje que olía bien. A perfume caro. A esencia de flores y esas cosas. Y si no hubiera llevado ese horrible osito de Tous colgando de los pendientes, la pulsera y el bolso a lo mejor me habría planteado el lado bueno de enrollarme con la jefa. No lo hice. Ni siquiera moví un dedo aquella mañana de últimos de febrero, durante el descanso de las once. Estaba sentado en lo alto del espigón con el café en la mano enfriándose por momentos. De repente apareció de pie a mi lado. Me preguntó si podía sentarse. Me pareció una pregunta muy extraña. Una frase de película. Le dije que sí y se sentó en la roca. Estuvimos en silencio un buen rato. Luego dijo que tenía frío y me miró fijamente durante un segundo más de la cuenta. Me visualicé a mí mismo echándole el brazo por los hombros, pero me resultó una imagen igual de irreal que la frase con la que ella había intentado iniciar la conversación. Así que volví la vista hacia las olas y dije Es que hace frío. Mucho. Supongo que esperaba obtener otra cosa, porque se levantó y se fue. Para ser sincero, reconozco que su marca favorita de bisutería no tuvo la culpa. Sencillamente había otras cosas en mi cabeza. Otros olores más naturales que el del chapapote. O tal vez la posibilidad de que empezara a gustarme el aroma de un perfume de 80 euros me resultara como mínimo inquietante. Fuera lo que fuera, cuando me acabé el café subí al coche y me largué de allí.

Anuncios

Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Un trabajo más o menos sucio

  1. Llambito dijo:

    No y mil veces no, los killers no pueden desperdiciar ninguna oportunidad!!! Espero que el próximo relato sea una aventura casi porno…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s