Nada mucho más

Estaba en una especie de fábrica abandonada. Completamente vacía. Ni maquinaria corroída, ni bidones oxidados de combustible, ni estanterías desvencijadas. Solo yo en medio de la penumbra de la inmensa nave, evaporada levemente por la luz que se filtraba a través de las altísimas vidrieras que cubrían las cuatro paredes. Todos sus cristales estaban rotos. Pero en el suelo no se veía un solo añico. Ni piedras o bujías ni nada de lo que suelen lanzar los niños cuando hacen ese tipo de cosas. Llegaba a la conclusión de que los cristales tenían que haber sido rotos desde el interior. Y me preguntaba por qué. Quizá alguien se había quedado atrapado dentro y había tenido que salir a través de las ventanas. Pero en ese caso, ¿por qué las había roto todas? Incluso las que estaban prácticamente en el techo, a quince o veinte metros de altura, aparecían agujereadas. Y más aún: fuera quien fuera el que se hubiera quedado encerrado, ¿por qué no había utilizado esa puerta de ahí para salir, como habría hecho cualquiera? En ese punto la inquietud empezaba a invadirme. Una inquietud lenta, que parecía jugar conmigo, reptar sigilosa hacia mí desde algún punto de la oscuridad, como dándome tiempo a buscar su origen. Porque aunque el lugar era lóbrego e incluso algo siniestro, no temía por mi vida ni por mi integridad. Era más bien un sentimiento de angustia sin razón aparente que aumentaba a medida que avanzaba hacia la puerta, que estaba seguro iba a encontrar cerrada.

Entonces empezaba a oír unos golpes acompasados. Retumbaban desde algún lugar indeterminado de la oscuridad de la fábrica. Unos ruidos secos y metálicos fortalecidos por la libertad con que viajaban en el vacío de todos esos cientos o miles de metros cuadrados. Clonc-clonc-clonc-clonc. Me recordaban al sonido que de vez en cuando emitían las tuberías de la casa de mi abuela. Me recordaban a los ruidos que sobrecogen a la tripulación de un submarino justo antes de que el aparato implosione bajo el peso de cincuenta atmósferas. Y aceleraba el paso hacia la puerta y enseguida ya estaba corriendo hacia ella y justo cuando alcanzaba el picaporte, rezando por que no estuviera cerrada con llave, por que las bisagras aún funcionaran, me desperté.

Tardé unos segundos en ubicarme. La desorientación natural que se experimenta al salir de una pesadilla se veía acentuada por los golpes, que seguían sonando también a este lado de la frontera del inconsciente. A través de la ventana vi las luces lejanas de un avión parpadeando rumbo al oeste, y supuse que sí, que ya había despertado. Pero lo que de verdad me reconfortó, lo que me hizo estar seguro de que la pesadilla había acabado, fue comprobar que las dos hojas de la ventana estaban intactas. Los cristales no presentaban ni el menor arañazo. Todo estaba bien, todo era normal. Todo menos ese martilleo incesante. El despertador marcaba las 05:38. Demasiado temprano incluso para el vecino de arriba, aficionado a despertarles los domingos de buena mañana echando abajo una pared para hacerse un vestidor, serrando una mesa camilla con el fin de reconvertirla en un abrevadero para patos o haciendo cualquier otra tarea estúpida aprendida en Bricomanía.

Estiré la mano hacia la otra mitad de la cama. No toqué más que la sábana fría. Me volví. No estaba. Desde mi posición pude ver un tenue resplandor al final del pasillo, en el cuarto de baño. Pensé en llamarla. No lo hice. Me levanté y fui hacia allí. La puerta del wc estaba entreabierta, pero la luz que se colaba por la rendija no era la de las bombillas que enmarcaban el espejo. Era mucho más débil y amarilla, y parecía oscilar como el resplandor de la llama de una vela. Eso es justo lo que vi en el suelo cuando empujé la puerta: una vela a medio consumir. Y un poco más allá, arrodillada debajo del lavabo, rodeada por trozos de azulejo, de yeso y montoncitos de polvo gris, ella golpeaba la pared con un martillo. Había envuelto la cabeza en un trapo.

-No quiero despertar a los vecinos –dijo sin girarse hacia mí-; no tienen por qué enterarse de nuestras historias.

Había algo en su voz que me erizó el pelo. Reconozco que no tuve valor para dar dos pasos, cogerla por los hombros y obligarla a mirarme. Simplemente dije:

-Pero ¿qué coño estás haciendo?

-Buscar una salida –dijo.

En ese momento se revolvió con una rapidez imposible para un humano. Su cabeza emergió de la sombra del lavabo y pude verle esos ojos amarillos con las pupilas rasgadas, y el pelo de un color verde radiactivo, y la piel de la cara y los brazos salpicada de decenas de pústulas supurantes.

Pero fue ella la que gritó al verme, dejando a la vista una lengua negra larguísima y bífida.

-¿En qué te has convertido? –Preguntó, con sus espeluznantes ojos derramando lágrimas rojas-. ¡Eres un monstruo!

Nos mantuvimos la mirada durante unos segundos. Ninguno de los dos dijo nada más. Luego ella se volvió contra la pared y continuó golpeando. Yo fui al dormitorio, me puse los pantalones y me calcé. Metí en una bolsa un par de camisetas y tres o cuatros calzoncillos. Lo demás se lo podía quedar ella. Cuando puse la mano en el pomo de la puerta temí que no girara. Temí la posibilidad de verme yo también obligado a derrumbar una pared para salir de allí. Pero no: la puerta se abrió sin ofrecer resistencia, sin siquiera emitir el menor chirrido.

Salí y cerré a mi espalda y me quedé un rato en el rellano, con la oreja pegada a la madera. Ya no se oía nada dentro. Ni martillazos, ni gritos. Nada. Casi podía sentir la paz instalándose poco a poco pero probablemente para siempre en aquella casa que ya no era la mía. Me alegré. Llamé al ascensor, subí, pulsé el botón de la planta baja y mientras descendía me observé en el espejo. No encontré en mi reflejo nada mucho más monstruoso que lo que encontraría cualquiera que se observe de cerca durante el tiempo suficiente.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Nada mucho más

  1. Ariane dijo:

    Cada cual huye como puede o sabe. Pero quizá sería valiente determinar exactamente de qué, y algún día,equiparse con una robusta armadura, empuñar un buen sable, y batallar, combatir hasta el final.

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