Barrio

Siempre está ahí. En la puerta del super de D.M. A cualquier hora. Bajo la lluvia o bajo un sol abrasador como el de hoy. Apoyada en la pared. Dice Hola a todo el que entra o sale. Y te sonríe mostrando unos dientes perfectos de diecisiete años. Pero sus ojos parecen mucho más viejos cuando te mantiene la mirada esperando tu respuesta. Porque siempre espera tu respuesta. Con un vaso de McDonald’s tamaño pequeño en la mano. No lo agita para hacer tintinear las monedas. No lleva un cartel describiendo la genealogía de su familia numerosa. Simplemente está ahí plantada, te saluda -siempre antes de que lo hagas tú-, y te sonríe y observa cómo pasas de largo cuando no le das nada o te da las gracias cuando sí lo haces. Y lo que quiero decir es que lo de darle o no darle unos céntimos es lo de menos. Lo que tú hagas está de más. La protagonista siempre es ella. Lo realmente importante es la dignidad imperturbable con la que habla y se mueve con independencia de cuál sea tu trato hacia ella. La dignidad con la que responde a quien la ignora. La dignidad con que acepta tu limosna. Esa sonrisa radiante. Como si no le importara pasar su juventud mendigando a la puerta de Consum. Como si fuera algo tan normal como sentarse en el bar que hay justo enfrente a malgastar el dinero pidiendo más cervezas de la cuenta, igual que yo y otros hacemos más de tres tardes a la semana. Pero la otra noche puse rumbo a casa bastante tarde. Ni siquiera las terrazas de verano estaban abiertas. Y me deprimió un poco la visión de la ciudad vacía, en silencio absoluto, sumida en un calor casi visible, irrespirable. Ya casi llegando a casa pasé junto a los contenedores de la esquina. Me asusté cuando uno de ellos se abrió de golpe. La chica de la puerta del supermercado asomó de su interior, sudando y manchada de las frutas podridas que tiran los pakis de la tienda de al lado. Creo que también ella se sobresaltó al verme. Noté en su mirada que me identificaba como una de las caras con las que interactuaba en su “trabajo”. Le dije Hola, adelantándome por una vez a su saludo. Pero no me contestó. Imagino que no debe de ser fácil devolverle el saludo a quien sabes que te está viendo envuelta en una nube de moscas y otros bichos más pequeños que revolotean y brillan al trasluz de las farolas. Así que no se lo tomé en cuenta ni entonces ni ahora, cuando voy al super, y ya no me dice hola. Yo tampoco lo hago, y me parece que ella lo agradece, porque al menos sigue sonriéndome. Que no es poco.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Barrio

  1. micromios dijo:

    Todos tenemos nuestra dignidad.
    Ser pobre o sentirse pobre.
    Salut

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