Como animales

La conocía desde hacía casi dos años. Nunca habíamos intimado gran cosa; unas cervezas un par de tardes aquel verano, poco más. Ese septiembre se volvió a Madrid. Y con el tiempo la luz con la que había irrumpido fue reduciéndose hasta el pálido resplandor de unos cuantos píxeles formando su nombre en mi lista de contactos de facebook. No era mi deseo, ni mucho menos, pero así suelen ocurrir las cosas. Con todo, reconozco que me resistía a dejar que su brillo, real o no, se extinguiera por completo.

Un brillo bastante anodino, por otra parte. Al menos para mí, quiero decir, para lo que yo esperaba de alguien a quien no sabes muy bien por qué, quizá simple necesidad de esperanza, incluyes en una categoría especial, por encima del tedio reinante. Me refiero, por ejemplo y la verdad es que fundamentalmente, a que todo lo que colgaba en su muro eran vídeos y artículos sobre mascotas abandonadas, maltratadas o asesinadas, si es que esto último es jurídica, semántica y moralmente posible. Cada día cinco o seis noticias nuevas sobre el mismo tema, idénticas a las del día anterior. Hoy Pluto necesitaba con urgencia nuestra ayuda: un cepo le había amputado la patita delantera derecha mientras jugaba en el campo; sus amos, literalmente unos desalmados hijos de puta, no se querían hacer cargo del pobre animal lisiado y lo habían dejado en no sé qué asociación protectora, pero sus amiguitos del refugio, cito de modo literal de nuevo, no lo estaban aceptando muy bien; era de vital importancia encontrar una buena persona que lo adoptara y le hiciera muchos mimitos, también literalmente. Ayer había sido Chispa. Mañana sería el turno de Rocky o Charlotte.

No exagero: cada noche escrutaba su muro en busca de algo que me sorprendiera, algo que me permitiera seguir pensando en ella como alguien capaz de inspirarme. Nunca encontraba nada no relacionado con la bondad del reino animal. Todo, siempre, giraba en torno a ese tipo de cosas. Puede decirse que su vida virtual la definía como una concienciada y concienzuda luchadora por los derechos de los animales. Toda una activista. El hecho de que más de una vez escribiera, al pie de la foto de un lince atropellado o de un buitre leonado colgando electrocutado de un cable de alta tensión, que le importaba más la vida de su gato Freeze que la de su vecino no dejaba lugar a dudas. Aun así, creo que ya he dicho que no sé a ciencia cierta por qué, yo la quería desde la primera vez que la vi. Y no se me pasaba.

Por eso de vez en cuando, sin ningún cargo de conciencia, le ponía el pulgar hacia arriba en cualquiera de esos vídeos que nunca me molestaba en abrir. Ella solía responder de inmediato con alguna proclama grandilocuente tipo Todos somos hijos de la gran Madre o El mar no tiene dueño; nada ni nadie puede conquistarlo. Lo que tú digas, pensaba yo, y ponía otro Me gusta a su comentario.

Un domingo de aburrimiento extremo como cualquier otro la vi online en el chat y decidí decirle hola. Tardó treinta y tres minutos en devolverme el saludo. Bueno, en realidad no me saludó. Dijo Perdona que haya tardado tanto, es que estaba llorando. De repente, como en una epifanía que me sentí obligado a aprovechar, me vino a la cabeza lo que había visto en las noticias de las tres. Supongo que has visto lo de la matanza de focas, le dije, jodidos canadienses. Acerté. Ella pareció recobrar fuerzas al otro lado de la conexión. Sí, dijo, habría que clavarles el piolet en la cabeza a esos cabrones. Esos animalitos no hacen daño a nadie; su único crimen es tener esa piel tan preciosa. Para entonces yo ya había abierto y consultaba una web sobre el tema. Quería parecer un experto. Así que le comenté que no solo les interesa el pelaje de las white coats, que también las evisceran para extraer su aceite y que a los machos les cortan el pene porque muchos asiáticos creen que tiene propiedades afrodisíacas. No me digas eso, por favor, dijo ella. La ventana del chat no reveló nada más durante unos cuantos minutos. Al fin me preguntó: ¿De verdad te interesa este tema? No quise mentir más de la cuenta. Opté por la ambigüedad. Sí, me interesan estos temas en cierto modo, me resulta desconcertante todo lo que se monta a su alrededor, aunque la verdad es que no es mi principal preocupación, le respondí. ¿Y cuál es tu principal preocupación? Inicié tres proyectos de respuesta diferentes. Pensé en hablarle del hambre, de la represión, de la guerra. Lugares comunes que nunca fallan cuando los expones ante personas de determinado perfil. Pero las tres veces borré lo que había empezado a escribir. El bienestar, sí, el bienestar general y particular, acabé diciéndole, y lo cierto es que pensé que no era del todo falso, sobre todo en lo que se refería a la última palabra.

Por la razón que fuera, le gustó lo que dije. Después de dos horas de charla sobre delfines, osos pardos, cóndores y demás me dio su dirección y su teléfono y me invitó a ir a pasar unos días con ella. Acepté. Los dos teníamos tiempo libre. Yo acababa de quedarme en el paro y ella tampoco tenía obligaciones y horarios que obedecer, no dio más detalles. Así que a las 07:00 del día siguiente subía a un auto-res. Dejé la mochila en el portaequipajes y me senté en el asiento 22, ventanilla. El 21 estaba ocupado por una mujer de edad indeterminable con obesidad mórbida que hacía un ruido parecido a un gruñido cada vez que respiraba. Hice todo lo posible por no pisarla. Cuando me hube sentado me dijo algo acerca de sus tobillos. Los miré. Parecían cualquier cosa menos dos tobillos. Luego le miré a la cara. Me vino a la mente un bloque de plastilina. Lo siento, le dije, y era cierto. Ella dibujó una sonrisa en el fondo de su gruesa dermis. Creo que se la devolví. Me caía bien. Todo lo bien que te puede caer una persona que viaja a tu lado en el bus. Quizá un poco mejor por aquello de que las personas estéticamente débiles suelen despertar la simpatía de las personas moralmente débiles. Aun así, me puse el mp-3 después de comprobar que el volumen no estuviera tan alto que pudiera oírlo el resto de pasajeros. Siempre me ha hecho sentir incómodo que la gente sepa lo que escucho, lo que leo, lo que pienso. Bueno, empecé a repasar mentalmente lo que había metido en mi bolsa. Tenía la sensación de que se me olvidaba algo. Cepillo de dientes, unas tijeritas para la barba, un ejemplar atrasado del National Geographic cuyo único fin era dotar de cierta profundidad a mi personaje, y ropa para un par de días. Llevaba todo lo necesario, sí, creía que sí. Pero escuchando el Windfall de Son Volt y observando el amanecer naranja sobre los campos de arroz al otro lado del cristal me pregunté si tal vez debería haber sido más previsor. Quizá mi visita se alargara más de lo planeado, por qué no. Supongo que lo que en realidad lamentaba era no haber sido capaz de ser más optimista. Supongo, a fin de cuentas, que no sabía qué pensar acerca de la invitación que me había hecho. Qué quería de mí, si aquello a fin de cuentas no acabaría siendo otra putada, etcétera. Por el rabillo del ojo vi que la mujer de mi izquierda sacaba una caja de bombones de un hueco imposible entre su vientre y su brazo. Me la tendió después de meterse en la boca el más grande de todos. No gracias, le dije. Volví a girarme hacia el mundo exterior y subí un poco el volumen, previsoramente, esta vez sí. Un escuadrón de trece patos ganaba altura en un cielo ya de un azul indudable. Me pareció bonito. Su aleteo sincronizado, sus destellos plateados cuando las alas formaban determinado ángulo. La magia duró lo que suele durar: un momento. Al instante pensé que con toda probabilidad esos trece cerebros diminutos sabían adónde se dirigían mucho mejor que yo. Y deseé quedarme dormido hasta llegar a Madrid. No lo logré.

Paramos en un pueblo de Cuenca, no recuerdo su nombre. En realidad paramos en un área de servicio. El diminuto pueblo al que pertenecía quedaba a lo lejos, en una especie de hondonada de polvo amarillento. Conté tres árboles en el paisaje, muy separados entre sí. La torre de la iglesia era lo único que destacaba en el conglomerado de edificaciones grises. Y ni siquiera tenía cigüeña. Mientras me acababa la coca-cola, protegiéndome la vista con la mano a modo de visera, pensé que lo único que podría justificar la supervivencia de aquel lugar tan feo y desolado sería que en él hubiera sucedido alguna de esas matanzas que se recogen en las crónicas de la España negra. Sangre derramada. Cuentas pendientes. Asuntos con los que sus habitantes pudieran obsesionarse, odiarse unos a otros, hacerse estúpidamente fuertes en su obstinación terrenal. Este es mi sitio, no el tuyo. Nada que no fuera eso explicaría que aquel pueblo triste permaneciera en los mapas. En la Tierra.

Me entraron ganas de mear. Mientras me dirigía a los lavabos vi que se me adelantaban tres hombres que viajaban en mi autobús. El más joven debía de tener unos sesenta. Cojeaba, pero era el que más rápido andaba de los tres. Dos rodales de sudor descendían desde sus sobacos hasta la mitad de los costados. Llevaba la camisa metida por dentro. Escupió sonoramente junto a la puerta justo antes de entrar. Uno de los que le seguían pisó el gargajo, creo que accidentalmente. El otro, calvo y con una gran verruga en el cogote, se bajó la cremallera justo antes de desaparecer al otro lado de la puerta. Decidí no mear con ellos. Decidí no mear donde ellos. Me metí entre dos autobuses y empecé a llenar de mí la botella de coca-cola. Mientras lo hacía vi una mancha de sangre y pelo en el neumático trasero derecho del que quedaba a mi izquierda. Un perro, supuse. Lo que quedaba de un perro idiota que nunca supo muy bien de dónde venía ni adónde iba, ni siquiera dónde estaba en el momento en que un monstruo de doce toneladas y matrícula rumana le pasaba por encima. La vida, sin duda, era muy rara. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Me sacudí las últimas gotas, puse el tapón a la botella y la dejé sobre el asfalto caliente.

De vuelta en el autobús volví a circundar a mi vecina de asiento y me dejé caer en el mío. De pronto me sentía cansado. Sudaba frío y me temblaban las manos. El temor de estar volviéndome loco me asaltaba otra vez después de muchos meses. Incluso había llegado a creer que lo tenía superado. La mujer me dijo que estaba pálido, me preguntó si me encontraba bien. Perfectamente, le dije. Me alegro, replicó, ¿un bombón? Pues sí, por qué no. La cara se le iluminó como solo se le ilumina al fanático de una secta cuando capta a un pobre pringado para su causa. Me alegró hacerla feliz. Seguí su recomendación y cogí el que tenía forma de corazón. Me lo metí de lleno en la boca. Sabía que también eso le alegraría. Un mejunje denso se derramó sobre mi lengua en cuanto lo mordí. No estaba ni bueno ni malo, así que intenté convencerme de que me gustaba. Hay quien dice que la sugestión es el camino hacia la felicidad, el bienestar, el éxito. Esa gente lo suele llamar confianza en uno mismo. Decidir que un dulce te gusta bien podría ser el primer paso para gustarse a uno mismo. Eso me dije antes de volver a encender el mp-3. Y, milagrosamente, debí de dormirme poco después, porque me despertó la mano de la gorda en mi hombro, sacudiéndome con más fuerza de la que incluso mirándole las muñecas cabría suponer, diciéndome que ya habíamos llegado. Reprimí un insulto. Conseguí decirle gracias. Ella me dijo que lo pasara bien.

Pásalo bien, pásalo bien, pásalo bien. No era un mal deseo, si es que era un deseo. Ni un mal consejo. Tampoco era un mal objetivo que marcarse. Lo repetía mentalmente  como un mantra mientras el taxi me llevaba a casa de mi amiga o lo que coño fuera. La muchedumbre de la estación de autobuses, tan vociferante, tan rápida y precisa en sus movimientos de aquí para allá, tan segura de la plataforma correcta, de su origen, su destino, su rumbo, me había desorientado hasta el punto de no verme capaz de coger el metro. Cuando el taxista empezó a mirarme a través del retrovisor me lamenté de mi decisión. Desconté cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero… el hombre se puso a hablar. En diez minutos hizo un itinerario perfecto conectando puntos tan heterogéneos como Cristiano Ronaldo, Zapatero, una casita a la orilla del mediterráneo, lo buena que estaba una guiri que esperaba la luz verde en un semáforo y el matrimonio homosexual. Creo que no dije una palabra en todo el trayecto. Lo que sí que hice fue vomitar el brandy del bombón y algunas cosas grumosas más sobre la alfombrilla de su Ford Focus. Un charco viscoso se formó entre mis pies. Tenía forma de corazón, perfecto, como lo dibujaría un niño pequeño que no supiera todavía que nada es perfecto. Lo toqué con el dedo para confirmar que aquella maravilla realmente había salido de mí. Y una punzada gélida me atravesó las costillas. El taxista me dijo que le pagara y me obligó a bajarme.

Por suerte o desgracia no faltaba mucho para la casa de mi amiga. Zigzagueé unos minutos por un entramado de calles estrechas. Aquel barrio se parecía mucho al casco antiguo de mi ciudad, donde yo vivía. Las mismas fincas destartaladas, las mismas putas viejas en las esquinas, los mismos geranios inútiles en los balcones corroídos, como una tirita en el muñón sanguinolento de alguien que acaba de perder su pierna. Todo allí se parecía demasiado a lo que llevaba toda la vida viendo. Y un agotamiento extremo se instaló en mis pulmones, en mis piernas, en el centro exacto de mi entrecejo. Me detuve a descansar en un banco de madera que había a la sombra de un árbol idéntico al que me resguardaba del sol las tardes de domingo vacías, muertas de mi ciudad. Entonces vi que estaba frente al final de mi viaje. Un azulejo agrietado azul marino con el número 45 en blanco coronaba el portal que había ante mí. Miré hacia arriba. La puerta 4 debía de ser la que correspondía a esa ventana del segundo piso. Las hojas pintadas de blanco, un molinillo de colores girando lentamente movido por la brisa, un par de helechos enormes. Y siete gatos asomando la cabeza a través de los barrotes de hierro negro, mirándome con sus ojos verdes, preciosos, inteligentes. Y dentro, lo supe claramente sin necesidad de verlo, siete pequeñas camas para ellos, latas de atún en todos los armarios de la cocina, y latas de sardinas, y hasta latas de caviar, y en la pared principal del salón la foto de dos por dos metros de una orca emergiendo majestuosa del mar o de un orangután de expresión sabia sentado en medio de la espesura. Y panfletos reivindicativos por todas partes, y una banderita de PETA, y una camiseta de ¿Nuclear? No gracias. Y un montón de cosas mucho más importantes olvidadas con la excusa de una causa tan noble. Y sobre todo yo ante su puerta probablemente roja, sobre la cara sonriente de una vaca impresa en su felpudo, concentrado en que mis ojos marrones le parecieran al menos la mitad de listos y bonitos que los de sus gatos cuando ella me abriera la puerta.

No llegué a llamar. Ni siquiera entré en su edificio. Me quedé un rato mirando a los gatos ahí arriba, sintiendo envidia y pena por ellos al mismo tiempo. Vivían mejor que cualquier gato, pero no sabían que eran gatos. Luego volví a la estación y cogí un bus de regreso. Al llegar a casa le dije hola a mi perro. Le llené el viejo cuenco de Dog Chow marca blanca de Mercadona. Pensé en llamar a la señora de al lado y decirle que no hacía falta que se encargara de mi perro estos días, que ya estaba en casa. Pero no me apetecía hablar con nadie. Mañana. Me eché en la cama vestido y respiré hondo con la vista clavada en el techo, intentando poner cosas en orden. Le di una discreta patada a Perro cuando intentó subirse a mi cama. Lo quería y lo quiero, pero al fin y al cabo solo es un perro. Luego me levanté y empecé a deshacer la maleta. Caí en la cuenta de que por la mañana se me había olvidado coger los condones. Y eso me hizo sentirme más listo que todos sus gatos juntos.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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6 respuestas a Como animales

  1. micromios dijo:

    Nada que añadir, no porque el texto sea muy largo, sino porque me he quedado sin palabras.
    Creo que lo mejor es que uno pueda decidir el final.
    Salut

  2. "M" dijo:

    perfecto, otro, no diré más.

  3. CR Óscar dijo:

    Maravilloso.

  4. CR Óscar dijo:

    No sea tan duro con los amarillos pueblos de Cuenca…mis ancestros son de allí y les tengo cariño…

    “Quizá un poco mejor por aquello de que las personas estéticamente débiles suelen despertar la simpatía de las personas moralmente débiles”. Fantástico.

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