Un comienzo

El parking no es de uso exclusivo de los trabajadores de mi empresa. De ser así mi puesto de trabajo sería aún más superfluo, pues rara es la noche en que queda en el parking algún vehículo de los empleados. Está abierto para cualquier ciudadano motorizado las veinticuatro horas del día. Para hacer un poco más de caja, imagino. Durante el día no hay nadie en mi puesto. Por alguna razón, los que tienen que pensar en lo mejor para la empresa consideran que mientras hay luz solar en el exterior no existe ningún riesgo de asalto, robo, vandalismo, incendio o inundación en el garaje. Sin embargo, en algún momento se decidió que por la noche es indispensable la presencia de un empleado. Mi presencia. Uniforme gris y gorra azul pálido. Y supongo que no tiene ningún sentido, pero a veces, cuando me meto en la cama a eso de las siete de la mañana, pagaría por saber que durante las siguientes ocho horas va a haber otro gilipollas con corbata azul y chaqueta estilo gasolinera americana pasándolo mal en la garita donde languidezco cada noche. Creo que así me sentiría menos solo.

  

El cielo es de un gris pálido y hace ya un rato que llovizna. Sentado con las rodillas contra el pecho, noto el culo mojado. La tierra ha empezado a encharcarse. Antes era rojiza, ahora una pasta de un marrón muy oscuro que me embadurna los camales del mono verde oliva con manchas negras. Me digo que debería revolcarme por el barro para camuflarme mejor. La imitación de las luces y las sombras de la selva tropical no tiene mucho sentido en medio de este páramo salpicado de oxidados bidones de gasolina, contenedores de basura jubilados y filas de palés a modo de trinchera. Pero no me apetece nada estar más mojado, más sucio y más ridículo. Me quedo como estoy. Joder. Sábado, 09:30 horas, 6 grados. He dormido poco más de dos horas. Todo esto es una estupidez. Oigo pisadas rápidas demasiado cerca de mí, me encojo un poco más sobre mí mismo y aprieto instintivamente los dedos en torno a la madera y el acero de mi fusil de asalto. AK-47, pone en relieve en un lateral. Justo debajo, el grabado de una placa metálica atornillada informa que se trata de una RÉPLICA. Creo que alguna vez leí u oí que es obligatorio que las réplicas de las armas indiquen que son réplicas. Supongo que las armas de fuego real no han de llevar nada que indique que te pueden volar la tapa de los sesos.

Me parece ver una ardilla trepar por el tronco del único árbol del lugar, a unos quince metros delante de mí, y desaparecer entre las ramas. Es cosa de un segundo y si es que la he visto ha sido por el rabillo del ojo, al tiempo que una ráfaga pasaba zumbando por encima de la roca de cartón-piedra tras la que estoy escondido. Así que me digo que tiene que haber sido una ilusión porque hasta el animal más estúpido se mantendría alejado de este lugar absurdo. Y las ardillas son animales listos. Al menos eso es lo que venden los cuentos infantiles y los libros para colorear. Y no se me ocurre ninguna razón para poner en duda esa convención. Además las gafas protectoras se me han empañado y debajo no llevo las mías. Todo lo que esté más allá de unos pocos pasos queda reducido a un bulto informe. Así que ni ardilla ni pollas: imposible, no veo una mierda.

Detrás de mí los pasos cesan y un par de voces me piden que me rinda. Calculo que estarán a unos diez metros. Creo que son los dos gilipollas de Recursos Humanos. El jefe y el lameculos que sueña con ocupar su puesto dentro de, yo qué sé, unos diez años. Reconozco la risa sobrada del segundo. Me puedo imaginar a su propietario apuntando un centímetro por encima de la roca que me protege, con su perfecto ojo azul y su ceja depilada fruncidos tras la mira de su rifle, esperando a ver asomar mi cabeza. Estoy seguro de que dispararía aunque saliera desarmado y agitando en el aire frío el kleenex con el que llevo ya media hora limpiándome el moquillo bajo la lluvia. He vuelto a constiparme. Sí, todo esto es una soberana gilipollez. Echo de menos estar en casa, en mi cocina, mirando fijamente la cafetera mientras espero que el agua hierva y pienso en cómo rellenar con algo digno o al menos entretenido el fin de semana que acaba de empezar. Pero aquí estoy, helado, muerto de sueño y jugando a la guerra con un montón de gente a la que detesto, gente que se cree mejor que yo y, lo que es peor, gente a la que empiezo a considerar mejor que yo. Jornada de implicación, motivación y trabajo en equipo, decía la circular que encontré el lunes sobre mi mesa. Qué mierda, pensé entonces. Qué gran mierda, me digo ahora, y estornudo.

Va, sal de ahí de una puta vez, me grita el jefe de RRHH, estás acorralado.

Guardo silencio. Miro el cielo. Un claro en las nubes deja ver un pedazo de cielo. Me pregunto si esta situación me resultaría aún más desagradable con el sol brillando en lo alto. Creo que sí. No quepo en mí de gozo.

El lameculos del jefe de RRHH dice: Y no se te ocurra intentar nada o apuntaré a la cara. Estas bolas duelen un huevo.

Y vuelve a reírse de ese modo vomitivo. Jodida rata. Sé que me va a hacer daño si me entrego. Sé que me obligará a arrodillarme en el barro y me ejecutará con un tiro en la nuca. Y sé que lo hará porque de algún modo ese acto le ayudará a avanzar unos metros en su largo ascenso hacia el puesto que codicia. Seguro que luego, en la valoración del ejercicio, alguien bromea con la muerte ficticia del tipo de la garita del parking. Seguro que algún jefazo senil o no tan senil considera que el lameculos tiene lo que hay que tener para deshacerse del débil sin sentimentalismos. Estamos en plena crisis. Sí, seguro que alguien lo ve de ese modo.

Que les den por culo, pienso, y salgo de mi escondite cogiendo el AK-47 por el cañón.

Vosotros ganáis, me rindo. Avanzo despacio hacia ellos ofreciéndoles la culata del fusil.

Sabia decisión, chaval, dice el jefe, hay que saber cuándo es hora de reconocer la derrota.

Le gusta llamarme chaval. A él y a muchos otros, casi todos. Soy el chaval del parking, y tengo la certeza de que lo seguiría siendo aunque llevara cuarenta años trabajando allí. Me jode que me llamen así, quizá porque para algo llevo mi nombre bordado sobre el bolsillo delantero izquierdo de mi chaqueta de trabajo, pero esta vez me jode menos. Seguramente movido por el estado de indefensión propio del que se entrega a sus enemigos, me ha parecido captar cierto matiz cariñoso en el tono del jefe de RRHH. Cuando estoy a un par de pasos de ellos el lameculos se adelanta y me arranca el fusil de las manos con demasiada violencia. De cerca puedo distinguir su cara y me doy cuenta de que la cosa no va a ser tan fácil como había empezado a creer. Una leve inclinación maliciosa en la comisura de sus labios me lo deja bien claro. En una fracción de segundo me dispara dos veces en plena entrepierna, a bocajarro. Noto el calor de la pintura roja inundando mis calzoncillos. Sí, duelen un huevo, sobre todo si te golpean en ellos. Maldito hijo de puta, pienso mientras me doblo sobre mí mismo y caigo hacia un lado en posición fetal. Quizá haya descubierto lo de su Saab. Y sin querer resoplo sobre un charco y el agua sucia me salpica en la boca. Ojalá ese barro frío fuera tibio líquido amniótico. Ojalá no tuviera que verles las caras ni oír la suave regañina del jefe.

Te has pasado un poco, García.

Qué va, joder, si eso no duele nada. Y vuelve a reírse como se ríen las hienas desgarrando la carne muerta.

Mientras se alejan el jefe le devuelve la risa. Muy parecida, solamente un poco más humana. 

 

El domingo reparto el tiempo entre aplacar la resaca dormitando intermitentemente, alimentarme y escribir un par de anónimos amenazantes. La gente piensa que cuando sale de su despacho y cierra la puerta a su espalda ya está en el mundo exterior, libre de cualquier obligación. Y hay un tipo de contabilidad o recobros, no lo tengo claro, espero acertar su casillero, que se enciende un cigarro en cuanto las puertas del ascensor se abren y echa a andar por el parking. Me hierve la sangre cuando lo veo andar sobre el cemento haciendo tac-tac-tac con sus zapatos italianos mientras expulsa el humo de su lucky. Un humo que asciendo azul y lento y elegante y se enrosca y juguetea con los conductos del aire acondicionado y las tuberías de lo que sea. Insoportablemente perfecto, insoportablemente cinematográfico. Aclaro que no me molesta en absoluto el tabaco; soy un fumador empedernido, como se decía antiguamente. Lo que ocurre es que me paso de ocho de la tarde a seis de la madrugada encerrado en la puta garita sin poder echarme ni uno. En una ocasión lo hice. Bueno, lo he hecho bastantes veces, es verdad. Pero una noche una cuarentona gorda, administrativa jefa, me sorprendió mientras me fumaba uno detrás de una columna. ¿Qué coño haces, chaval? Puede que hubiera tenido un mal día. De hecho eran pasadas las 11 y normalmente a esa hora no queda en el edificio más que alguien del departamento de informática, los de seguridad y a veces alguien de limpieza. O puede simplemente que la mujer siempre fuera así de gilipollas. El caso es que elevó una queja. No se tradujo en nada relevante, pero me recordaron por carta mis deberes y obligaciones como empleado de CajaEspaña. Hay que joderse.

 

El truco consiste en arañar el maletero. Hacer ahí el estropicio. Encima de la matrícula, a lo largo del guardabarros, alrededor de las luces de freno. Es la parte de sus coches en la que menos se fijan los ejecutivos de la empresa. Al menos los que conducen cochazos de cuarenta mil euros para arriba. Les gusta aparcarlos con el morro hacia fuera. Después de un año y medio viéndolos entrar y salir lo tengo más que claro. Lo hacen siempre, incluso aunque para ello tengan que maniobrar durante un par de minutos arriesgándose a hacer trizas la chapa contra los ángulos rectos de las columnas del parking. Supongo que quieren que se vea bien la insignia o el diseño de los faros inteligentes. Creo que tiene algo que ver con el orgullo con el que un padre abre la cartera y enseña las fotos de su preciosa hija. De la cara de su preciosa hija. Jamás he visto a nadie alardear del culo de su niña. Así que, ya digo, me parece que por alguna razón parecida esta gente siempre aparca su coche de modo que el capó quede bien visible para todo el que pase por delante. Y por eso cuando salen de la oficina rara vez tienen que pasar junto al culo de sus coches. Una vez en la calle, cuando los laven o al cargar las bolsas de la compra, puede que se den cuenta. Pero no podrán probar que lo hice yo. Es más, probablemente a ninguno se le pase por la cabeza la posibilidad de que yo sea el responsable. (…)

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Un comienzo

  1. jano dijo:

    Me recuerda a otro….¿sabes cual?

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