Cine

Domingo. Dedico gran parte del día a revolcarme en la idea de que estoy más viejo y más cansado y más solo que ayer. Luego, a eso de las ocho, reúno las fuerzas para bajar al bar de la esquina. Mientras bajo por las escaleras me doy cuenta de que llevo la camiseta del revés. Las costuras al aire, la etiqueta a la vista. Ni por un momento me planteo darle la vuelta. Y me pregunto, vagamente, en qué momento sobrepasé el punto de no retorno. Tampoco hago ningún esfuerzo por contestarme. En el bar le pido un aquarius al chino. Se hace llamar Juan (Guan). Su mujer, tan china cómo él, responde al nombre de Lola. Ambos sonríen sin parar. Tras la cortina de canutillos que esconde la cocina se mueven dos o tres orientales más. Ni puta idea de sus nombres de guerra. Ni puta idea de por qué nunca sonríen como sus colegas del mundo exterior. A quién le importa. El caso es que los últimos rayos de sol de este puto agosto que se cuelan por la cristalera iluminan crepúsculos prematuros. Las caras de siempre. Ojos enrojecidos y brillantes detrás de los párpados medio entornados por el resplandor y por el peso, sobre todo por el peso, rostros violáceos cabeceando sobre la barra, a punto de explotar de alcohol. Son los clientes habituales de este bar, el peor de la zona, lo cual hace que al menos para mí no sea el peor de la zona. Quiero decir que siempre es más entretenido ver despojos humanos que gente normal comiendo olivas y bebiendo una 0,0. Pero hoy ha empezado la liga y además de los muertos vivientes hay un par de parejas de mediana edad y un adolescente con granos viendo ganar al Madrid. Intrusos domingueros en la antesala de la muerte. Y el lugar, claro, me resulta menos acogedor. No muestran respeto por el drama. Gritan gol tan fuerte que me palpo los oídos para ver si sangran. Protestan tan alto las decisiones arbitrales que me vuelvo y miro fijamente al que más chilla. Ciento veinte kilos embutidos en una camiseta blanca de la temporada 88-89. Da un sorbo a su bitter-kas y me entran ganas de devolver. Miro a la mujer que le acompaña y casi me salta el vómito de la boca. Me imagino su vida. Todos los domingos de fútbol, bitter y fealdad que habrán compartido y compartirán. Y me pregunto por qué siguen sobrios. Por qué se levantarán mañana e intentarán hacer bien su trabajo. De dónde sacarán las fuerzas para ahorrar durante todo el año para pagarse una semana de julio en Benidorm. Por qué razón siguen vivos. Así que le miro y miro. Quiero que me dé un motivo para empezar algo que acabe con un taburete partido en su cabeza o en la mía. Pero su mirada estúpida permanece cosida a la felicidad verde que irradia la pantalla. Ni siquiera me mira un segundo. Y lo lamento, joder, lo lamento. A falta de algo bueno, simplemente quiero que pase algo. Algo de verdad, no es mucho pedir. Algo que me permita volver a caso y sentir que el oxígeno que he respirado no ha sido un despilfarro. Me acuerdo del poema de Houellebecq. Nada. Vidas de nada, eso somos. Vidas insignificantes pero obstinadas en persistir, sobrevivir, como horribles setas urbanas entre la maleza de descampados grises. Y una vez más siento que hay algo obsceno en ese empeño. Algo indecente, como indigno es levantarse y peinarse de determinada forma o preferir una marca de café a otra. La aparición de una chica que le pide al chino que active la máquina de tabaco me saca un poco del subsuelo. Es guapa y lleva el pelo recién lavado. Huele a manzanas. Pienso en manzanas. Manzanas verdes. Y luego pienso en madejas de gusanos negros comiéndose su corazón. Cuando me quiero dar cuenta ya no está y el sol ha muerto tras los bloques de cemento. Me pido otro aquarius para el camino y salgo a la calle. Lo que ocurre es que no hay camino. Así que bebo mientras ando sin rumbo sintiendo el leve frescor de la oscuridad cayendo a mi alrededor como una trinchera en la que esconderse de todo, complaciéndome en la simple sensación animal de estar sanando. Sanando a medias porque la resaca remite a cada trago, sí, pero a la vez las sombras de anoche empiezan a cobrar forma y color y profundidad en mi cabeza. Lo que hice. Sobe todo lo que no hice. Lo que tendría que haber hecho cuando coincidimos en la barra en medio de la música distorsionada y las luces multicolor. Lo que tendría que haberle dicho. Algo bonito delante de ese puto mequetrefe. Algo tan bonito que quedara muy claro que él jamás podría igualarlo. O algo feo, horrible, imperdonable. En definitiva algo que de algún modo dejara huella, al menos durante un tiempo. Cualquier cosa menos ese Hola ¿qué tal? tan correcto como inútil y falso, materializador de la vergüenza con que suelen acabar las cosas que según los sabios nunca deberían haber empezado. Pero ya no hay vuelta atrás y el THE END titila en blanco sobre el negro habitual. Sale de tus pupilas y se refleja en los escaparates junto a los que pasas y en las ventanillas de los coches que van a alguna parte y en los zapatos de charol de la gente moderna que pulula por todas partes ahora que has llegado a la Filmoteca de verano. Uno se acostumbra pronto a ir solo al cine pero cuando llevas un tiempo sin hacerlo te sientes el centro de atención. Así que te pillas una cerveza para hacerlo más fácil y buscas un sitio en un lateral. Y aprovecho para decir que ya sé que he pasado de la primera a la segunda persona pasando fugazmente por la tercera pero es lo que hay. El caso es que te sientas, abres la lata y echas un vistazo alrededor antes de dar el primer trago, como guardándote ese momento anestésico para cuando hayas asimilado lo que ves. La superficialidad imperante. Aún hace calor pero las chicas guapas tienen ganas de estrenar su ropa de entretiempo. Esas nubes que vienen del este empujadas por una suave brisa les dan la excusa perfecta. Quieren ser las primeras en ponerse esa rebeca estilo anciana inglesa. Rebuscan en sus bolsos y sacan esas prendas incomprensiblemente intactas, aún bien planchadas. Ellos se bajan las mangas de las camisas que acaban de estrenar. Demasiada tele. Demasiada publicidad. Demasiadas revistas de moda. Quizá en algún lugar de esa amalgama de saber se esconda la clave del éxito, de algún tipo de éxito. Prefieres no pensarlo. Así que bebes procurando saborear el momento, relajarte, y rezas para que empiece ya la película mientras parejas de todas las edades, grupos de amigos o compañeros de trabajo te dicen Disculpa cuando acceden a la fila en la que estás sentado. Pero al fin se apagan las luces y todas las incomodidades parecen perderse en la oscuridad. Solo estás tú con las nubes engordando ahí arriba, en tonos pálidos de rojo y morado, y los rayos azulados del proyector chocando contra la pantalla. Y enseguida la Tierra y detrás la Luna y detrás el Sol, alineados en eclipse en un perfecto ballet cósmico mientras el Zaratustra de Strauss te eriza el pelo y te hace sentir más y más pequeño a cada nota. Sabes que dios no existe pero si existiera residiría en algún lugar de los primeros ochenta segundos de 2001. Y deseas que ninguno de los cráneos que se extienden a lo largo y ancho del patio de butacas piense lo mismo que tú. Quieres pensar que esa sensación es solo tuya. Te gustaría, en fin, ver la película tú solo en esa gran explanada abierta, bao nubes y estrellas, sin carraspeos ni susurros ni el crepitar del papel de aluminio. Y entonces ocurre. Entonces, contra todo pronóstico, se te concede. Sin truenos de advertencia, sin un solo relámpago, empieza a llover. Unas pocas gotas inofensivas al principio, pero lo suficiente para desatar la alarma del público. Algunas bolsas en la cabeza. El peinado es lo primero. Miradas al cielo. Qué putada y cosas así, mientras los monos enloquecen ante el tótem. Poco a poco va arreciando. Unos minutos después se pone a diluviar. Llueve como nunca antes has visto llover. El agua resbala con fuerza por la leve pendiente de la platea. Los pasillos son ríos. Incluso alguna que otra silla de plástico es arrastrada en dirección a la pantalla. La gente huye en estampida. Al poco ni siquiera sus gritos son audibles. Tú en cambio no te mueves. Solo te preocupas de tapar con la mano la abertura de la lata para que no se te agüe la cerveza. Quieres ver la película. Has pagado tu entrada y se te ha concedido un milagro: vas a poder verla solo. Estás extasiado. Por fin una broma amable del azar. Le das la vuelta a la silla de delante y apoyas los pies en ella. Y entonces observas que unos metros más adelante, en el pasillo exterior, hay una silla de ruedas vacía que traquetea casi imperceptiblemente adelante y atrás. Se mueve de un modo extraño que no se justifica con el agua que fluye entre sus ruedas. Al principio decides ignorarla, no quieres que nada te estropee el momento. Pero el trasto sigue moviéndose sin sentido de un lado a otro. Movimientos cortos de izquierda a derecha, breves desplazamientos adelante y atrás. Y ese zumbido eléctrico tan molesto. De modo que te levantas, te acercas y lo ves. Uno de esos hombres diminutos sentado ahí, empapado desde su cabeza de adulto hasta sus pies de bebé. Salen chispas naranjas del mando cortocircuitado de su silla. Ni siquiera te mira cuando le preguntas si necesita ayuda. No, solo quiero ver cómo el mono rompe el cráneo de ese búfalo prehistórico. Su voz llega aguda y metálica a través de la lluvia, como la grabación escondida en el relleno de un pequeño juguete, como la voz de un hombre pequeño, al fin y al cabo. Y cuando vuelve a sonar la melodía de Strauss y el primate de la pantalla exhibe su fuerza rompiendo cuantos huesos hay a su alrededor, ya no te parece esa escena épica y poética que tantas veces antes has visto. Comprendes que nunca más encontrarás la paz viendo esa película. Ni dios ni su equivalente científico se esconderán jamás en un trozo de celuloide. Ahora lo sabes. Has encontrado a tu divinidad particular. Un dios sedente, minúsculo y malformado, que probablemente daría cualquier cosa por tenerlo tan fácil como tú. Por haber venido andando hasta aquí, como tú. Por poder volver a casa andando, como tú. Un dios al que probablemente le importa su vida tan poco como a ti, pero con más razón, y al que precisamente por eso sientes la necesidad de honrar. ¿Quieres un poco?, le dices, y le ofreces la cerveza. Claro, tío, contesta su vocecilla de duende. Y sigue lloviendo, pero no os importa.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Cine

  1. Ariane dijo:

    Todos deberíamos creer en ese dios, el dios de las pequeñas cosas (fantástica novela, por otra parte). Y no por humildad, ni aún menos por lástima, simplemente porque no hay otro en el qual confiar nuestros sagrados momentos de felicidad, que milagrosamente emergen entre tanto desorden.
    La lluvia no ha sumergido otro bonito relato.
    B.

  2. micromios dijo:

    Interesante el cambio de persona, casi ni se percibe por la fuerza con que el texto te arrolla.
    El mundo a lo mejor necesita que el mono rompa algunos cráneos y empezar de nuevo. Con dios o sin dios pero con lluvia.
    Salut
    PD: casualidades de la vida, estoy leyendo Las particulas elementales de Houellebecq

  3. ToniNoja dijo:

    Me ha encandilado su relato. Observando lo cotidiano y aparentemente diminuto, nos damos cuenta de grandes momentos y personas.
    Siempre un placer leerle y hablar con usted

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