Reflejos

Debe de estar bien.

El sol bautizando playas doradas y casas de madera con vallas blancas

al pie de los restos cristalinos de la marea nocturna.

Un poco más atrás praderas verdes de aromas flotantes.

Y luego, más adentro, mucho más, por encima de los árboles enrojecidos,

montañas tan perfectas como las que dibujaría un niño

y una carretera que discurre a lo largo de ellas,

oscurísima y reluciente por el rocío.

Supongo que es posible.

Yo lo veo llegar tumbado en una cama que no huele a nada,

los pliegues de las sábanas trazando mapas absurdos, falsos en mi piel.

Empieza como un tenue resplandor,

una luz cetrina que crece y crece

como una mancha líquida en el revés de la cortina.

Y enseguida una porción del disco se deja ver

durante dos o tres minutos

a través del hueco existente entre dos edificios lejanos.

En ese momento aproximadamente tres docenas de rayos

se cuelan por los respiraderos de la persiana llenando

la habitación de barrotes horizontales de fuego flotante,

y es entonces cuando en esta parte de esta parte del mundo

uno ya puede anunciar oficialmente que ha nacido un nuevo día.

Luego, a lo largo de la mañana y de la tarde, pasan algunas cosas.

Incluso aunque sea domingo.

Sony, por ejemplo. Parece estar enfermo. Lleva días

tirado

en la alfombra del salón.

Casi no come. No hay forma de sacarlo a la calle.

A eso de las 12:30 dice: Deberíamos llevarlo al veterinario.

Reprimo un bufido

y me agacho

junto al animal con verdadero interés

Por vez primera en todo el fin de semana.

Le levanto la cabeza. Me devuelve la mirada más triste del mundo.

Vale, le digo.

Conducimos en silencio por la ciudad semivacía, el perro

tendido

sobre la manta a cuadros que recubre el asiento de atrás.

Ni un ladrido,

ni un sonido. Quizá haya muerto.

Lo llevo en brazos cuando entramos en la clínica.

El hombre dice Buenos días y de pronto Sony resucita.

Levanta las orejas y salta al suelo agitando la cola.

Le lame la mano al doctor, si es que un veterinario lo es.

Aun así le pedimos que lo examine.

Todo está en orden. Este animal está fuerte como un roble, dice.

Nos cuesta un rato conseguir que el perro acceda a volver

Con nosotros.

Ladra y aúlla como un niño robado de los brazos de su madre,

o al revés.

En el coche vuelve a quedarse callado, abatido, medio muerto.

La cosa sigue igual en el ascensor, que sube lento y entre crujidos metálicos

hacia nuestro querido quinto piso.

No quiero hacerlo pero lo hago.

Miro los ojos del perro, miro los ojos de ella.

Cansancio, tedio, tristeza.

Y el espejo a mi izquierda, de cuerpo entero,

esperando el momento de devolverme la mirada.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Reflejos

  1. ester dijo:

    uff, me ha dado un escalofrío…

  2. micromios dijo:

    ¿Por qué será que la tristeza de los animales nos parece más triste?
    Buen poema impregnado de una tristeza animal y humana que se cuela por los poros y dan ganas de acariciar a los dos.
    Salut

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