California tampoco

Nunca te lo he dicho pero una vez estuve en California. Fue durante aquella temporada en que me dijiste que te habías cansado de mí. La verdad es que tú también me tenías harto, pero cuando lo ponía todo en la balanza seguía señalando tu lado bueno. Pero, bueno, tuve que hacerte caso, ya sabes, meter los libros en una maleta y la ropa en una bolsa (tal vez al revés, no recuerdo), ya sabes, desaparecer. Y como me pediste que no te llamara ni te visitara ni respirara a menos de un kilómetro de ti decidí vengarme haciendo solo lo que siempre habías querido hacer y no habías hecho ni harías por mi culpa. Recorrer California, tu sueño de siempre, ese para el que ni siquiera encontrabas explicación. Mi teoría es que debiste sacarlo de alguna película que verías a los seis o siete años. O puede que tu ídolo de juventud saliera en una revista enseñando a sus fans su rancho de verano a las afueras de Fresno, yo qué sé. El caso es que de tanto en tanto tenías una de esas temporadas en las que no hacías otra cosa que hablar de California. Cosas absurdas como que te encantaría vivir allí, haber nacido allí. Y cosas en las que tu locura quedaba un poco más disimulada, solo un poco, como que contemplar el Monte Whitney te ayudaría a ser mejor persona. O escuchar el viento entre las ramas de las secuoyas de Yosemite, o tumbarte en la arena y contemplar el brillante cielo nocturno sobre el Valle de La Muerte. No tenía la menor intención de contártelo, pero hice todo eso y más. Me bañé en las playas del Estado Dorado y crucé varias veces el Golden Gate, por ejemplo. En fin, la verdad es que no está mal aquella parte del mundo. Con todo, lo más gratificante del viaje fue lo que ocurrió mientras esperaba mi vuelo de regreso en la terminal del aeropuerto de Los Ángeles. Lo de la treintañera de la mesa de al lado que se comía un sándwich mixto, de esos que son iguales en cualquier lugar, y al oír mi acento quiso saber de dónde era. Se lo dije. Resultó que por alguna razón siempre había querido visitar esta triste ciudad, la tuya y la mía. No quería morir sin hacerlo, me dijo mientras sorbía ruidosamente su Coca-Cola XXL. Luego se levantó, se puso una especie de cofia en la cabeza y dijo que tenía que volver al trabajo. Mientras la veía alejarse sobre el suelo encerado compadecí al tipo que durmiera a su lado, condenado a soportar en el momento menos pensado la frustración demente de una mujer a la que seguramente quería. Y, claro, me acordé de ti. Te imaginé a seis mil kilómetros de distancia, engordando tus sueños y tu cuerpo, envejeciendo, buscando desesperadamente alguien a quien culpar de que nunca, nunca jamás, vayas a recorrer California ni vayas a ser mejor persona.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a California tampoco

  1. "M" dijo:

    es usted un crack inagotable

  2. jano dijo:

    El Messi de la narración blogera…

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