Cielo y tierra

Media noche y toda esa luz afuera. Ardiendo. Cayendo. Explotando.

El hombre miraba a través de la ventana cerrada. Cincuenta y largos. Bajito. Ligeramente panzón. Nada demasiado parecido a un héroe ante el fin del mundo.

Los cristales vibraban. Las paredes temblaban. Su barriga se estremecía. El miedo arreciaba. Pero hizo un esfuerzo por mantener la mirada más allá de su reflejo distorsionado, por seguir mirando a la cara del segundo Apocalipsis en poco más de una semana.

Lo habían dicho en la radio: iba ser una noche particularmente difícil en esa parte del mundo.

Pero habían preferido quedarse. Ambos lo habían decidido sin necesidad de decir palabra. En realidad, meterse en alguno de los refugios o coger el coche y conducir hacia zonas más tranquilas les habría parecido algo demasiado cobarde. Más aún: improcedente, absurdo. Hay cosas de las que no se puede escapar. En determinadas circunstancias se necesita defender algo más que a uno mismo para seguir luchando. En determinadas circunstancias preocuparse por salvar la propia vida puede incluso resultar motivo de vergüenza.

Así que cuando la última brigada de evacuación había llamado a la puerta un par de horas antes ni siquiera habían necesitado mirarse para saber que no se irían a ninguna parte. La mujer se había quedado donde estaba, tumbada en la que había sido, era y sería la cama de su único hijo mientras el hombre la miraba en silencio desde el pasillo.

Y ahora ya empezaban a caer. Llegados de la nada. De algún confín de esta u otra galaxia. De un pasado de millones de años. Miles y miles de asteroides rugiendo en el aire, incendiando de blanco y naranja el cielo y el horizonte justo ahora que ya no había nada por lo que preocuparse, asombrarse o emocionarse.

Las explosiones empezaron a acercarse. El cristal de la ventana se resquebrajó en forma de equis frente a la cara del hombre cuando un edificio de tres plantas voló en pedazos una calle más abajo. Pero no retrocedió ni por instinto y por un momento le maravilló el autocontrol que podía tener sobre sí mismo. Enseguida comprendió que su reacción estaba más relacionada con la derrota que con la victoria y derribó de un puñetazo el cristal agrietado. El aire aún era frío pero olía a hoguera.

Puede que esto tenga algo que ver con él…, dijo la mujer, aparecida de pronto justo a su espalda. Su voz le sobresaltó mucho más que lo que estaba pasando afuera, por los lados, por encima, por todas partes.

Al girarse y mirar a los ojos cansados de su mujer por primera vez en días vio kilos de tristeza rellenando unas ojeras que no existían tan solo una semana antes. Y sobre todo leyó la negrura de una culpa insondable incrustada en las arrugas de esa frente que no supo si besar o maldecir. Una culpa idéntica a la que él sentía crecer y crecer en su interior y que le había impedido hablar con ella de lo que había pasado.

No, él no haría esto, acertó a decir.

La mujer no añadió nada, pero su expresión se ensombreció aún más. Permanecieron cara a cara durante unos minutos, mirándose fijamente mientras la ciudad y todo lo demás se desintegraba al otro lado de las paredes, casi escrutándose como si ambos intentaran hallar en el otro algo que les ayudara a entender por qué.

Eso no puedes saberlo, dijo al fin la mujer, ya viste lo que se hizo a sí mismo.

El hombre sintió que le flojeaban las rodillas.

Sí, contestó, pero también sé que nos quería. Y le pareció que de algún modo esas palabras aligeraban la carga que aplastaba a su mujer. Tal vez fue justo eso, una simple impresión, pero decidió creer en ello. Con todas las fuerzas que le quedaban. En lo que acababa de decir. En que su hijo les quería, que no tenían la culpa, que el cielo no tenía nada que vengar. Y sintió un levísimo, casi imperceptible alivio por primera vez desde la bañera llena de agua roja el martes de la semana anterior a las 20:03 de la tarde.

El único meteorito que no hizo ruido al caer fue el que los hizo saltar por los aires.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Cielo y tierra

  1. micromios dijo:

    El peso de la culpa cuando estalla es demoledor, aunque no tengas culpa.
    Cada día me soprendes más.
    Salut

  2. Pedro d. dijo:

    Genial, no hay mas que añadir, genial.

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