Casi

Sale del trabajo cuando se suele salir, demasiado tarde. El día -de hecho- ha acabado. Solo quedan retales de tiempo que deshilachar hasta la hora de dormir y despertar y viciar un poco más el círculo. Es vagamente consciente de esto cuando se sube al coche y enfila hacia casa al ritmo cansino del tráfico crepuscular. Por suerte hace bastante ya que ha aprendido a arrinconar esa clase de pensamientos. O eso cree. Encender la radio y un cigarro ayudará, se dice. Pero el frontal del aparato se parte con un chasquido cuando intenta colocarlo. Las dos mitades caen entre sus pies y se sorprende pensando que no le apetece estirarse para recogerlas, preguntándose cuánto tiempo será capaz de dejarlas ahí. Total, solo es una radio, solo era una radio; se le han roto cosas mucho más importantes y tampoco se ha molestado en intentar arreglarlas. El tiempo no deja títere con cabeza es la última frase potencialmente letal que intenta infectar su cerebro. El humo del cigarro y la visión del tipo del coche de al lado, que se hurga la oreja con la tapa de un boli Bic, ahuyentan el peligro. Su pensamiento vuelve a concentrarse en el objetivo inmediato. Dejar atrás el atasco, encontrar aparcamiento en menos de veinticinco minutos, que en la Sexta3 pongan algo decente y lograr dormir al menos cinco horas. Quizá sea abusar. Con cumplirlo a medias se sentirá lo bastante fuerte como para permanecer cuerdo un día más. Y sin necesidad de usar otra marcha que la primera sigue avanzando a trompicones entre el atasco. Lo bastante despacio como para fijarse en todo. En nada. En algo. Por ejemplo el retazo de cielo entre esos dos bloques. Naranja, violeta, rosa. Como el de aquellas tardes de otoño de hace dos décadas, cuando todo era posible. Y de repente la sensación de echar algo en falta ahí arriba. Y de golpe la respuesta. Ya no se ven las bandadas enormes. ¿Qué serían? ¿Estorninos? No, aquellos pájaros no revoloteaban en círculos frenéticos, no parecían estúpidos peces voladores, no llenaban el aire con sus graznidos demenciales. Eran aves listas. Pasaban de largo. Sobrevolaban el paisaje en rumbo perfecto hacia algún lugar perfecto, en todo caso mejor que el que dejaban atrás, abajo. Pasaban durante minutos y minutos, sombras chinescas recortadas contra el fin de días jóvenes, indiferentes o no a los niños jugando al fútbol en el descampado y a las madres llamando a la cena desde las ventanas. Veinte años sin echar de menos aquella visión. Sin pensar en ello ni un solo segundo hasta ahora. Es raro. Al menos le resulta raro. Tiene la sensación de que está a punto de dar con algo oculto que le ayudará a dormir mejor esta noche. Una revelación. Una razón para calmarse, para estar tranquilo. También aprenderá a vivir sin otras cosas, a vivir sin… Pero el claxon iracundo del coche de atrás le devuelve al asfalto. Por el retrovisor ve que el conductor se caga en su puta madre. Ir hasta él y cortarle el cuello con el plástico afilado de la radio rota probablemente sería lo más decente para consigo mismo y el resto de la humanidad. Sin embargo se limita a desembragar lentamente, notando la vibración de la tensión en su cuadriceps izquierdo. Y recorre los dos metros que le separan de las luces traseras del de delante.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Casi

  1. Sulo Resmes dijo:

    …cap gran veritat serà revelada quan es faci clar.

  2. Arianne dijo:

    Ya se le empezaba a echar de menos por estas lares…

  3. micromios dijo:

    Estoy dando vueltas a las dos décadas olvidadas y como los pájaros, sobrevolando el texto y pensando en que cada vez nos conformamos con menos.
    Todo cambia para quedar igual.
    Salut

  4. Ana dijo:

    Me gustaban más los pájaros de colores esos que estaban sobre las ramas.

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