Todos los santos

Si lo reduzco a lo mínimo es 1 de noviembre. La gente se acuerda de los que se fueron. Sacan brillo a sus zapatos y les compran un ramo de flores muertas a la puerta del cementerio. Todo eso. Luego se toman una caña y unas bravas en el bar de enfrente. Todo eso. Al fin y al cabo el día de todos los santos es como un domingo gigantesco, profundísimo, de contundencia letal. Y en realidad no me apetece nada sacar el taxi. Me gustaría quedarme en casa y, no sé, empezar la última maqueta que me he comprado. Una abadía románica. Sant Joan de Caselles, siglo XII, Andorra (creo, el folleto informativo no es muy detallado y está en sueco, creo también). Ni siquiera estoy seguro de que sea una abadía; no es muy grande; tal vez no pase de ermita. Pero son 2.900 piezas y si las traduces a minutos obtienes un buen montón de horas ocupadas. 53,70 euros más que bien invertidos, gastos de envío incluidos. Sí, estaría bien poner un poco de música y llegar a levantar aunque solo fuera una pared de la iglesia. Exacto: como Eggers pero en pequeño. Y tal vez encontrar en la perfección de su arquitectura de juguete la inspiración necesaria para buscar en la agenda del móvil el número adecuado, marcarlo y pasar el día de los muertos en el cine, viendo cualquier peli, buena o mala, sintiéndose un poco vivo.

Lo que pasa es que, claro, hay que pagar. Las maquetas, la casa, la comida, los suministros, los vicios. Y por otra parte es bastante probable que la hipotética llamada acabara sin respuesta tras ocho o nueve tonos. Así que dan las siete y ya estoy al volante. El frío ha llegado. Desde el interior del coche es como un enemigo sigiloso esperando su ocasión aplastado contra la cara externa del cristal. Empañándolo, arañándolo con pequeñas esquirlas de hielo cuando activo el limpiaparabrisas. Acaba de empezar a llover, débilmente. Menos trabajo para hoy, sin duda, pero en el fondo me resulta una buena noticia.

Cada mañana sin excepción me digo que fue mala idea continuar con el taxi. Debería haberse ido a la tumba con mi padre. Supongo que esa es mi opinión al respecto a cualquier hora y en cualquier lugar, pero se revela con implacable contundencia cuando salgo del garaje de buena mañana y tomo la V-40 en dirección a la ciudad, que cobra poco a poco forma y color conforme se impone el amanecer. Es increíble que no conozca a ninguna de las 800.000 personas que viven en sus tripas. Bueno, a dos o tres. Pero esas no se subirían a mi taxi.

Supongo que no tengo nada que reprocharme. Ocurrió de repente, como es lo habitual. Un buen día te levantas, suena el teléfono y un desconocido te dice que tu padre ya no va a pagarte los estudios ni el techo ni las lentejas. Al día siguiente estás en lo alto de un pequeño monte en la otra punta del país. Ese era su deseo, te había dicho mientras te daba el pésame alguien que parecía conocerle bastante bien. Y, claro, qué vas a hacer sino irte hasta allí y mirar cómo el viento se lleva torpemente sus cenizas mientras tomas conciencia de tu nueva vida, mientras empiezas a comprender lo jodido que le tuvo que ser encargarse de ti solo, mientras echas de menos más que nunca a la madre que no conociste. Por otra parte, vale, tienes veinte años, todo podría ser aún más trágico, pero no eres más que un crío y no tienes ni puta idea de qué hacer con tu vida. Optas por lo fácil. Por lo que te parece más fácil. En realidad optas por lo inmediato, lo que estás acostumbrado a ver. Y como te dan facilidades para subrogarte en su licencia y todo lo que tienes que hacer es estudiarte un poco el callejero, la cosa está clara. Ahora, quince años después, todavía lo estaría más; raro es el coche que hoy en día no disponga de GPS. El mío no es la excepción.

Sigue lloviendo cuando paro frente al bar donde desayuno. Las gotas se clavan como agujas en el dorso de mis manos. Hace un frío de cojones. Hay tres colegas de profesión en la barra. Dos de ellos me saludan con un leve movimiento de cabeza al verme entrar. Hago lo propio. El otro opta por fingir que no se ha dado cuenta de mi presencia. Una vez le oí decir Pero ese de qué va, se cree mejor que nosotros. No sé, gilipolleces. El caso es que mejor así. No, no me gusta lo que hago. No me gusta tener que limpiar el coche tres veces por semana, sintonizar la radio a gusto del cliente, soportar conversaciones que ni me van ni me vienen. Y seguro que a mis tres colegas tampoco. Así que no, no me creo mejor que nadie. Simplemente nunca he sabido disimular. Supongo que por eso mismo me tomo el café de un trago y vuelvo al taxi.

Gran Vía es un buen sitio para recoger clientes un día como hoy. Gente con pasta que prefiere ahorrarse tener que dar vueltas y vueltas alrededor del cementerio en busca de un hueco. Gente con pasta que prefiere ahorrarse el euro del gorrilla. Lo que pasa es que todavía es un poco temprano y no hay mucho movimiento. De hecho casi no hay ni competencia. Dentro de tan solo media hora la cosa se animará. Me detengo frente a otro bar con la intención de meterme y hacer un poco de tiempo. No he apagado el motor cuando se abre la portezuela trasera derecha y una mujer se sube al taxi. Una mujer mayor, apenas a un lustro de la ancianidad, perfectamente enlutada. La clásica esposa devota de familia bien/muy bien. Tal vez sea por la lluvia que lo salpica pero su bolso centellea como si se tratara de charol. Sus pendientes también brillan, igual que el broche que luce en la solapa del abrigo. Elegante, sin duda, muy elegante. Y en algún momento muy lejano en su vida tuvo que ser bastante guapa. Me pregunto si mi madre habría llegado a ser una anciana así de haber tenido ocasión de envejecer. A juzgar por las escasas fotos parece que no. A juzgar por lo que parió, es obvio que no.

Me da los buenos días, se los devuelvo y cuando estoy a punto de preguntarle por puro protocolo adónde vamos es ella la que habla. Que si puedo llevarla a Villar de Hogueras. El dinero no es problema, añade enseguida, fije usted el precio que le parezca. Sobra decir que no tengo ni puta idea de dónde está eso. La mujer no ayuda demasiado. De repente parece sumirse en una especie de narcolepsia, en un estado de agotamiento extremo. Apoya la cabeza contra la ventanilla y hunde la barbilla en su pecho. Los ojos se le mueven deprisa detrás de los párpados cerrados. Tal vez debería preguntarle si se encuentra bien pero lo que hago es buscar en el GPS. Provincia de Soria. 382 kilómetros. Casi 800. Me lo pienso durante unos momentos. La mujer respira cada vez más profundamente. Se diría que se ha dormido. Al final decido aceptar. Una buena paliza, pero sacaré más que dando vueltas por la ciudad durante doce horas. Y la mujer tiene pinta de ser una buena pasajera. Callada, discreta, a lo suyo. Me giro y le doy dos golpecitos en el hombro. No hay reacción. La zarandeo ligeramente. Entreabre los ojos. Al verme se sobresalta un poco. Se remueve sobre el tapizado de eskai y aferra el bolso que lleva en el regazo. Le indico el precio. Ya le he dicho que el dinero no es problema, me dice. Y cierra los ojos y vuelve a reclinarse sobre la puerta, los dedos huesudos todavía apretando con fuerza su bolso.

El viaje no tiene nada de particular. Tráfico tranquilo, ni rastro de retenciones. La gente estirará el puente hasta última hora del día. La lluvia nos acompaña todo el tiempo. Ni un atisbo de cielo azul. Al contrario, es como si avanzáramos hacia el centro de la borrasca de la que hablaban ayer en las noticias. Las nubes cada vez más densas, negras y grandes. Como montañas. Me gusta. El ruido de las ruedas sobre el asfalto mojado. Ni un bocinazo, ni un insulto. No necesito poner la radio para que las voces se superpongan a nada. Solo yo y la viuda durmiente atrás. Es casi como estar solo, como estar en un viaje de placer. Sí, me gusta. Hasta que caigo en la cuenta del tiempo que hacía que no salía de la ciudad. Ni siquiera soy capaz de calcularlo. Un trueno explota realmente cerca. La viuda sale de su letargo por primera vez desde que nos pusimos en camino. Queda mucho, pregunta con voz pastosa. Por el retrovisor observo que se está recolocando la dentadura. Quizá sea más vieja de lo que me había parecido. Unos pocos kilómetros, contesto. Muy bien, verá el cementerio desde la carretera; es un camino de tierra; espero que no esté muy embarrado; cójalo.

Veinte minutos después enfilamos el camino. Ningún problema, el firme está en buenas condiciones. Me dispongo a detenerme a las puertas del cementerio cuando la mujer me dice que continúe. ¿Adónde? Siga, son solo un par de kilómetros. Fuera llueve cada vez más fuerte. Las montañas que nos rodean ahora son de verdad, de tierra roja. Regueros de agua sucia se deslizan por sus laderas. Me imagino arrastrado por una avenida. No sé si esto es buena idea, le digo a la anciana. Por favor, ya estamos llegando, ya estamos, es aquí mismo, replica ella. Me detengo sin apagar el motor. Espéreme aquí, me dice, será un momento. Y abre la portezuela y sale a la intemperie. Se adentra en la hierba enfangada que flanquea el camino. Los zapatos se le hunden en el barro, los tobillos se le hunden en el barro. Es casi milagroso que una mujer de esa edad conserve la vertical en tales condiciones. La veo alejarse bajo la lluvia incesante, perplejo. Unas decenas de metros más allá, desdibujada por la cortina de agua pero lo bastante cerca como para poder apreciar sus movimientos, se detiene bajo un árbol. El tronco y las ramas peladas parecen muy blancos en contraste con el cielo plomizo y el luto de sus ropas. Entonces se arrodilla y saca del bolso algo que centellea en el aire a pesar de la poca luz cuando golpea con ello el suelo una y otra vez. Se me eriza el pelo. Un escalofrío lento y profundo que se prolonga durante todo el minuto que la mujer dedica a apuñalar la tierra con una furia impropia de su edad.

De vuelta a la ciudad no cruzamos ni una palabra. Igual que a la ida, dormita durante casi todo el trayecto. Únicamente cuando la dejo en la dirección que me indica y me paga lo convenido me mira a los ojos y me dice Nunca le gustaron los cementerios; al menos eso se lo concedí; a veces me arrepiento; era un auténtico cabrón. Y sale del taxi dejando un montón de fragmentos de barro reseco sobre el tapizado. Pero creo que voy a pasar de limpiarlo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Todos los santos

  1. jano dijo:

    Muy bueno.

  2. micromios dijo:

    Muy buen texto. Todos los santos siempre me ha parecido un dia triste a pesar de que los cementerios están más bonitos y más pateados.
    Como dijo Canetti: al salir y cerrar la puerta del cementerio todos somos supervivientes.
    Salut

  3. Ana dijo:

    Flores muertas, es cierto, casi peor que de plástico. No puedo dejar de leerte.

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