La utilidad eventual de las catástrofes domésticas

Lleva tres días lloviendo sin cesar. Estoy intentando escribir algo, paro a encender un cigarro y de repente caigo en la cuenta de que esto es un primero. Y que no he limpiado la terraza desde que te fuiste. Solo los que viven en el primer piso de un patio de vecinos saben lo que puede llegar a caer de las ventanas. El desagüe ese del rincón tiene que haberse embozado, seguro. Es más, la última vez que salí a tender reparé en que el sumidero ya ni siquiera era visible. Había quedado oculto bajo una capa solidificada de polvo y mugre. Puta mierda. Me da miedo acercarme a echar un vistazo. Ya me veo teniendo que llamar a los caseros para decirles que se me ha inundado la terraza porque en casi un año no se me ha pasado por la cabeza la idea de barrer o lo que sea que se haga para mantener en condiciones una terraza. Además, ya digo, llueve con ganas, hace frío y es de noche. No sería el mejor momento para intentar solucionar una hipotética catástrofe doméstica. Pero, bueno, habrá que ir a ver si mis temores son fundados. Así que me dirijo al salón, enciendo la débil bombilla exterior y miro a través del ventanal. La mitad derecha de la terraza se ha convertido en un estanque negruzco en el que flotan cientos de reflejos de la bombilla y un montón de cosas más. Joder. Descorro el ventanal y salgo para estudiar de cerca la situación. Obviamente, en ese momento la lluvia arrecia. Me acerco a la orilla. Miro hacia el rincón donde se supone que está el desagüe. Allí el agua es aún más oscura, completamente negra. Como supongo que es arquitectónicamente natural, el escurridero está a un nivel más bajo que el resto de la terraza. La pregunta es cuánto más bajo. Bastante, me temo. A ojo se diría que el agua ya tiene casi medio metro de altura en el rincón. Si sigue lloviendo así no tardará mucho en alcanzar la ventana del dormitorio y agravar el desastre. Voy a tener que meterme. Joder, mierda, qué asco, qué pereza. Pero vuelvo dentro, me quito los pantalones y me pongo las Converse rotas que hace mucho que debería haber tirado. También necesitaré algo con lo que rascar el suelo en busca del jodido desagüe. Entonces me acuerdo del peine que te dejaste en el mueble del baño. Me toca los huevos verlo ahí cada vez que me lavo los dientes, pero no los he tenido para tirarlo. Es de plástico negro y tiene un mango firme y unas púas largas y de aspecto resistente. Casi parece un pequeño rastrillo. Podría servir. Servirá, me digo mientras me adentro en calzoncillos en mi flamante piscina sucia con el peine aferrado muy, muy fuerte en la zurda. Tú también lo eras, y te enorgullecías de ello. Nunca le encontré el sentido. Ni a eso ni a otras cosas de las que alardeabas. Y pienso que es curioso tener que verme en una de estas para darme cuenta. Avanzo entre los restos flotantes de un naufragio surrealista. Un par de calcetines ajenos, multitud de pinzas de plástico (las de madera deben de hundirse), el prospecto medio deshecho de un Flutox Jarabe ¿2mg/ml?, cinco o seis cadáveres de una especie de insecto a medio camino entre el escarabajo y la cucaracha que saltan de vez en cuando al recibir el impacto directo de una gota. Por supuesto también está el clásico condón usado, serpenteando caprichosamente al vaivén del leve oleaje. Bajo el resplandor mortecino de la bombilla parece una víscera, el envoltorio de un embutido. Siempre lo parece, supongo. Entonces algo me roza la pierna. Siento un escalofrío. Hace un par de semanas pusieron un cartel en el patio; algo sobre una inminente desratización del edificio. Pero no. Por suerte solo es un tanga (¿o se dice una tanga? Me parece que últimamente hay una tendencia en este sentido. Yo qué sé, me decanto por un tanga). Curiosamente es idéntico a uno de los tuyos. Aquel a rayas multicolores. Tenía un aire juvenil. No sé qué pensarías tú, pero lo cierto es que cada vez te costaba más aprehenderlo. En ese momento un relámpago me da unas décimas de verdadera luz que me sirven para intuir el lugar donde debo rascar y para comprobar por el rabillo del ojo que tus rosales ya no son más que palos resecos y retorcidos en sus maceteros. Tienen un aspecto siniestro. Deben de llevar bastantes meses muertos. Eran bonitos pero mejor, qué coño, estaba harto de pulgones, cochinillas y tórtrix del rosal. Estaba harto del olor del plaguicida con que había que rociarlos todos los putos sábados a mediodía. Mientras pienso todo esto me doy cuenta de que ya tengo el brazo metido hasta el hombro en el agua y peino con furia el lodazal del fondo. Noto unos chasquidos de plástico, un par de púas aparecen flotando en la superficie entre remolinos cenagosos. Creo que estoy rascando en el lugar acertado. Siento una leve succión bajo mi mano que de pronto se intensifica hasta convertirse en un auténtico trago. Saco el peine-rastrillo, lo oriento a la luz, los restos deshilachados de un pañal (supongo que sucio) enredados en él. Instantáneamente el agua empieza a bajar de nivel a una velocidad asombrosa. Los desperdicios van formando un círculo menguante alrededor del desagüe, que uno tras otro va engulléndolos. Al final lo único que queda en el suelo mojado es esa ropa interior idéntica a la que tú usabas. Pero no pasa nada. Calarse hasta los huesos ha servido para algo. Yo también me he drenado. Y además hace años que pasé la fase de fascinación por los tangas. Así que después de ducharme bajaré a tirarlo a la basura. Y tu peine también.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a La utilidad eventual de las catástrofes domésticas

  1. M dijo:

    y tu peine también…

  2. micromios dijo:

    Al menos la lluvia que ha dado la vara tantos dias deja un muy buen relato.
    Me pareció una muy buena manera de limpiar restos de relaciones.
    Salut

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