2011

El farmacéutico me miró de arriba a abajo. Suelen hacerlo cuando es la primera vez. Eché de menos a la señora de siempre. Era agradable. Vieja y regordeta y de aspecto bonachón. Inofensiva. Y se sabía mi nombre. En cambio el tipo que había ahora detrás del mostrador rezumaba la hostilidad habitual de casi todo el mundo. Parecía estar de mala hostia. El conflicto farmacéutico ocupaba telediarios y periódicos, pero la causa de la agresividad de ese tío era muy diferente. Inherente a su persona. Podía apreciarse en la forma en que movía las manos mientras me envolvía los antidepresivos. Soy bueno para ese tipo de análisis, aunque nadie se los tome en serio. Me pregunté si sería su hijo. El heredero del negocio familiar. El hijo de la amable gordinflona que me preguntaba qué tal me iban las cosas. Me pregunté si acaso ella habría muerto o estaría disfrutando de su jubilación a bordo de un crucero por el Caribe. Quise elegir la respuesta, pero no lo conseguí. El caso es que al final el tipo acabó de empaquetarme las pastillas y me dijo cuánto era mirándome a los ojos fijamente y con superioridad. No fue solo una sensación; le leí la mente. Lo juro. Pude leer literalmente el centro de su cerebro. Y lo que allí ponía eran cosas como Me das pena, qué suerte no ser yo el tarado, algo habrás hecho para estar así, eres un pobre pringado. Eso es lo que leí en el interior de su cabeza, textualmente pero sin tildes, detalle que me gustó porque demostraba que al menos para algo mi sesera está más preparada que la suya. Mi médico dice que eso es imposible, que nadie es capaz de saber lo que piensan los demás, que así no vamos bien, que tengo que dejar de imaginarme esas cosas. Me manda deberes semanales. Que pase toda la tarde en unos grandes almacenes, que me arriesgue a subir en el ascensor con el gilipollas del sexto. Luego tengo que escribirle la experiencia en un bloc de notas. Nunca le satisface mi redacción. Nunca supero la prueba. Es incapaz de entender que quiera evitar al del sexto precisamente porque es un cretino. Lo que mi médico quiere, por alguna razón incomprensible para mí, es que interactúe con él. Así que hace ya meses que me invento las historias. Supongo que no cuelan, porque el cabrón no me reduce ni un miligramo la dosis de química. Supongo, también, que cree que lo hace por mi bien. Sea como sea, eso no importa en este momento. Lo que estaba diciendo es que cuando salí de la farmacia con la caja envuelta en papel de estraza (siguen utilizándolo para determinados medicamentos) en la mano, se desencadenó la tragedia. Un autobús dobló la esquina a toda velocidad justo en el momento en que un perro salido de la nada invadía la calzada. Se oyó un quejido agudísimo, un par de viandantes volvieron la cabeza fugazmente y en un instante todo volvió a la normalidad. Yo en cambio, contra todo pronóstico (nunca me han gustado los animales), corrí hacia el perro como impulsado por un instinto animal. Se arrastraba penosamente buscando el refugio del bordillo. Cuando me acuclillé a su lado vi que tenía una pata rota, pero no dejaba de ser un milagro que aquella mole mecánica no lo hubiera matado. Miré en dirección al bus que se alejaba. El 11. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Imaginé al 12 embistiéndome sin previo aviso por la espalda, como acababa de hacer su predecesor. Había que largarse de allí. Así que cogí al perro en brazos y me puse en camino hacia el veterinario. El perro no apartaba la mirada de mis pupilas. No leí en su cerebro nada desagradable. Tan solo quince o veinte pasos después ya había decidido quedármelo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a 2011

  1. ester dijo:

    me gustan las personas que tienen ojos de perro:)

  2. micromios dijo:

    Siempre he pensado en las farmacias como si fueran una especie de purgatorio en el que no se deciden a matarte y por esta te dan pastillas mientras se lo piensan.
    Salut y Feliz Navidad

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