Polución ambiental

El coche no arranca de buena mañana. Veinte minutos para llegar al trabajo. Guerra desde el primer minuto. Vuelvo a darle al contacto. Un estertor ahogado. Presagio de muerte. Vamos, viejo, tú puedes. Se lo digo mientras le acaricio el salpicadero. Ni puñetero caso. No confía en mí ni yo en él. Tampoco hay reacción cuando golpeo el volante maldiciendo hasta al último operario de la cadena de montaje dela Seat.Tomouna nota mental: incendiar el taller del mecánico que me sableó doscientos euros hace un mes tras jurarme que el coche aguantaría por lo menos un par de años. Cuánto hijo de puta, joder.

Además llueve a mares. El parabrisas parece el tobogán de un parque acuático. Pero sin sol en lo alto ni adolescentes en bikini. Luego me pregunto qué coño hice con aquel paraguas. Era una de las pocas cosas que conservaba de mi padre. Se me ocurre que quizá se quedara en el maletero de mi anterior coche. Se lo vendí a un rumano. Puede que alguien sea más feliz con él en la mano bajo la lluvia de Bucarest. Probablemente no. Probablemente esté en algún vertedero, entre latas de atún y parachoques y marcos de fotos viejas. Hablo del paraguas, insisto.

En fin, habrá que hacerse el ánimo. Me ajusto la capucha y me acerco a la parada del bus. El 89 se parece mucho a un camión de ganado. Suele ir a reventar, suele oler a rayos. Intento mentalizarme mientras espero que llegue. Por suerte hoy no va demasiado lleno. Y el tufo mezclado a sudor y after-shave y halitosis matinal es bastante soportable. Al fondo vislumbro un asiento. Contra todo pronóstico lo alcanzo antes de que me lo quiten. Debe de ser mi día de suerte. Ni siquiera el abuelete que tengo al lado parece de esos dados a parlotear sin ton ni son sobre el tiempo, el fútbol o cómo atrapaban renacuajos en la acequia de su pueblo cuando eran niños. Está enfrascado en la lectura de un periódico gratuito. Debe de rozar los ochenta pero aún queda algún tenue destello de inteligencia en su mirada. Por eso me extraña que crea que puede sacar algo en claro de todas esas palabras huecas. Pero, bueno, allá él. Por mi parte me dispongo a “disfrutar” del trayecto en la medida de lo posible. Me arrellano en el asiento y hago un pequeño ventanuco con la mano en el cristal empañado. Los coches, las tiendas, la gente parecen más lejanos cuando llueve. Sobre todo la gente. Más difuminada. Más inofensiva. Más hermosa. Menos “gente”. Cuando llueve, desde la distancia adecuada, puedes mirar a esos seres como se mira un cuadro abstracto. Los puedes mirar e imaginar lo que te venga en gana. Que son mejores de lo que son, por ejemplo y fundamentalmente. Por eso me gusta que llueva, sí, aunque antes haya podido parecer que no.

Lo malo es que la tranquilidad dura poco. Lo que le cuesta al bus alcanzar la siguiente parada. Suben un par de chavalitos, de unos diecisiete-dieciocho, chico y chica. No van juntos pero sin duda harían buena pareja, por el asco que ambos me producen instantáneamente. Ella habla a gritos por el móvil. Algo sobre lo “zorra” que es una tal Vanessa, que ya sabe que ella (su interlocutora telefónica) es muy amiga suya pero que lo siente mucho, tía, ella no se puede callar, no es una hipócrita (esto lo dice varas veces en cuestión de quince segundos, seguramente orgullosa de emplear una palabra de cuatro sílabas):la Vanessaes muy zorra. Y habla y habla sin mostrar la menor preocupación por que todos los pasajeros oigamos lo que dice. Es más, habla y habla con cierto tono declamatorio, como si realmente le gustara que la escuchemos o, al menos, como si le importara una mierda que su voz nos taladre el cerebro, como está haciendo con el mío.

El chaval, por su parte, lleva en la mano un móvil del que supura una música que haría que los lingüistas y los músicos se replantearan el concepto del término. La peor que un oído humano se haya visto jamás forzado a escuchar. Si existe el infierno, sin duda esa composición aberrante será lo que brote en bucle eterno de su hilo musical. Por supuesto el chico la exhibe a todo volumen, incomprensiblemente orgulloso de tener tan mal gusto, inquietantemente orgulloso de ser él, con esa cresta engominada que se retoca cada tres segundos, con esa mirada de perdonavidas que ya me ha lanzado tres veces.

Intento abstraerme. Mirar por la ventanilla en busca de la distancia, la seguridad, el hueco para la fe enla Humanidadque siempre encuentro cuando miro las cosas desde lejos. Pero ya es imposible. La invasión se ha consumado. El enemigo está dentro, a escasos metros, plantado desafiante en el centro del autobús como un DJ demencial o sentada en ese asiento de ahí insultando a una amiga a las ocho de la mañana. Dios… ¿Cómo es posible? Catorce mil millones de años desde el Big Bang para esto. Eones y eones de ingeniería cósmica, catástrofes espaciales, casualidades milagrosas para esto. ¿De verdad somos el ser más evolucionado, lo más cercano a la perfección que flota en la galaxia? Descorazonador. ¿En serio que no puedo fumar en el transporte público ni casi en ningún otro sitio pero tengo que aguantar estas formas de contaminación?

Entonces el viejo del asiento de al lado levanta la vista del periódico y le pide educadamente al chaval de la música de mierda que haga el favor de bajar un poco el volumen. El chico le manda literalmente a tomar por culo y sube un poco más la música. Se genera un tímido murmullo entre los pasajeros, y eso es todo. Incluso el anciano calla y vuelve a sumergirse en la lectura de un diario en el que no hallará respuesta alguna para este tipo de situaciones ni para ninguna otra. ¿La crisis mundial? A quién coño le importa eso cuando hasta en las tripas del bus que te lleva al trabajo, a la cola del paro, al médico o al psiquiatra fluye la mierda presente y futura de esta sociedad.

Joder, necesito fumar y todavía faltan ocho paradas para la mía. Pero necesito fumar. Lo necesito urgentemente. Me pongo un cigarro en los labios, aprieto los dientes. Noto un calor cerca de mi mano. He encendido el mechero sin siquiera darme cuenta. Me quedo mirando la llama. Perfecta, estable, luminosa. Un pequeño Big Bang poniendo incandescente la rosca del mechero. Levanto la mirada y miro al chaval. Me está mirando él también. Me hace un gesto que quiere ser entre amenazante y despectivo con la barbilla. No consigue más que darme pena. Pero no se va a librar. La llama sigue ardiendo y el metal al rojo. Y ellos y yo nos pondremos a su espalda, muy cerca, en cuanto solicite parada. Que le den al trabajo. No se puede estar en todo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Polución ambiental

  1. micromios dijo:

    Si cambiamos el nombre del trayecto podría ser mi autobús, el 9.
    Si Rubén Dario subiera al autobús lo de juventud divino tesoro, se le iba de la cabeza.
    Salut

  2. jano dijo:

    Muy bueno…

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