A veces pasa

Que te cansas de dar vueltas en la cama y sales en plena noche, llenas el depósito y empiezas a conducir hacia un sitio al que jamás quisiste ir. La gente que dice saber de qué va esto de la vida lo verá raro. Es esa gente que se preocupa de llevarse bien con el jefe, revisa el ticket del supermercado y llama a sus amigos para decir que se va a comprar un coche nuevo o que el banco le ha concedido el crédito para la casa en el campo. Ellos no lo concebirán, pero lo juro: a veces pasa.

Llevas esa conversación telefónica clavada en la cabeza desde hace unas cuantas noches. Una de esas conversaciones que distinguen a los buenos entendedores de los malos. No os dijisteis gran cosa. Hubo más silencios que palabras. Frases acabadas en puntos suspensivos de tinta negra. Y, sin embargo, puede que no seas tan mal entendedor. Puede que comprendieras perfectamente y a la primera la tristeza metálica que brotaba del auricular. Es hasta probable que sepas que podrías ahorrarte recorrer cuatrocientos kilómetros de madrugada, que no va a servir de nada conducir hacia un final que ya ha sucedido. Pero también es posible que sientas la necesidad de hacerlo. Llegar allí sin previo aviso. Llamar al timbre y que te abra en pijama, recién salida de la cama, con los ojos hinchados y quizá al fondo la respiración lenta de alguien que aún duerme profundamente. Puede que creas merecer ese instante de gloria triste y por sorpresa. Ese patético clímax dramático. Escarnio en sangre ajena pero casi propia. Verla incomodarse. Avergonzarse. Decirle que la odias. Demostrarle que te ha hecho daño y decirle que no lo merecías. En fin, a veces pasa que necesitas exhibirte ante sus ojos verdes como la víctima inocente de su traición. Sí, a veces ocurre así.

Y al poco te ves rodando a150 através del aire frío de la autopista. Miras las estrellas que afloran entre farola y farola y tienes la sensación de que todo gira en torno a ti. De que no hay nada más importante que lo que estás haciendo. Incluso te sientes absurdamente orgulloso. Tanto que decides alargar el momento. Levantas el pie del acelerador y paras en un área de servicio. Te tomas un café mirando a través de las cristaleras sucias de polución y surcos resecos de gotas de lluvia. Luces blancas y rojas al fondo, en la carretera, y ahí al lado un par de gatos que revuelven una bolsa de basura. Te gustan los gatos. Siempre te han gustado. Hacen lo que deben hacer, aunque ello suponga ensuciarse las manos, perder cierta dignidad. Lo que cuenta es que sobrevivirán a la penuria, te dices, igual que tú.

Y te pones de nuevo en marcha. La aguja en los 160 y la mirada clavada en las luces traseras del coche que te precede. De pronto se vuelven más y más grandes y brillantes, como dos ojos de muerte viniendo hacia ti a toda velocidad, hasta que en un segundo que parece un minuto las ves justo delante de tus narices, empotradas contra el culo de un camión. Lo esquivas en el último momento y te detienes resollando en el arcén cien o doscientos metros más adelante. Las manos te tiemblan por mucho que se aferren al volante. Nunca te has visto en una de esas. ¿Qué hay que hacer? ¿Ir a ayudar o llamar a emergencias? ¿Las dos cosas? Te imaginas dentro de un rato practicándole un masaje cardíaco a una mujer. Tal vez un hombre. Solo esperas que no haya niños en el accidente. Y entonces caes en la cuenta de que llevas un minuto sin pensar lo más mínimo en el motivo de tu viaje. Y, claro, relativizas. ¿Merece la pena? Probablemente no. Y abres la puerta del coche intentando encontrar el valor para acercarte y buscar vida entre el amasijo.

Quién sabe, a lo mejor habrías tenido agallas. Es una cuestión que quedará para siempre flotando en el aire ni puro ni sucio de la autopista, porque a veces pasa que en cuanto te decides a salir y te plantas en el asfalto un autobús pasa rugiendo tan cerca de ti que su retrovisor te parte en dos el occipital. Durante una fracción de segundo sientes astillas y hierros candentes en el cerebro. Y luego, ya en el suelo, lo único que notas es el calor viscoso de tu cabeza deshaciéndose sobre el alquitrán. Las estrellas quietas ahí arriba, más brillantes y lejanas e inmisericordes que nunca. Y, claro, relativizas: comprendes que no eres el centro de nada. Nunca lo has sido, ni tenías por qué serlo. Y que no, este viaje no tenía ningún sentido. La película de tu vida, proyectada ante tus pupilas dilatadas, te lo ratifica: no sale en ningún fotograma.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a A veces pasa

  1. B dijo:

    Como diría el maestro Yoda “Hazlo, o no lo hagas, pero no lo intentes”. Prometedor fotograma, quiero decir, relato.

  2. micromios dijo:

    Siempre hay una razón para no encontrar una razón.
    Salut

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