Primeras personas

Se llama Estefanía y su madre la ha acompañado hasta aquí. Le ha dado un beso en la frente y la ha dejado sola en ese pupitre de la primera fila. Debe de tener unos catorce años. Luego la madre se ha acercado a la mesa del profesor y ha hablado breve pero intensamente con él. Intensamente porque se ha notado que ella es la verdadera interesada en que su hija asista al curso. Y se ha notado también que la razón de ese interés es el profesor. El tipo la ha despachado rápidamente. Le ha dicho que la clase iba a empezar y le ha señalado educadamente la puerta con su perilla de chivo y una sonrisa. Pero también es cierto que cuando la mujer se dirigía hacia la salida no ha podido evitar mirarle el culo. Quién sabe, puede que ambos saquen de esto algo más que la nada habitual. Al fin y al cabo él tiene pinta de buenazo y ella no está del todo mal para ser al menos un lustro mayor. La típica madre soltera moderna. Soltera, separada, divorciada o viuda, lo que sea, pero aún relativamente potable, que es lo que cuenta incluso para el profesor de un taller literario. Ella lo sabe e intenta potenciarlo usando una ropa más cercana a la generación de Estefanía que a la que suya propia. Seguramente van juntas de compras y se lo pasan requetebién en los probadores. Es probable que hasta hablen de los dependientes del Zara de turno. De chicos, hombres, esas cosas. Ambas están muy en la onda, se quieren un montón y se lo cuentan todo. Parecen personajes de una comedia americana de televisión por cable. Si vivieran en Nebraska asistirían juntas al baile de graduación. Y es que la madre de Estefanía está muy orgullosa de su hija. Qué cosas tan bonitas escribe la niña en ese diario que enseña sin pudor a su madre. Qué cosas tan bonitas y qué bien escritas. Sobre todo si las leen los ojos de una cajera de Carrefour. Así que, hijita, pórtate bien en clase y muéstrate encantadora con el profe.

 

Para Cristóbal Sánchez la vida dejó de tener sentido hace un año y medio. Tras el shock inicial intentó volver a su rutina, pero la rutina de un jubilado difícilmente puede servir para despejar la mente. Ni siquiera para distraerla. Además, los viajes del Imserso no eran lo mismo sin su mujer. Cuando sus pseudo-amigos le llaman para intentar convencerle de que se apunte al viaje a Roquetes se inventa cualquier excusa. No se atreve a decirles que en julio de 2010 ambos se acostaron en sus respectivas camas, se dieron las buenas noches y apagaron la luz. A mitad de noche la oyó quejarse del calor. Él pensó en levantarse y traer el ventilador de pie que ponían en el salón cada verano desde el Mundial del 82. Le dio pereza. Por la mañana estaba muerta. Un derrame cerebral, dijeron. Y desde ese día a Cristóbal se le inundó el cerebro con una riada de cosas que no llegó a decirle a su mujer ni a hacer por ella. Las escribe en cuartillas y las guarda en la caja donde ella guardaba los dedales, las tijeras y los alfileres. Por alguna razón que no comprende del todo le gusta esa mezcla de hilos de colores y papeles blancos. Quizá sea la manera elegida por su subconsciente para volver a sentirse cerca de ella, con ella, dentro. De vez en cuando relee las cuartillas y llora. Tiró el ventilador a la basura en plena ola de calor el verano pasado. Cuando por casualidad vio el cartel anunciador del cursillo que organizaban en el centro cultural de debajo de su casa no pudo reprimir el impulso de apuntarse. Se dijo a sí mismo que a ella le gustaría que volviera a escribir poemas rimados como aquellos que le mandaba cuando eran novios. Pero la verdad es que se inscribió en el taller para poder exhibir su pena en público.

 

El del rincón es sin duda el escritor amateur arquetípico. Veinteañero, aire de derrotado a la espera de justicia y una Moleskine negra con las páginas sucias de tanto manosearla. Lo de la libretita no es irrelevante: es el instrumento idóneo para transmitir a sus -en potencia- infinitos lectores la sensación de que está acostumbrado a ser tocado por los dioses en el momento menos pensado: el autobús, el parque, el wc de un centro comercial y especialmente la terraza de alguna cafetería en la que abunde el género femenino. Sí, es un genio, y necesita ir pertrechado de diez bolis, un bloc y algunos folios sueltos plegados en el bolsillo del raído chaquetón de lana para asegurarse de que ninguna de sus abundantes ideas deslumbrantes se quede sin ser plasmada en el papel. Cuando al fin se decida a trabajar, por presiones externas o por empezar a atisbar la idea de que quizá no sea tan genial como había imaginado desde que decidió vivir sin dar un palo al agua, invertirá su primer sueldo en sustituir la libreta por un Mac. Entonces la temática de sus cuentos cambiará, se centrará en el entorno laboral, se cagará en su jefe, despotricará sobre la fotocopiadora, escribirá un relato explicando por qué merece un aumento de sueldo. Hasta entonces, sin embargo, seguirá regalándonos textos con las razones que explican por qué merece triunfar con sus textos. Y de vez en cuando intentará deslumbrar a alguna incauta con los tesoros bidimensionales escondidos en las páginas de su Moleskine.

 

El tipo este se toca la perilla y dice: Recordad, debéis tener cuidado con la primera persona. Es un recurso fácil, una trampa de la que se suelen valer quienes no saben escribir. Al usar el Yo como voz principal de un relato se propicia el descuido del estilo, se da cabida al tono coloquial, a la jerga, a las palabras malsonantes y, en última instancia, se vulnera la norma de oro que todo escritor, profesional o aficionado, debe esforzarse por obedecer: no confundir jamás escribir con hacer literatura. Sí, eso dice, y se queda tan ancho. Y luego añade: Así que quiero que la semana que viene traigáis un relato en tercera persona. Para ponéroslo fácil, se me ocurre que me contéis algo que os venga a la cabeza al mirar a alguno de los alumnos del curso. Sabía que esto iba a ser un error, pero no sospechaba que de tal calibre. Por mis cojones que no voy a escribir una mierda acerca de todos estos pringados. Además, ¿de qué coño cree este subnormal que van a escribir los alumnos de un taller literario de barrio sino sobre ellos mismos? El chaval ese del rincón ha venido aquí con la vana esperanza de aprender un par de trucos fáciles con los que dar fuerza y ritmo a sus eternas peroratas sobre la falta de sensibilidad del mundillo editorial para apreciar su talento. El abuelete quiere que el profesor alabe la belleza rancia de sus versos de amor de ultratumba. Y la preadolescente aquella arde en deseos de que el de la perilla le diga que escribe muy bien para tener la edad que tiene. Y todos los demás, pues más de lo mismo. Vamos, no me jodas.

 

Pero de todas la mejor es la segunda persona. Tú lo sabes como el que más, lo que pasa es que te da miedo utilizarla. ¿Por qué? Porque sirve para decir cosas como que debe de ser realmente triste dar clase dos veces por semana a pringados como nosotros a cambio de 100 pavos más a fin de mes. Intentas darle la vuelta a la historia, es verdad. Cuando hablas con determinado tipo de amigos, los más políticamente correctos, escuchas tu propia voz como distorsionada, casi como ajena, diciendo cosas del estilo de Es realmente gratificante comprobar cómo se esfuerzan, y además hay algunos que no lo hacen mal del todo, quiero decir que nunca han leído a Goethe pero qué más da, yo me siento pagado de sobra con compartir con ellos mi pasión por la literatura. Lo malo es que luego, cuando llegas a casa y empiezas a oír tu verdadera VOZ, te das cuenta de que todo eso no son más que mentiras. ¿Cuál es tu verdadera razón? Va, hombre, confiesa. ¿Quieres follarte a la madre de Estefanía? ¿Tal vez a esa mujer pequeñita de edad indefinible y con el pelo entre azul y morado que imparte el cursillo de alfarería en el aula de al lado? ¿O es que hace tiempo que te olvidaste de que lo que realmente te gustaba era escribir y ya no tienes ni puta idea de cómo se hace?

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Primeras personas

  1. ester dijo:

    uff, qué bueno, primo…

  2. micromios dijo:

    Falta el ama de casa que se cree una de las Brontë, el alumno aventajado que se aburre en clase y un despistado que no se aclara si quiere escribir o hacer cine.
    Hay muchas maneras de engañar la vida.
    Salut

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