Lo indecible

“Hay cosas más graves, tío”. Claro, y menos mal. Por ejemplo esta tarde subo al tercero a pagar el alquiler a los caseros. Me abre la mujer. Nada más entrar percibo algo extraño. Una especie de silencio enlatado, como de envase al vacío. Pero la verdad es que ya son trece visitas a esa casa y siempre ha estado invadida por la misma atmósfera. Incluso cuando tienen la telenovela puesta a todo volumen flota en el aire algo parecido al zumbido que nace en los oídos cuando no hay sonido exterior alguno. Supongo que es el ambiente lógico  para el sitio en el que vive un matrimonio que roza las bodas de oro. Demasiados silencios acumulados. Así que decido no darle cuerda a la imaginación y como de costumbre me siento en la mesa donde siempre practicamos el ritual del pago de los recibos y demás. Es entonces cuando me fijo en los ojos de la casera. Ligeramente enrojecidos. Sus pupilas se mueven despacio de la factura de Iberdrola a mis ojos y de ellos a una puerta entreabierta que hay a mi espalda. Mira hacia allí tantas veces que no puedo evitar girarme a echar un vistazo. A través del hueco veo a su marido tendido en la cama. En realidad veo el trozo de sus piernas comprendido entre los pies y las rodillas. Me vuelvo de nuevo hacia la mujer. Lo siento, digo, estaban echando la siesta… No, no te preocupes, me contesta desde el otro lado de la mesa ya con la vista definitivamente anclada en el dormitorio. Si quiere vuelvo más tarde, le insito. La mujer parece no oírme. Sus manos tiemblan muy, muy levemente sobre el tapete de ganchillo. El sol naranja de las seis de la tarde que entra por la ventana acentúa las arrugas de su cara. Es vieja. Es muy vieja. Queda muy poca carne entre su piel y su cráneo y de pronto es como si pudiera ver el interior de su cerebro. De pronto lo entiendo todo. Ni siquiera necesito ver rodar esa lágrima por su mejilla izquierda. Ni siquiera necesito que lo diga. Pero lo dice: Ha muerto hace un rato. Y yo no sé qué decirle. Me giro de nuevo hacia el dormitorio. Prefiero la cara de la muerte a la cara de la pena. Además no es la cara de la muerte; son sus pies. Unos calcetines finos azul marino y esas zapatillas beige con el empeine enrejado que suelen llevar los viejos. En fin, prendas que demuestran que nada de lo que ya no ocurre en ese dormitorio puede ser considerado un drama. No son los patucos de un bebé ni las deportivas de un adolescente. Ni siquiera son los zapatos brillantes de un hombre en la flor de la vida. Son, en realidad, unas zapatillas de estar por casa, de sentarse a ver telebasura o Jara y Sedal a la espera de que ocurra lo que acaba de ocurrir. Así que no, no es un puto drama. Es lo que me gustaría decirle a la mujer ahora que me giro hacia ella. Me gustaría decirle que yo ni siquiera tenía que estar allí, que en realidad este mes le tocaba a mi compañero de piso pero que no sé dónde coño se ha metido. Que esta misma mañana me han despedido. Que en breve tendré que atrincherarme en casa para que no me desahucien. Y que estoy hasta los huevos de que incluso el simple hecho de subir a pagar un alquiler demasiado caro para lo que es mi piso se convierta en algo demasiado complicado. Pero supongo que eso no se puede decir. Al fin y al cabo hay cosas más graves. Y siempre les pasan a los demás.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Lo indecible

  1. Felix dijo:

    La magia de la no magia… Me gusto mucho….

  2. micromios dijo:

    Lo indecible muy bien dicho.
    Salut

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