Carta de amor

Esta misma mañana.

En principio una mañana como cualquier otra pero de pronto algo enorme y rojo abalanzándose por la derecha y la vida comprimida en la burbuja de un segundo.

Y no es como suelen asegurar, no es solo una sucesión de imágenes. Hay más percepciones sensoriales.

Como estar en lo alto de la Torre de Hércules respirando orvallo y sal. El olor a desinfectante de la sala de quimio del IVO emanando del suelo y las paredes, densísimo, casi visible. Mis hermanos en la orilla del Mediterráneo, los marrones y los azules intensos, tostados, como en una fotografía quemada. La peor premonición resonando como huesos que entrechocan al final de cada timbrazo del teléfono la madrugada del suicidio de Víctor. Mi madre aún joven y guapa llamándome desde el balcón para subir a cenar. Las tres peleas a puñetazos con mi mejor amigo: derrota, victoria y empate, todos sin trascendencia. El ascensor sin puertas de aquel hostal de Burgos, las pintadas que hicimos en rojo sobre la pared desnuda subiendo o bajando del octavo. El silencio de la carretera y la indiferencia del amanecer un instante después del accidente. El tacto mojado de un bikini rosa, uno en concreto. Todo el insomnio que vino después concentrado ahora en un segundo de asfixia y oscuridad. Y luego, también comprimidos en una bola pero cegadora y cálida, el aire y la luz blancos de aquella resurrección alpina.

Y, bueno, muchas cosas más por el estilo.

Solo en la última fracción de segundo siento miedo. Un miedo rápido y superficial. No puede ser de otra manera: el autobús también terminará con él antes de que tenga tiempo de convertirse en algo realmente profundo e importante. Me imagino cómo se astillará mi hombro derecho cuando reciba el impacto de once toneladas de hierro. Me planteo por cuántos sitios se puede romper una costilla. Y me tranquilizo un poco al pensar que no tendré tiempo de sentirlo porque el mismo metal partirá mi cráneo antes de que los nervios transmitan el dolor desde los huesos al cerebro.

Pero al final del chirrido y el bocinazo solo recibo un leve empujón que ni siquiera me hace perder el equilibrio. Un empujón y una catarata de insultos por parte del conductor, extrañamente furioso por no haberme matado. Me maldice a mí, a mis muertos y a todo lo importante para bien o para mal o para ambas cosas que me ha pasado por la cabeza a la velocidad de la luz.

Un todo, por cierto, en el que no estabas tú.

Eso es lo que pienso, intentando discernir si me alegra o me entristece, mientras veo alejarse el bus rumbo a la siguiente parada.

Yo echo a andar hacia mi vida. Todo es igual que cualquier otra mañana: el pavimento gris y el cielo azul y mi jefe esperando oírme entrar para venir corriendo a decirme que es la tercera vez en una semana que llego tarde y seguro que tú poniéndome el segundo de la lista tras el gilipollas de turno. Nada ha cambiado. No me siento renacido. Pero, por decirlo de alguna manera, me encuentro más ligero en medio de todo eso. Como si me hubiera quitado un peso de encima. Así que igual llevo un tiempo equivocado. Igual no te quiero tanto como yo creía y tú sigues creyendo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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