Montpellier, final del pasillo

La noche sobre Montpellier era fría. También debajo, dentro y alrededor, en los suburbios, donde se encontraba. La humedad formaba crisálidas flotantes de un naranja desvaído en torno a la cabeza de las farolas del parking del hostal. Porque aunque sobre la entrada ponía Motel en grandes letras luminosas, en su tierra a esos sitios los llamaban hostales, hoteluchos de carretera en el mejor de los casos. La E estaba fundida. La O parpadeaba en ciclos imprevisibles. A ratos incluso parecía funcionar perfectamente. Pero la luz constante del gran círculo no duraba más de tres segundos. Luego, como agotada por el esfuerzo de haber brillado en plenitud fugazmente, se apagaba durante casi un minuto hasta que al cabo volvía a centellear, con timidez, con todas las dudas del mundo.

El edificio era una construcción de dos alturas y forma de ele. Había desconchones diseminados a lo alto y ancho de la fachada. En la parte inferior de la repisa de algunas ventanas, casi todas en realidad, crecían unas hierbas duras y apelmazadas de color verde oscuro. Sin embargo, bajo el cielo nocturno sin luna se mostraban de un azul tóxico, como metálico, algo de aspecto completamente anormal en el reino vegetal. Durante unos instantes su pensamiento dejó de obedecer a las imágenes que le transmitía el nervio ocular y derivó hacia la búsqueda en la memoria de ejemplos anteriormente vistos de ese tono azul. No dio con ninguno que le pareciera acertado y volvió a centrar su vista y su atención en el exterior.

Desde la ventana de la 213, en el extremo del pasillo, se veía todo eso: el letrero, las malas hierbas aferradas como lapas a las repisas, el parking -donde tan solo un par de camiones además del suyo se empapaban de relente-, las bolas de neblina colgando de las farolas, condensándose o esfumándose hasta casi desaparecer en función de la intensidad del viento que de tanto en tanto hacía vibrar las juntas viejas de la ventana. Eso y lo demás. Las luces rojas y blancas del tráfico pesado en la carretera cercana, la silueta oscura de la enorme valla publicitaria de Orange que había visto antes de coger el desvío, campos abandonados en los que se acumulaba la basura que nadie se molestaba en depositar en los tres contenedores que entrechocaban en medio del parking, atados entre sí con una cadena de hierro. También, en cierto momento en que el viento arreció, pasó un pájaro a toda velocidad frente a su ventana. Tan rápido que pensó que también podría ser una simple hoja caída o el envoltorio de un snack.

Es decir, poca cosa. Lo mismo que en tantos moteles/hostales/pensiones de carretera o autopista. Nada digno de ser mirado, a decir verdad, de manera que tuvo todo el tiempo del mundo para centrarse en descifrar la frecuencia de parpadeo de la O. Después de un par de horas y bastantes cigarrillos no había conseguido dar con ningún patrón de conducta fiable por completo, pero lo que sí alcanzó fue una especie de identificación fraternal con aquella letra redonda como un enorme cero y con las entrañas defectuosas.

Seguramente ambos podrían haber tenido un destino mejor. Quién sabe, formar parte del rótulo de un estadio deportivo o tener una pequeña librería en el casco antiguo de una pequeña ciudad. Cosas así, lo bastante buenas como para que uno mismo y los demás se encargaran de cuidarlas. Cosas por el estilo, tan posibles y al mismo tiempo tan inalcanzables visualizadas a través del cristal sucio de la ventana de la 213. Porque lo único cierto era que ahora mismo habitaban el mismo espacio, un tugurio de mala muerte donde recalaban camioneros viejos atraídos por dos vulgares razones: las habitaciones disponían de televisión por cable y el personal del establecimiento tenía probada experiencia consiguiendo putas a los huéspedes.

 

Las luces delanteras de un coche iluminaron la curva de acceso a la explanada en la que se levantaba el motel. Era un taxi. Se detuvo frente a la puerta principal, la única, por otra parte. Tras un lapso de tiempo que le pareció demasiado largo, una chica se apeó del vehículo desde el asiento del acompañante. Una chica demasiado joven, demasiado rubia, demasiado todo. El taxi arrancó de nuevo. Antes de desaparecer tras el edificio hizo sonar el claxon dos veces, a modo de despedida, seguramente. La chica no hizo el menor gesto. Sencillamente dedicó unos instantes a ajustarse las medias y rebuscar algo en su bolso. Primero sacó una botella de agua. Dio un trago y escupió. El agua formó un charco negro bajo el resplandor pálido del rótulo averiado. Luego guardó la botella y sacó un espejito y una especie de pequeña esponja con la que se toqueteó las mejillas. Después de cerrar definitivamente el bolso, dio un resoplido que le levantó el flequillo se encaminó hacia la puerta del hostal. Alguien -probablemente la recepcionista/dueña/madame gorda que le había recibido a él- sin duda la observaba desde el interior. Cuando la chica se percató de ello sonrió y saludó con la mano, agitándola mucho más de lo que la sinceridad implica.

 

Oyó el sonido de los pasos acercándose por el pasillo. Los tacones repiqueteaban sobre las baldosas desgastadas -en algún tiempo lejano debieron de ser color crema; se intuía esa tonalidad en los lugares de poco tránsito, como debajo de las mesas rancias con revistas desfasadas que había a cada extremo del pasillo; ahora, en cambio, la mayor parte del suelo era de un color pardo sucio, a juego con las cortinas pesadas que decoraban las habitaciones-. A cada paso que escuchaba, algo parecido a la vergüenza ajena y propia y también muy similar al agotamiento físico y mental y a la vez exactamente igual que la rabia que había sentido aquella tarde de domingo cuando comprendió que su última oportunidad de ser feliz acababa de esfumarse, se iba abriendo paso en su interior, conquistando órganos de su cuerpo y segmentos de su cerebro. Como siempre que sentía crecer esa furia quiso refugiarse mirando la foto que guardaba en la cartera desde aquel maldito día. Si todo había ido bien la niña que le miraba sonriente desde el papel acabaría de cumplir los diecisiete. Intentó imaginársela feliz. Intentó decirse a sí mismo por enésima vez en todos esos años que su madre había hecho bien apartándola de él. Pero en esta ocasión no lo consiguió. Las risas de la chica y la voz cascada y con acento del Este de un camionero viejo en la habitación contigua se lo impidieron. Solo podía pensar, aun sabiendo que era una ilusión, que hacer algo al respecto de lo que ocurría al otro lado de la pared era lo más cerca que jamás estaría jamás de hacer algo bueno por su hija. Así que volvió a meter la foto en la cartera, se la guardó en el bolsillo de la chaqueta del lado del corazón, salió al pasillo y llamó a la 212, apretando los puños, dispuesto a brillar.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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