Buena idea

Sabía que era mala idea. Había intentado decírselo. Incluso le había dado plantón en un par de ocasiones echándome atrás en el último momento. Pero, bueno, el momento tenía que llegar y llegó la otra noche. Una cena con motivo de la inauguración oficial de su nuevo piso. Por alguna razón le hacía ilusión que conociera a sus amigos. Será en petit comité, dijo, no te preocupes, dijo, los cuatro amigos fundamentales, dijo. En fin, sabía que era mala idea, quizá hasta ella lo sabía, pero bueno, venga, vale, acabé diciendo yo.

Llegué premeditadamente tarde y sin nada bajo el brazo, ni vino, ni champán, ni nada. Había tenido un día duro repartiendo currículums por el polígono norte, así que debía dosificar energías mentales y económicas. Ella me abrió y me dio un beso tan espontáneo que no pareció del todo espontáneo. Una luz dorada que parecía emanar del mismo aire iluminaba el recibidor. Había un mueble y un espejo en una de las paredes. Entre los dos no debían de pesar más de dos kilos. Le iba el minimalismo, por supuesto. Al final del pasillo de parqué una puerta abierta daba a un mundo de tenue luz blanca, rollo nave espacial. Supongo que notó que fijaba mi pensamiento en el tipo de aliens que podría encontrarme detrás de aquella puerta de la Nostromo, porque me dio otro beso y me apretó la mano al decir Pasa, están deseando conocerte. Se la veía radiante. Podría asegurarse que estaba feliz. Sin duda aquello era importante para ella. Así que volví en mí y le dije Oye, muy bonita la casa. Para mí también era la primera visita, no la había ayudado con la mudanza. Pero tampoco había hecho falta: su padre le había mandado para ello a un equipo de operarios de una de sus muchas empresas, tal vez el mismo que le había reformado el piso de arriba a abajo a coste cero.

En el salón había bastante más de cuatro amigos fundamentales. Serían unos diez o doce, algunos todavía sentados a la mesa y otros desperdigados por el enorme tresillo blanco (más exactamente color iceberg, según oí decir a alguien). Sonaba chill-out, new wave, ambient o como coño se le llame a la música de ascensor cuando se quiere sacar pasta por ella. Quise preguntarle al respecto -ella me había dicho que le gustaba el rock-, pero no tuve ocasión; ya estábamos enfrascados en las presentaciones.

Había un médico que pasaba quince días cada verano en El Chad, una abogada muy contenta de defender la justicia social, un par de diseñadores gráficos/creadores multimedia que parecían gemelos pero ni siquiera eran hermanos, una arquitecta compañera del despacho de mi novia, chica o lo que fuera, y una eslovaca que en sus ratos libres escribía poemas utilizando como vocal únicamente la a en señal de protesta contra la discriminación de la mujer en el entorno rural de su país natal y de paso en cualquier rincón del planeta. De los demás no me acuerdo, supongo que más de lo mismo.

Obviamente, pedí encarecidamente una copa de algo. Alguien puso en mi mano un chato de vino. Me lo bebí de un trago, localicé la botella y me serví otro. Los creadores multimedia me dijeron que aquel era un caldo moldavo que había que paladear al menos durante un minuto. Me excusé por mi ignorancia y busqué un rincón tranquilo. No existía. Todo el mundo quería saber cómo nos habíamos conocido, a qué me dedicaba, qué hacía en mi tiempo libre, cuál era mi playa favorita de Formentera. Me zafé como pude, dejé que hablara ella, a la que a partir de cierto momento empecé a notar preocupada por la creciente hostilidad de las respuestas que yo estaba dando. Por suerte, al cabo de una hora eterna dejaron de prestarme atención y empezaron a hablar de algo que llamaban su “proyecto político-artístico secreto”.

Según entendí, todos aquellos hijos de papá llamaban a la revolución popular mediante mensajes y dibujos trazados con permanente rojo en la parte trasera de las puertas de los restaurantes de lujo que frecuentaban con sus familias sanguíneas o políticas. Aseguraban que ya se hablaba de ellos entre los maitres más cualificados de la ciudad. Demasiado Proyecto Mayhem, pensé, y seguro que solo han visto la peli. Saqué un cigarro, no podía más. Al instante el pánico se extendió por la habitación. Ella vino corriendo y me lo arrancó con fuerza de la mano como si lo que estuviera a punto de usar fuera una granada o un AK-47. Luego se giró hacia sus amigos y, con cierto rubor, dijo Sí, fuma. Ellos menearon la cabeza y poco a poco, como si les costara salir por completo del shock que acababan de sufrir, reanudaron su conversación.

Ven, me dijo ella, y me llevó al balcón.

¿Estás bien?, me preguntó.

Di la primera calada y contesté Ahora mejor.

Sonrió y volvió dentro, a su mundo.

Cuatro pisos más abajo el camión de la basura recogía unos contenedores. Desde mi posición se apreciaba una nube de insectos merodeando en torno a la boca oscura del camión y a los dos hombres apostados a cada lado. Las alas de los bichos reflejaban la luz naranja de las farolas. Por momentos parecían ascuas agitadas por el aire de la noche, y deseé que la ciudad entera ardiera en llamas. Que no quedara más que cenizas sobre las que construir algo mejor, tan solo un poco mejor. Entonces caí en que eso era lo único medianamente digno que había pensado a lo largo de la velada. Tiré la colilla al vacío y entré. Nadie reparó en mi presencia. Ahora hablaban sobre energías renovables, me pareció. Fui al baño, meé en un retrete que parecía una puñetera obra de arte moderno y rebusqué en los cajones del lavabo. Di con algo parecido a un lápiz. Y me despedí de ella escribiendo una breve nota en la parte trasera de la puerta.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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