Feria de los horrores

Suena el teléfono y mi amigo me dice que me ha conseguido una especie de cita con un tipo que viene a firmar ejemplares en la feria del libro. Hay alegría en su tono de voz, la emoción del portador de buenas nuevas, por eso me sabe un poco mal decirle que no me apetece nada el plan. Al otro extremo de la línea se hace el silencio durante cuatro o cinco segundos. Luego, tras un bufido/suspiro, mi amigo habla. Debes ir, dice en un tono demasiado paciente como para ser sincero. Yo miro por la ventana (el camión de la basura recoge la basura del restaurante chino de enfrente –cuatro o cinco gatos saltan en el último segundo de las fauces mecánicas; admiro su elegancia de bajos fondos-) y le replico que no le veo demasiado sentido porque sé de antemano lo que me va a aconsejar el famosillo en cuestión. Él insiste, más bien sentencia: tienes que ir. Es un buen tío, mi amigo, pero tiene ese defecto tan común: cree saber lo que le conviene a la gente.Y quizá sea así, lo que pasa es que yo no soy gente: yo soy yo. El caso es que por no recibir el enésimo sermón acabo diciéndole que de acuerdo, que allí estaré. Bien, tío, bien, me felicita, pues el domingo a las seis y media estate en la caseta 33.

Llego a la feria a la hora convenida. Se celebra en un gran parque lleno de imponentes árboles, lleno de rosales en flor y lleno de gente que va de caseta en caseta levantando nubes de polvo inútil. Cualquier otro domingo pasearían por este u otro parque sin pensar en comprar ningún libro. Se tomarían un granizado de limón o matarían el tiempo dando de comer a las palomas o paseando al perro. Hoy, en cambio, la publicidad dice que han de culturizarse para diferenciarse del rebaño. Y ahí están, como una manada paciendo ante los estantes de celulosa, cortándome el camino hacia la puta caseta 33.

Cuando al fin alcanzo mi destino veo a “mi cita” sentado tras un mostrador de conglomerado blanco. Nadie hace cola ante su stand, lo cual no parece importarle gran cosa. Mira hacia la multitud pululante con aire indiferente. Tal vez con excesiva despreocupación para tratarse de alguien que ha venido de Madrid a pasar el domingo aburriéndose en esta ciudad de segunda, por lo que deduzco que se trata de una indolencia impostada. En fin, no queda otra que comprobarlo.

Me dirijo hacia él. Me doy cuenta de que E. S., así se llama, me ve acercarme por el rabillo del ojo y, como poseído por un arrebato de inspiración, empieza a garabatear algo en una libretita de piel roja con la que hasta hace un segundo no hacía otra cosa que juguetear entre sus manos apáticas. Buff, pienso; todo es tan previsible, pienso; qué cojones hago aquí, pienso. Pero ya estoy delante de él. Con aire fingidamente distraído E. S. levanta la vista hacia mí. Hacia mis manos, para ser exactos. Por un momento su rostro revela cierta sorpresa ante el hecho de que no le ofrezca ningún libro que firmar. Luego disimula, sonríe de manera forzada y me saluda. Yo me presento. Menciono a mi amigo y le vengo a decir que esto no ha sido idea mía.

Supongo que el hecho de confesarle abiertamente y sin pregunta previa por su parte que nunca he leído uno de sus libros y que tampoco tengo intención de hacerlo no ayuda a que la charla sea demasiado fructífera. En cualquier caso, lo cierto es que estoy seguro de que la cosa no habría sido muy diferente aunque me hubiera arrodillado ante él suplicándole que me escarificara su firma en la espalda. Vamos, lo previsto, ese tono condescendiente. Chaval, olvídate de escribir relatos; una novela, eso es lo fundamental; los cuentos no interesan a nadie; cualquiera puede escribir un cuento; mira quién organiza concursos de relato… ayuntamientos de dos mil habitantes, la España profunda, el alcalde que necesita justificar una mínima inversión en cultura; eso es para amateurs, para ilusos y fracasados, para profesores de literatura que se apergaminan en institutos de pueblo; lo que te digo: si quieres sacar algo escribiendo escribe una novela; aunque, claro, no todo el mundo puede.

El tipo sigue soltando cosas por el estilo mientras yo asiento mecánicamente, deseando que se acabe este trámite de mierda. Asiento mientras paseo la mirada por lo que me rodea. Sobre nosotros la luz de abril chisporrotea en las hojas de los álamos y los chopos como fuego verde y blanco y verde y blanco. En el aire resuenan los gritos de los niños que juegan al fútbol en el césped que se intuye más allá de los setos. Una multitud se apelotona ante el stand de un famoso escritor de novela histórica, libro en mano, cámara en mano. Un par de casetas de editoriales infantiles, decoradas como si hubieran sido víctimas de la explosión de un almacén de pinturas, ha contratado a un grupo de payasos para amenizar el lanzamiento de su enésima saga de aventuras para niños/adolescentes, exactamente igual a la anterior y a la anterior y a la anterior y, lo que es peor, a la próxima. Y por supuesto también hay un nutrido grupo de expositores copados por editoriales de literatura homosexual (un promotor de uno de ellos se acerca y me regala un condón amarillo), asociaciones feministas y organizaciones protectoras de los derechos de los animales, los mares, los líquenes y todo lo que no sea el ser humano.

No, tío, el problema no es la forma, digo para mí mismo mientras escucho cada vez más a lo lejos la voz aleccionadora de E. S. sin dejar de observar el circo que me rodea. Es más, el relato es la forma perfecta, concisa y directa. Donde radica el problema es en el fondo. Si quieres ganar un concurso, haz que el cuento acabe bien. Si quieres que las visitas a tu blog se disparen, habla del drama de mujeres maltratadas, de inmigrantes sin recursos, de homosexuales agredidos, de menores violados, de animales enjaulados. En fin, si quieres que te publiquen, sé políticamente correcto y, sobre todo, nunca escribas sobre tu vecino, sobre tu madre, sobre tu amigo, tu jefe, tu novia o sobre el taxista que te lleva borracho a casa ni, en general, sobre cualquiera que no se atrinchere tras un rasgo supuestamente diferencial para ignorar esa mediocridad tan humana que todos llevamos dentro.

Así pues, que le den a E. S. y a sus consejos. No eres Dostoievski, tío. Le dejo con la palabra en la boca y pongo rumbo a casa con la intención de ponerme ante el pc un rato si es que no sale un plan mejor. Y mira por dónde cuando estoy a punto de salir de la feria de los horrores alguien me da un golpecito en el hombro. Me giro. Una chica me sonríe y dice que me ha visto antes hablando con E. S. Me pregunta si es amigo mío. La chica brilla al sol como, no sé, un pomelo perfecto. Y caigo en la cuenta de que en la mano llevo el condón cortesía de LAMBDA o algún ente por el estilo. Así que le digo que sí, que somos íntimos. Qué bien, qué bien, ¿me lo presentas?; no puede ser, qué pena pero ya se marcha, pero si quieres le paso algo tuyo. Sí, estaría muy guay, dice ella, que ha ganado recientemente el concurso de relato para mujeres emprendedoras de un pueblo cercano. Precisamente lleva una copia en el bolso. Lo leo en diagonal: morralla. Muy, muy bueno, le digo.

Unas horas después vuelve hacia mí su cara enrojecida por debajo de su axila sin depilar y con la respiración entrecortada me dice queescribo de puta madre. Mucho mejor que ella. Y que E. S., ya puestos. Supongo que no me puedo quejar.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Feria de los horrores

  1. Menudo circo… hay que tener agallas para ofrecerse como el payaso de turno. A E.S. y a la tía esa que los peten. Y que quede claro, digan lo que digan, no te creas nada. Los cuentos molan. Y los tuyos, mucho. Qué sabrán ellos…

  2. Jaute dijo:

    Qué locura la de E.S.; los cuentos son como la merienda, la comida que se come por placer y no por hambre y para la que siempre escogemos algo de nuestro agrado y no lo aconsejado por los médicos ni por los publireportajes. Todo lo demás es cierto: los concursos los ganan epístolas de señoras de 45 años que escriben, originales ellas, “si la quieres no la pegues”.

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