De verdad

Había aprendido a asumir que ese momento jamás llegaría. De hecho hacía años que no participaba en ningún evento que pudiera conllevar conocer mujeres. Ni cenas con amigos, ni comidas de empresa, ni noches en discotecas, ni chateos de madrugada, ni cursos de cocina, ni tengo una amiga con la que harías muy buena pareja. Tenía muy claro que lo peor que podría ocurrirle sería enamorarse de una de ellas. Se conocía, y sabía que en ese caso se sentiría en la obligación de contárselo, de sincerarse con ella. Y sin duda ello supondría el rechazo, el dolor, la pena. En resumen, más problemas, más soluciones difíciles. No compensaba. Estaba bien como estaba.

Pero un día las cosas cambiaron de golpe. La conoció en la cola del supermercado, como en una película de medio pelo. Ambos llevaban por toda compra una caja de cereales de la misma marca y sabor. Ninguno de ellos, para asombro de la cajera, tenía ni quería tarjeta de socio. Jiji, jaja, el destino y demás. A las pocas semanas aquello había desembocado en lo que la gente suele llamar una relación más o menos formal. A los pocos meses la cosa era tan seria que ella iba a dejar la casa de sus padres para irse a vivir con él. Pero para eso era imprescindible que estuviera al corriente de todo.

Y esa era la razón de que estuvieran esa noche en un restaurante italiano tirando a bien, cenando provolone y cosas por el estilo y poniéndose hasta arriba de lambrusco decente, si es que eso es posible. Quería emborracharla, o por lo menos relajar un poco sus defensas. Cuando la tercera botella estuvo más vacía que llena al fin se atrevió. Al principio ella se lo tomó a broma. Jamás bromearía con algo así, contestó él. Y debió de hacerlo en un tono muy convincente porque a ella le cambió el gesto, palideció y empezaron a temblarle las manos. Miró a su alrededor como buscando ayuda. En el local ya solo quedaba un camarero al borde de la jubilación que reponía ruidosamente las botellas que habían salido esa noche de la bodega.

La falta de auxilio, quizá, hizo que la mujer volviera a escudarse en la negación:

-No te creo.

-Nunca te he mentido y nunca te mentiré –contesto él-; yo te quiero de verdad.

Y añadió:

-Tal vez lo mejor sería que vinieras a verlo tú misma.

Y por alguna razón, seguramente porque también ella lo quería de verdad, accedió.

Veinte minutos más tarde entraban en casa del hombre. Ella ya había estado allí muchas noches, claro, pero ahora y por primera vez le invadía la sensación de que aquel piso y aquel hombre podían ser el lugar y la compañía perfectos en que instalarse para siempre. Y no cambió de opinión cuando él la condujo hasta el pequeño cuarto al fondo del pasillo, encendió la luz, empujó el armario y dejó a la vista una trampilla en el suelo. Ni cuando, de cuclillas junto a la boca del agujero, entornó los párpados a la espera de que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad que reinaba dentro. Y tampoco cuando aquel despojo de huesos asomó sus dedos entre las rendijas oxidadas y le imploró ayuda.

El hombre apartó aquella mano de una patada, se oyó el chasquido de un dedo o dos al romperse. El ser de allá abajo no emitió el más mínimo sonido de dolor. Y ella se sintió más viva que nunca mientras observaba cómo él volvía a colocar el armario sobre la rejilla, el agujero, el pasado enterrado y cualquier cosa que no fuera ella.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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