Film Stars (Redux)

Paso a por Lola a mediodía, con un sol incendiario en medio del cielo.

Por muy de moda que esté, en mi opinión Lola es nombre de vieja, de Señora Lola, no la he visto por misa últimamente o algo por el estilo. Pero el hecho es que Lola es dos años más joven que yo y quizá nunca llegue a ser una señora. Paso a por ella en el coche. Me detengo en doble fila frente a su portal y veo que me está esperando medio escondida detrás de la puerta de cristal. Da saltitos nerviosos mientras se tapa el pubis con una mano y el pecho con la otra. Toco el claxon y Lola sale del portal como un resorte, cruza la acera a la carrera y se sienta en el asiento del acompañante. El tapizado de eskai chirría al contacto con su cuerpo. Ñiic-ñiic, y Lola dice:

-No estoy segura de que esto sea una buena idea.

Tardo unos segundos en contestarle. Los mismos durante los que la contemplo de pies a cabeza. Está preciosa. Más que nunca. Parece una crisálida: suave y frágil y de vivos colores. Bajo toda esa mierda transparente tiene el cuerpo entero ligeramente sonrosado por la no-transpiración. Y creo que percibo cómo la temperatura dentro del vehículo sube unos grados por el calor que ella irradia. Es como una crisálida humana, como un resplandeciente envoltorio con una vida de mujer joven en su interior. Dan ganas de mirarla y mirarla, de no dejar de mirarla. Pero hemos quedado para hacer algo. Así que me esfuerzo y consigo apartar la vista de Lola.

Giro la llave de encendido y le contesto que yo tampoco estoy convencido de esto, pero que qué más da. Meto la primera y el coche avanza rápido dejando atrás pequeñas nubes blancas con olor a caucho quemado. Y le digo:

-Qué más da… Al fin y al cabo, nunca estamos seguros de nada.

Conducimos en silencio hacia el centro de la ciudad. Lo único que dice Lola lo dice cuando, por la razón que sea, se gira torpemente y ve el asiento trasero lleno de rollos de papel film. Mira los rollos, frunce el ceño y dice:

-¿No te parece que ya es suficiente con lo que llevamos puesto?

Y es evidente que no, esto no le parece buena idea. El plan le gustaba cuando lo trazamos un par de noches atrás. Sí, hagámoslo, dijo, hagámoslo aunque sólo sea por hacer algo distinto. Se la veía con ganas de envolverse en papel transparente y salir a pasear por la ciudad. Se la veía con tantas ganas que cualquiera habría dicho que había estado esperando ese momento toda la vida. Pero ahora, con el culo plastificado relampagueando energía estática contra el asiento al menor movimiento, se siente incómoda/ridícula/estúpida envuelta en papel film.

Qué más da. Nunca estamos seguros de nada.

Por eso hay que intentar asegurarse. Le explico que he cogido algunos repuestos por si se nos rasga el papel que nos re-viste. Que es una indumentaria muy delicada y un enganchón con el pico de una mesa o los mordisquitos de un perro juguetón en el tobillo pueden dejarnos completamente desnudos. Y que si eso ocurre ya no seremos carne empaquetada, precintada, impermeable al mundo, sino un simple par de gilipollas andando en pelotas por la calle con un rastro de metros y metros de papel arrugado, sucio y sudado a sus espaldas. Pero Lola, encogida en su asiento y mirando de reojo por encima de la portezuela del coche, no atiende a mis explicaciones. Sigue claramente violenta con la situación. Así que también le digo lo que está deseando oír. Le digo:

-Podemos dejarlo, si quieres.

Y ella se endereza en el asiento y responde:

-No. -Respira hondo y añade-: ¡Claro que no, joder!

Así que continuamos conduciendo y nos adentramos en el centro urbano, con todos esos rótulos publicitarios, y tiendas y cines y salones de belleza y gente a la misma distancia de la pobreza que de la riqueza. Y con un Starbucks en cada manzana. Con mil lugares perfectos para andar entre el gentío pero ni un hueco libre para aparcar. Damos vueltas y más vueltas por las calzadas llenas de coches y rayas de pintura blanca y nos damos cuenta de que los más observadores ya se han fijado en nosotros. Algunos pasajeros de los autobuses nos ven cuando pasan junto a nuestro coche, le sueltan un codazo a quien tienen al lado y nos señalan. Y las caras se multiplican rápidamente tras las ventanillas de los autobuses. Caras de asombro o de desaprobación. Caras divertidas y caras escandalizadas. Caras de todas las edades que esbozan una sonrisa medio torcida, despectiva, o una risa absolutamente burlona y enfatizada con un dedo índice extendido. En cualquier caso, risas o sonrisas. Muecas, comisuras hacia arriba. Gente que nos enseña los dientes desde el mundo exterior. Sin excepción.

Buscando aparcamiento pasamos varias veces por los mismos sitios. En algunas esquinas se forman corros de peatones curiosos que esperan nuestro paso para comprobar con sus propios ojos si es verdad lo que han oído. Y cuando asumen que no les han tomado el pelo nos gritan Degenerados o Locos o Putos Bohemios de Mierda. Y luego un montón de carcajadas, hasta que los metros entre ellos y nosotros las borran del aire. Pero es como si nada nos afectara demasiado. Esta indumentaria parece hecha a prueba de miradas por encima del hombro. La incomprensión, la altivez de los triunfadores de clase media, de todos los que ya tienen ganado su sitio en el mundo, hasta su puta condescendencia o misericordia, no atraviesan la micra de plástico que nos forra. Y, joder, esto empieza a ser divertido, porque por primera vez en años nos sentimos algo seguros de nosotros mismos. Somos nosotros y nada más que nosotros, gloriosamente desnudos bajo una capa aislante transparente. Aún no hemos puesto un pie en el suelo y la gente ya habla/comenta/piensa sobre nosotros como si fuéramos relevantes en sus vidas. También Lola se lo está pasando bien. Ya no se agazapa en el asiento. Se ha desabrochado el cinturón de seguridad y se revuelve en todas direcciones, con los pelos de punta por las minidescargas -chac-chac-chac- de electricidad acumulada en el plástico. En busca de nuevas reacciones a nuestro espectáculo. Igual que yo. Me fijo un momento en una pareja de modernos que nos ven pasar mientras esperan cogidos de la mano a que el semáforo se ponga en verde para los peatones. Hablan. Veo moverse los labios del chico. No logro descifrar sus palabras. Pero los labios de la chica son más carnosos y leo sin problemas el silencio articulado que sale de ellos: Debe de ser una performance.

Los dejamos atrás.

A ellos y a todos los demás.

Miro el retrovisor y lo encuentro lleno de seres humanos que observan con fijeza cómo nos alejamos. Los dejamos atrás. Al menos hasta que dentro de unos minutos recorramos de nuevo la misma arteria o el mismo minúsculo vaso capilar de esta puta ciudad. Hasta la próxima vez que volvamos a ponernos en su punto de mira. Protegidos por el plástico invulnerable.

Después de unos cuantos kilómetros más rodando en círculos por el asfalto, arremolinando curiosos en las aceras, agolpándolos contra las ventanillas de los autobuses, haciendo que una nube de conductores nos siga en plan comitiva, nuestras emociones ya no son tan fuertes. Necesitamos con urgencia algo más directo. Algo más piel contra piel plastificada. Prescindir del armazón del coche de una vez. Así que nos metemos en el parking de El Corte Inglés.

El súperemporio nacional no nos pone ningún problema para entrar en sus instalaciones. La valla automática de acceso al aparcamiento no tiene prejuicios y se levanta obedientemente en cuanto pulso el botón. Descendemos por la rampa. El creciente silencio y la penumbra fosforescente que cae del techo nos acarician como un bálsamo de camino al último sótano. Nos relajan los músculos. Y Lola habla en voz baja. Dice:

-Me siento bien. Más conforme conmigo misma.

Yo me alegro, pero no se lo digo.

En el sótano más hundido en la tierra hay muy pocos coches. Pienso que no sería un mal lugar donde detenerse unas horas. Detener el mundo por un rato. Quedarnos allí, hablar un poco, ver gotear agua del techo, volver a hablar un poco y reírnos de nuestra locura. Y quizá, al final, besar a Lola o que ella me bese a mí. Y comprendo que cambiaría cualquier cosa por ese beso. Que prefiero eso a ir por ahí transgrediendo convenciones sociales, escandalizando, pretendiendo impresionar al mostrar mi hastío de la manera más radical y absurda que se me ha ocurrido. Pero no se lo digo. Total, puede que dentro de cinco minutos opine todo lo contrario. Total, qué más da… Nunca estoy seguro de nada.

Además, mientras aparco en una de las decenas de plazas libres Lola despeja cualquier duda acerca de lo que vamos a hacer cuando dice que está deseando entrar en el centro comercial. Dice:

-Necesito más acción-reacción.

Al final, nuestra idea le está gustando. Yo sigo callado y ella sigue hablando.

-Estoy deseando ver lo que dicen las dependientas cuando nos vean recorrer los pasillos así -con un gesto rápido señala los genitales de ambos-, entre abrigos de visón, trajes de chaqueta o lo que sea.

Y abre la puerta y sale del coche con decisión. Yo hago lo mismo, pero sin tener las cosas tan claras. Andamos despacio por el cemento rugoso del parking en dirección al ascensor que nos llevará al mismísimo corazón de la superficie comercial. Sin nada en los bolsillos, sin bolsillos, la vida es ligera. Simple. Casi pura. Tanto, que me gustaría no tener que llevar las llaves del coche en la mano. Fundamentalmente porque me siento un poco imbécil forrado en plástico y con las llaves de un Ford tintineando entre mis dedos. Caigo en la cuenta de que el dato rompe mi imagen transgresora. Desentona con el entusiasmo de Lola. Es como si el llavero me encadenara a la realidad a la que estamos intentando escupir en la cara. Y me debilito por momentos. Pero, claro, sigo a Lola a través del sótano, bajo pálidos tubos de neón, sobre piedrecitas y pequeñas bolitas de neumático quemado. La seguiría a todas partes. Y la sigo entre olor a gasolina y las miradas de un montón de conductores camuflados en la sombra, tras las columnas que mantienen en pie El Corte Inglés y el mundo entero. Miradas que no vemos pero que notamos. Hay gente observándonos, sin duda. Nos lo dicen las voces que llegan a nuestros oídos una y otra y otra vez. Puede que se deba al eco, o puede que la gente sea poco original y todos digan más o menos lo mismo. ¿Has visto a ésos? Qué vergüenza… Voy a avisar a Seguridad.  De vez en cuando los focos de algún automóvil nos delatan por completo. Y nuestros cuerpos resplandecen fugazmente como dos adornos navideños gigantes y ambulantes. O algo parecido; absurdo. Entonces las voces arrecian. Y también los cláxones burlones. Los insultos y las carcajadas. Pero estamos revestidos por esta mágica tela, extrafina pero híperresistente; el traje que más nos ha abrigado en toda nuestra vida. Probablemente, el único. Así que seguimos. Pasamos junto a un coche que acaba de detenerse. Una señora de mediana edad está a medio salir de su flamante Jaguar metalizado. Pero nos ve y se mete deprisa en el coche. Y cierra los pestillos. La veo llamar a alguien desde su móvil sin dejar de mirarnos de reojo. Otra reacción para nuestro catálogo mental, para cuando tengamos que recordar todo esto.

Llegamos al ascensor. Cuando suena el ding y las puertas se abren ante nosotros, una familia entera se queda paralizada en el mismo centro del aparato, mirándonos. Un matrimonio y tres niños con los ojos como platos y los cuerpos congelados. Hasta que el padre balbucea Por favor, no nos hagan daño. Y la madre empieza a agitar los brazos para tapar con sus manos los ojos sorprendidos de sus tres hijos. Siempre le queda uno por cubrir. Así que sonrío. También Lola. Sonreímos amablemente y nos hacemos a un lado para que salgan. Y los cinco se aplastan como lagartijas contra la pared, estirando todo lo posible la distancia de seguridad entre ellos y nosotros. Con la espalda pegada a los espejos, con largos pasos laterales, se dirigen afuera todo lo rápido que les permite su miedo mezclado con curiosidad. Porque no dejan de mirarnos. Se alejan por el parking sin dejar de mirarnos. Andando hacia atrás. Miran cómo sonreímos. Miran de arriba abajo o de abajo a arriba nuestros cuerpos. Miran cómo Lola estira su terso brazo de plástico y pulsa el botón de Planta Baja. La familia entera no deja de mirarnos hasta que desaparecemos de su vista cuando las puertas se cierran con un dong.

El ascensor empieza a subir. Lo sé por el zumbido que emite. Vale, también lo sé por que veo cómo cambian los números en la pantalla digital que hay en el panel de control. Pero sobre todo lo sé por ese cosquilleo en la entrepierna. Y en eso estoy pensando cuando ocurre lo más extraño de nuestra excursión. Entre el Sótano 2 y el Sótano 1, y luego entre el Sótano 1 y la Planta Baja, Lola me coge de la mano. Nada más que eso. No dice una palabra. Ni siquiera nos miramos. Allí, plantada a mi lado de cara a la puerta del ascensor, a punto de adentrarnos en territorio hostil, Lola se limita a coger mi mano y apretarla durante todos esos segundos. Plástico contra plástico, sí, pero puedo sentir el calor de su sangre agitada. Radiante por dentro, empezando a sudar, le devuelvo el gesto. Y ella lo da por finalizado bruscamente cuando el ascensor se detiene y nos arroja a las luminosas entrañas de El Corte Inglés. Justo cuando las puertas se abren se suelta con un rápido movimiento que suena igual que cuando separas un pedazo de belcro. Por un instante pienso que incluso así, medio disfrazada o medio desnuda, le da vergüenza que la vean conmigo. No le importa pasearse tapizada de film transparente por unos grandes almacenes abarrotados de extraños, pero siente cierto pudor por cogerme de la mano en público. Y de repente vuelvo a sentir cómo me invade ese debilitamiento creciente que acaba de intentar atraparme en el parking. Fluctúo de una emoción a su contraria en cuestión de segundo. Y concluyo que tal cosa no puede ser buena señal. Pero poco importa ahora lo que me advierta la parte racional de mi mente; ya estamos recorriendo, casi descalzos, los pasillos de goma, llenos de marcas de suelas de zapatilla y de los surcos que dejan las carretillas que cada noche transportan los repuestos de las mercancías vendidas durante el día. Lola camina unos pasos por delante de mí, muy erguida, con la cabeza alta y de puntillas. Casi volando. Derrocha esa actitud decidida que se ha apoderado de ella desde que los pasajeros de aquel autobús la miraron. Desde que se sintió el centro de atención de la ciudad por primera vez. En cambio yo estoy desbordado por la situación. Es probable que sea porque esto no está dando el resultado que me había figurado. No nos estamos uniendo más. Ella camina por delante de mí y yo la persigo procurando mantener la vista en el suelo. Pero aún así veo que dejamos a un lado la librería y al otro la sección joyería-relojería. Noto el asqueroso olor híbrido de la sección de perfumería. Y el contraste que debemos de causar al andar, tan translúcidos, entre un montón de percheros de los que cuelgan vestidos de noche de colores chillones, tipo boda. Y veo, oigo, percibo, siento que una nube de silencio se levanta allá por donde pasamos. La gente que se va a cruzar con nosotros calla y se aparta, nos deja el camino libre. Pero un momento después, cuando toda esa gente queda a nuestra espalda, su silencio se transforma en una tormenta de voces que hablan en cualquier tono imaginable, menos en el que indicaría cierta solidaridad. Dicen lo mismo que otros nos han dicho en la calle. Locos, enfermos, artistas chiflados, inadaptados, pobres pringaos. Y alguien dice:

-Si ni siquiera tienen buen cuerpo.

Todo acaba cuando un par de guardias de seguridad nos interceptan.

-Tengan la bondad de acompañarnos a la salida -dice uno de los dos hombres armados.

El contenido de su frase choca con la forma en que la pronuncia: no hay ni rastro de educación o respeto en sus cuerdas vocales. Lola le contesta, entre divertida y desafiante:

-Tenemos el coche en el parking.

Y el otro hombre armado nos aconseja que no nos conviene hacernos los listillos. Entonces extiendo una mano y le enseño las llaves.

Cinco minutos después la valla del centro comercial se levanta y nos reincorporamos a las calles. Ninguno de los dos dice nada en todo el trayecto. Sólo cuando la dejo frente a su patio Lola dice que le ha gustado. Que definitivamente ha sido una buena idea. Que le ha venido bien. Muy bien. Y con la puerta del coche abierta, con uno de sus pies de plástico pisando ya la acera, dice:

-Cuando me despegue toda esta mierda y me ponga ropa de verdad tendré la fuerza necesaria para llevar una vida normal.

Eso dice ella. Pero yo no estoy seguro.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Film Stars (Redux)

  1. micromios dijo:

    Debajo de cualquier envoltorio no podemos dejar de ser nosotros ni que el mundo nos vea como extraños.
    Más que buen texto.
    Salut

  2. pllambes dijo:

    Lo que no se es si poniendonos ese envoltorio dejamos de ser nosotros. En el relato la xica parece que lo lleva mejor…

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