Mi tornillo

Iba a ser el día más caluroso del año, o eso habían dicho por la mañana en la radio. El día anterior me habían llamado de una ETT. Que si quería ir a descargar unos camiones a no sé qué centro comercial de una zona residencial cercana. Querer no era precisamente el verbo pero, bueno, no tenía mucho sentido explicárselo a la voz que me hablaba a través del teléfono con un chicle entre los dientes. Me limité a decir que sí y al día siguiente me planté donde me habían indicado. A las 10 de la mañana el calor ya era insoportable. El compañero que me asignaron para descargar el tráiler 4 lo llevaba un poco mejor. Era magrebí. De su nombre no me acuerdo pero lo de que había nacido en una preciosa zona de montaña de Marruecos lo dijo unas doce veces mientras ambos movíamos, cargábamos y finalmente bajábamos del camión cajas y más cajas. Nunca he entendido por qué la gente suele sentirse orgullosa del lugar en que el más puro azar le hizo nacer. En fin, claro, añoraba mi mp3. Y durante la comida en el bar al que todos los trabajadores temporales fuimos a comer a eso de las 2 lo eché de menos aún más. Yo no tenía hambre. Estaba seguro de que si comía algo lo vomitaría sin remedio sobre la primera caja que me tocara mover al volver al curro. Me limité a beber agua y más agua y una Coca-Cola de medio litro y luego otra vez un par de litros de agua y a ver cómo los demás engullían los bocadillos de atún con olivas que se habían traído de casa y se animaban a medida que daban cuenta del apestoso vino de la casa. Se animaban y opinaban, desde el insignificante rincón del planeta Tierra que ocupábamos, acerca de las noticias que daban por la tele en ese momento. Prima de riesgo, por supuesto. Crisis financiera, por supuesto. Rescate, por supuesto. Todos tenían algo que decir. Y hablaron y hablaron hasta que el capataz o como se llame técnicamente al jefe de un grupo de pringados precarios y temporales apuró el café que se estaba tomando en la mesa de al lado y dijo que había que volver al tajo. Entonces se acabó de golpe la cháchara. Durante el turno de la tarde hubo un par o tres ocasiones en que pensé seriamente que no vería la luz de un nuevo día. Ni siquiera la oscuridad de esa misma noche. Creí que moriría dentro de la caja del tráiler 4 o del siguiente que nos tocó vaciar al magrebí y a mí. De un golpe de calor, de deshidratación, de un vulgar infarto de miocardio. O de puro agotamiento vital mientras al otro lado de las paredes de plancha del camión, de las verjas del aparcamiento y de los setos de las parcelas más cercanas se oía el griterío y los chapuzones de niños bañándose en sus piscinas. Al final sobreviví, aunque la última fase de la jornada no la recuerdo con nitidez. Lo rememoro todo con contornos difusos y envuelto en ondas de calor de las que licuan la arena de los desiertos o el asfalto de las ordinarias carreteras de esta parte del mundo. No sé muy bien si me despedí del magrebí y de los demás. No sé si dije Hasta mañana o Hasta nunca. Recupero el control de mis recuerdos ya de vuelta en mi barrio, después de haber conseguido conducir milagrosamente mi coche en la dirección correcta. Recorriendo a pie la recta final hacia mi casa, hacia la ducha, hacia la cama. Solo quería dormir durante días y despertar en otro mundo. Mejor o peor. Pero otro. A cada paso me dolían músculos y huesos innombrables. Por no mencionar ese dolor de cabeza y esa náusea gaseosa instalada en la boca del estómago y que me subía a veces hasta los ojos para condensarse en un líquido muy parecido a las lágrimas. Entonces, cuando mi portal ya estaba a unos escasos pasos, me crucé con una mujer y una niña pequeña, de unos tres años. Su hija, supongo. Uno de los tres debió de golpear sin querer con el pie alguna pequeña pieza metálica que estuviera en el suelo, porque se oyó un tintineo y se vio un destello plateado rodar por el pavimento  hasta detenerse frente a mí. La niña corrió hasta allí. Yo tuve que detenerme para no tropezar con ella. Se agachó a recoger lo que quiera que fuera aquello. Lo observó con detenimiento un momento, sosteniéndolo más ante su nariz que ante sus ojos, y luego me lo tendió. Era un tornillo perfecto, reluciente y sin una sola marca o estría. Se te ha caído, dijo. La mujer rio. La niña no entendió por qué y se limitó a sonreír mientras sostenía su brazo extendido hacia mí. Yo le devolví el gesto a la niña y le dije, Es verdad, gracias, no me había dado cuenta. Y fingí que me lo colocaba en la cabeza como si me doliera mucho. En la sien izquierda, concretamente. La niña se rió sin reparos. La madre dejó de hacerlo y tiró de la mano de su hija. Yo pensé que era lo primera cosa cuerda y digna que había hecho ese día. Y supongo que por eso me sentí un poco mejor.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Mi tornillo

  1. pllambes dijo:

    Excelente análisis final!

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