Divisar América

Es probable que Roy Dubois y Dylan Harris cuenten la historia de otra manera. Son hombres duros. Se creen tipos duros porque tienen callos en las manos y esa aclimatación al frío que les permite caminar campo a través durante horas a la caza de un buen ciervo. Así que seguramente se rían cuando hablen del día en que conocieron a Santiago García. Pero lo que digan tendrá poco que ver con la realidad porque no tienen ni puta idea de que a Santiago García, Santi para sus pocos amigos y sobre todo para su madre, le hacía bien viajar en barco. Al menos así fue durante un tiempo.

Lo descubre tarde, igual que todo en su vida. Se le ocurre la idea en medio de la oscuridad larga y silenciosa que le esconde durante una de sus frecuentes noches de insomnio. Le sobreviene una excitación mezclada con cierta dosis de frustración. Es un estúpido, cómo no ha caído en la cuenta antes. Habrá inconvenientes, seguro, son fáciles de prever, pero la barandilla del barco y la infinidad marina al otro lado, llena de destellos, movimiento y vida pero sin un solo par de ojos humanos, los compensará de sobra. Mañana se informará a través de Internet sobre cruceros y travesías. Le hace ilusión divisar América a lo lejos. Los Fiordos noruegos tampoco le parecen mala opción. Ya es hora de salir de España. Ya es hora de alejarse de una vez de los hijos de puta del pueblo. Cuando al fin cae dormido esa noche se siente ligeramente mejor que cualquier otra desde no es capaz de recordar cuándo.

Pero la rutina de la mañana le hace desdeñar durante un buen rato su decisión de conectarse a la red y contratar algún viaje. Lleva toda su vida haciéndolo, pero cada mañana, después de mirarse al espejo, necesita hacer un enorme esfuerzo para conseguir siquiera salir del baño. Una vez incluso llegó a hacerse un corte en la muñeca izquierda. Nada del otro mundo. Rojo por todas partes pero poca cosa. Se asustó y se lo curó rápidamente. Su madre no se enteró de nada. Sea como sea, la mañana, la vuelta a la realidad, es el peor momento del día para Santi. Así que a las 08:18 imaginarse a sí mismo ante nuevos y exóticos horizontes le resulta poco menos que un sueño absurdo.

Cuando sale del baño se viste y se dirige a la cocina, donde su madre le espera con el desayuno sobre la mesa. Café recién hecho, un zumo de naranja y, como todos los días, tostadas de mermelada de albaricoque. Una vez se le ocurrió decirle que le gustaba la mermelada de ese sabor, o que le gustaba más que los demás, o que no lo odiaba tanto como a las otras cosas de la tierra. Y desde entonces siempre hay tostadas de mermelada de albaricoque para desayunar (No puede reprochárselo a su madre; a Santi rara vez le gusta algo, y aún más raramente lo manifiesta, así que tiene su lógica que ella se aferre para agradarle a cualquier dato que se le haya podido escapar a Santi durante las últimas décadas). Mientras se sienta a la mesa la mujer se le acerca por la espalda y le da un beso fugaz y a traición en la mejilla derecha. Se atreve a hacerlo aproximadamente una vez al mes. Y normalmente Santi nota si hoy va a ser o no ese día. Pero hoy no lo había anticipado. Buenos días, dice su madre. Santi no contesta. Está concentrando todas sus fuerzas en refrenar el impulso de golpearla. Lo consigue a costa de patear la mesa y derramar el café sobre las tostadas. A base de años de experiencia su madre ha aprendido a gestionar estas situaciones y se pone a limpiar la mesa mientras cambia con naturalidad de tema para decirle que está guapo con ese suéter nuevo. Un suéter que, por supuesto, le ha comprado ella, igual que hace con su desodorante, su gel, sus repuestos de tinta para la impresora, igual que haría hasta con el after-shave si Santi necesitara usarlo. Lo habitual sería que ante un comentario tan inapropiado la estampara contra la encimera o le tirara un vaso a la cabeza, pero esta vez, por alguna razón, no lo hace. Se queda inmóvil durante unos segundos, bastantes, muchos, respirando profundamente, con el corazón latiendo desbocado y la vista puesta en el mundo que se extiende a espaldas de su madre, al otro lado de la ventana. Luego da media vuelta y camina hacia su cuarto. Antes de cerrar la puerta oye a su madre llorar bajito en la cocina. Siente que sus pulmones se quedan sin aire. Duda. No quiere que llore. Pero no quiere decirle que no llore. Al fin cierra la puerta, enciende el ordenador y contrata un crucero por las Islas Griegas.

Ese fue el primero. Luego vinieron los Fiordos, El Caribe y Tierra de Fuego. Todas esas horas de noche en cubierta mirando el infinito le sentaban bien. No importaba de qué mar se tratara. El aire puro, el silencio, la insignificancia de cualquiera ante las fuerzas de la naturaleza le hacían volver a casa menos asqueado de sí mismo. Y durante unos meses podía dormir sin demasiados somníferos.

Pero durante el viaje en que Santi conoce a Roy Dubois y Dylan Harris las cosas se tuercen en la séptima noche. Durante las anteriores todo transcurre como a Santi le gusta. Estrellas, una luna discreta, el mar oscuro frente a él durante horas y horas en las que no piensa ni una vez (bueno, tal vez una o dos, pero fugazmente) en su propia cara. La séptima, en algún punto a unas veinte millas de la Costa Nororiental de Estados Unidos, ya digo, algo sale mal. No hay nadie en cubierta y Santi está tranquilo, sereno, disfrutando de sus pocos momentos de paz al año. Pero de repente oye algo a su izquierda, muy cerca, como un gemido. Se gira. Mientras lo hace le da tiempo a pensar y repensar que es un error, que no debe apartar la mirada del sereno Atlántico. Pero al mismo tiempo algo en su interior le impulsa a hacerlo. Y mira. Junto a él hay un anciano gordo envuelto en un anorak que le cubre hasta las rodillas. El poco pelo que le queda es blanco y quizá un poco más largo de la cuenta para alguien de su edad y se mueve como una veleta en la dirección del viento. El viejo tiene los ojos clavados en la cara de Santi, escrutándola desde los párpados chamuscados hasta los dientes sin labios, desde la nariz derretida hasta el rugoso costurón cetrino que le parte en dos mitades la mitad derecha de la cara, y llora a moco tendido pero casi sin hacer ruido. Así, dice el viejo en inglés mientras le señala con el índice medio encogido, así quedó mi amigo Sam al final de aquella jodida emboscada durante la Ofensiva del Té.

En un instante el refugio lejano y privado y exclusivo y excluyente de Santi se desmorona en silencio irreversiblemente. Lo sabe porque de pronto le duelen partes de su cuerpo que no le dolerían aunque las tuviera infestada de tumores. Es, por decirlo de algún modo, como si le hubieran arrancado de sí mismo. Se aleja del viejo sin poder borrar de su mente esa expresión de horror. Entra en su camarote y escribe una nota para su madre. En realidad una línea. Ni aquello ni esto fue culpa tuya. Aquel descuido con la freidora, eterno para él, eterno para su madre; este inminente salto a las aguas heladas del Atlántico Norte.

En cubierta ya no está el abuelo. No hay más que viento y angustia. A lo lejos los rayos violetas de una tormenta iluminan las nubes haciéndolas parecer algodones de azúcar grandes como montañas. Y se acuerda de aquella feria. Fue el mejor momento de su infancia. El mejor momento de su vida. Cumplía ocho años. Fue la noche anterior a todo lo demás.

Casi sin darse cuenta ya está en el agua. Qué rápido avanza un barco cuando no estás a bordo, piensa mientras ve empequeñecer y difuminarse las luces del enorme transatlántico. Olvidé poner que la quiero, piensa mientras se hunde más y más en el frío.

Roy Dubois Y Dylan Harris lo encontraron por casualidad una semana más tarde mecido por las suaves olas que morían en aquella playa de cantos rodados y resaca constante a la que habían ido a coger cangrejos. Los peces habían dejado solo la carne justa para que el esqueleto se mantuviera de una pieza. Eso sí, quitando las orejas mordisqueadas, la cabeza estaba intacta.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Divisar América

  1. pllambes dijo:

    Estas cosas pasan porque el Madrid ha ganado la Liga…

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