Entre cenizas

Llegué por mi cuenta donde habíamos quedado. A los demás no se les veía por ninguna parte. Aparqué a la sombra amorfa de uno de los cipreses que circundaban el pequeño cementerio del pueblo, ubicado en una suave colina. La nube de cenizas amortiguaba el sol pero el calor era sofocante. El aire acondicionado se me había estropeado hacía meses, el verano se derramaba desde el cielo como aceite hirviente y la mitad de la provincia ardía ahí cerca, muy cerca, tan solo a unos pocos kilómetros hacia el oeste. Salí del coche y me dispuse a rodear el cementerio para buscarlos. Los ojos y la garganta se me irritaron al instante a causa del humo. Cuando doblé la esquina de la tapia vi el incendio en toda su magnitud. En el otro extremo del valle el mundo estaba envuelto en gigantescas llamas. Lenguas de fuego coronaban las crestas de las montañas. Su intenso rojo, oscilante, hipnótico y burlón, era visible incluso a plena luz del día. Y esos ruidos que atravesaban la distancia que me separaba del frente: madera crepitando, piñas silbando como balas trazadoras y ese sonido como un grito lejano. El viento… podía ser. O mil criaturas ululando y aullando de desesperación al unísono. Sentí miedo. Pero a la vez pensé que contemplar aquel espectáculo de noche debía de ser aún más aterrador y, por qué no, mucho más bonito. Pero por la noche ya no estaríamos ahí. Ya habríamos vuelto a nuestra rutina y seguridad doméstica. Así que me senté en una piedra plana a esperar a los demás y sobre todo  a mirar lo que el horizonte me ofrecía, con esa mezcla de pena y fascinación que conllevan las catástrofes. Un hidroavión apareció por el sur. Volaba lento, casi planeando, o eso me pareció. El ruido de sus motores era un traqueteo sordo que no inspiraba mucha confianza. Me imaginé al piloto. Al día siguiente las noticias hablarían de él y de sus compañeros como de héroes, pero yo me lo imaginé como un hombre cincuentón gordo que nunca pasó las pruebas para ser piloto de Air France o de la compañía aérea de algún emirato. Para mí, desde luego, acertada o erróneamente, esto de sobrevolar tierra quemada no era su primera opción en la vida, lo cual confería un valor muy superior a lo que estaba haciendo. O eso pensé yo, al menos. Y por eso le dediqué toda mi atención mientras lo veía trazar una suave curva hasta que acabó por enseñarme el morro y vació la espuma rosácea de su vientre sobre un punto de la tragedia que no se inmutó lo más mínimo. Luego siguió girando, deshizo despacio el camino por donde había venido y desapareció detrás de las montañas, rumbo a un reconocimiento no buscado.

Creo que fue entonces cuando el claxon me rescató de mi mente. Me levanté y bordeé el cementerio. Las puertas del todoterreno se abrían en ese momento. Me acerqué. Ella salió la última. Vino y me dio un beso. Su padre me estrechó la mano y me dijo Gracias por venir pero supe que era una mera formalidad, que no le importaba en absoluto mi presencia, que seguramente preferiría que yo no estuviera allí. Lo entendía perfectamente. No hay de qué, le contesté. Y saludé a su mujer con un abrazo incómodo, pues ella sostenía en brazos la urna con las cenizas de su hijo mediano. El otro, de ocho años, avanzó hacia mí y me cogió de la mano sin decir una palabra. Siempre nos habíamos llevado bien el crío y yo. Supongo que para él era una figura familiar más anclada en su memoria desde que empezó a usarla.

Vamos, dijo su padre, es por aquí. Y empezamos a recorrer en fila india un estrecho sendero que ascendía y descendía alternativa y suavemente entre los pinos y las hierbas resecas y los copos incesantes de ceniza. Yo cerraba la comitiva. En un momento dado me di cuenta de que poco a poco iba quedándome rezagado. Y de algún modo supe que para ello no solo había razones inconscientes. Qué coño estaba haciendo allí. No tenía sentido. Realmente quería salir de allí, largarme, evitar la profanación de un ritual demasiado solemne como para no vivirlo con sinceridad. Así que me detuve, apoyé la espalda en el tronco de un árbol e intenté aclarar mis ideas, recuperar ese control que ni siquiera era capaz de recordar cuándo había perdido. Me dejé resbalar por el tronco hasta sentarme en el suelo. Noté los arañazos en la espalda y me alegré de sentir algo que viniera de fuera de mi cabeza. Entonces oí su voz llamándome. No contesté ni la primera vez ni la cuarta. Luego apareció por el sendero y me dijo ¿Qué pasa? ¿No me oías? Me cogió de las manos para levantarme del suelo y me dijo Venga, vamos, nos están esperando.

Nos reunimos con sus padres y su hermano pequeño ante un precipicio. En realidad no era más que un pequeño desnivel en el terreno que no alcanzaría los diez metros de altura. Abajo, entre los matorrales de la miserable hondonada, se veía un viejo neumático de tractor y unas cuantas latas de gasoil oxidadas. Pensé que era un lugar indigno para arrojar las cenizas de un chaval de apenas veinte años al que la leucemia había devorado durante la mitad de su vida. Me sentía incapaz de entender la razón por la que sus padres habían elegido aquel lugar. Me sentía incapaz de entender que nadie dijera que tal vez ese momento y ese lugar, rodeados por el mayor incendio de la zona de las últimas décadas, no eran los más adecuados para que las cenizas de aquel chico se fundieran con la naturaleza. Pero entendí que no era asunto mío. Entonces, justo en el momento en que la madre abría la tapa de la urna, cogía con la mano un puñado de lo que había sido su hijo y lo lanzaba llorando al viento, noté en el bolsillo la vibración de mi móvil. Sabía quién llamaba. Llamaba el motivo por el que me resultaba tan incómodo estar presenciando todo aquello. Llamaba mi deseo y mi culpa. Llamaba el sitio donde me gustaría estar. Llamaba todo lo que quería ver y hacer y tocar y sentir. Y eso sí que era asunto mío. Pero suponía hacer daño a mucha gente. Así que mientras ellos cuatro observaban cómo el viento se llevaba hacia nuestra derecha las cenizas de su hijo y hermano y las mezclaba con las de miles de pinos, flores y cabras montesas, yo lancé mi móvil hacia la izquierda. Chocó contra unas rocas y se partió en pedazos. Nadie se dio cuenta de nada. Me acordé del piloto del hidroavión. Pensé en todo aquello de las primeras y segundas opciones. Y en que a mí nadie me trataría como a un héroe por lo que acababa de hacer.

Después volvimos hacia los coches. Todos con la sensación de haber podido hacerlo mejor. Todos con la certeza de que las cenizas que caían del cielo nos acompañarían para siempre. Todos con los ojos rojos por el humo, y por otros motivos.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Entre cenizas

  1. pllambes dijo:

    Desde luego, esto no puede ser mas triste…

  2. jano dijo:

    grande!

  3. Rodrigo de Jerez. dijo:

    Me parece una idea brillante, que debiera dar para mucho mas. ingenioso la mezcla de cenizas.

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