El sótano

Despertador y abro los ojos y como de costumbre dedico unos minutos a recordar dónde estoy, qué día es, quién soy. Pero hoy me lleva más de lo habitual. Al final me reubico –La Tierra, tercer milenio d. C., un ser humano- y consigo salir de la cama. Me arrastro –es un decir, claro- hasta el cuarto de baño. Mientras lo hago pienso en cómo sería arrastrarse de verdad. Pienso en reptiles, desde lagartijas de suburbio hasta iguanas gris perla bajo el sol tropical. En fin, en seres que andan por ahí con la panza a ras de suelo. Y no sé por qué tengo la impresión de que mis pensamientos no son el simple rescoldo de una pesadilla recién apagada al abrir los ojos a la luz. Intento quitarme fantasmas de la cabeza metiéndome debajo de la ducha. Agua fría. Pero no acabo de reaccionar. Más bien al contrario: me alarmo un poco al sentir que caigo progresivamente en un extraño letargo. De manera que agua caliente pese a los treinta grados de buena mañana. Contra todo pronóstico resucito ligeramente. No lo suficiente. Hoy mi cerebro funciona al ralentí. Mis extremidades ni eso. Permanezco en pie e inmóvil bajo la ducha bastantes minutos más de los habituales mientras asumo que llegaré tarde al trabajo. Cuando las yemas de mis dedos han alcanzado su límite de arrugamiento sin desprendimiento salgo y me desplazo como a cámara lenta hasta la cocina. La cafetera está en la escurridera, sepultada frágilmente bajo un montón de platos y vasos. La pereza que me genera la idea de sacarla de ese caótico castillo de porcelana y cristal hace que me plantee seriamente no tomar café. Pero al mismo tiempo necesito más que nunca una buena dosis, a ver si despierto del todo. Así que tras unos momentos de estudio de la situación desde diversos ángulos me pongo a las tareas de desescombro. Balance: derrumbe en la fachada norte y el tazón de la leche partido en dos. Un daño colateral asumible; la leche me gusta pero me sienta mal. Mientras espero que suba el café miro la hora: ya doce minutos de retraso. La cafetera borbotea y el aire se llena del olor de los campos colombianos. Pero no es suficiente para revivir. Me dispongo a servirme una taza. En ese momento mis rodillas empiezan a temblar. Y una sacudida como de taladradora hidráulica hace que las vértebras me entrechoquen a lo largo de la espina dorsal. El café, claro, se me derrama sobre la encimera después de quemarme el pulgar y el índice con que sujetaba la taza. Cuando la vibración cesa limpio el estropicio al tiempo que me pregunto –con una calma que por un momento roza la indiferencia para instalarse al final en una morbosa curiosidad- qué clase de ataque acabo de sufrir. No me cuido demasiado pero aún soy relativamente joven como para padecer alguna enfermedad realmente grave. Entonces sobreviene un nuevo temblor. Pero en esta ocasión hace que la lámpara del techo oscile de un lado a otro y que se abran las puertas de los armarios. También se rompe un plato de los de la escurridera. ¿Terremoto? Sí, por favor, algo nuevo y objetivamente terrible, por favor. Salgo al rellano en busca de pánico generalizado. Las puertas de mis vecinos siguen cerradas. Me asomo por el hueco de la escalera. Nada. Miro hacia arriba. Tampoco. Calma total. Oigo entonces que se abre una puerta en el piso de abajo y que alguien llama al ascensor. Bajo a indagar. Es la anciana de los loros. Por sus voces he llegado a la conclusión de que debe de tener tres. Solo parlotean por las noches, hasta las cuatro de la madrugada. Ella les habla con cariño, les dice que los quiera más que a nada en el mundo, les dice que mañana los dejará solos un momento porque ha de ir a actualizar la cartilla o a rezarle a San Antón. Cosas así. Los pájaros siempre contestan lo mismo con sus voces rotas: Simamá, simamá.  También les lee cuentos de Jorge Bucay. Todo esto ocurre justo debajo de mi dormitorio. Noche tras noche. Nunca me he quejado de nada, ni siquiera de sus gustos literarios; debe de estar bastante sola. Aunque de tanto en tanto, en medio del insomnio, me sorprendo fantaseando con esos montones de plumas convertidos en alimañas voladoras multicolor, fieras emplumadas enloquecidas aleteando alrededor de su cabeza, picoteándole esos ojos grises forrados de telilla que ahora me miran cuando le pregunto: Óigame, buena mujer, ¿ha notado usted el terremoto? ¿Cómo dice usted? El terremoto, venerable anciana, que si ha notado el terremoto. Calle, chalado, ¿no le da vergüenza asustar con cuentos a una pobre vieja? Vaya a burlarse de su puta madre, y se mete en el ascensor con una velocidad y agilidad que ya quisiera yo para mí si llego a cumplir los ochenta. Ofendido en mi orgullo vecinal y abatido en todo lo demás, empiezo a subir las escaleras dispuesto a beberme de un trago la cafetera entera y tragarme un par de myolastanes. No soy médico pero, al fin y al cabo, si no me ayudan a conciliar el sueño por la noche tampoco tendrían que afectar demasiado a mi rendimiento laboral. Pero ya en casa solo puedo tomarme la mitad de mi desayuno. La caja de relajantes está vacía. El mundo se me viene abajo ante tal revelación. Malgasto absurdamente mis últimas partículas de esperanza y de fe y de todo eso que resulta necesario para afrontar con ciertas garantías de supervivencia la vida agitando repetidas veces la caja boca abajo para ver si por arte de magia una pildorita sale de sus tripas. Sin éxito, obviamente. En plena desesperación, y a modo de placebo consciente, me zampo a palo seco un buen puñado –y luego otro- de pastillas de sacarina que ni siquiera sé por qué tengo en el armario rinconero. Salvo la sensación fugaz de adormecimiento lingual y un ligero aumento de la sudoración frontal no pasa gran cosa. Salgo rumbo al trabajo. Llamo al ascensor pero antes de que llegue decido bajar por las escaleras. No me apetece en absoluto verme en el espejo. Cuando llego al zaguán percibo un tercer temblor, esta vez mucho más cercano y perfectamente identificable en su origen. Viene del cuarto de contadores. Decido inspeccionar. Ante la puerta me invade la congoja: teniendo en cuenta que no tengo llave del buzón es más que probable que no haya tenido la precaución de hacerme con una llave del cuarto de contadores por si acaso un mal día necesito bajar a toda prisa a cerrar la general. Saco las llaves del bolsillo. Lo que me temía y creía recordar: portal y puerta de mi piso. Pese a ello, y movido por un impulso totalmente incompatible con el estado de abatimiento en que me encuentro, me aventuro a girar el pomo. Y la puerta se abre maravillosamente ante mí. Me embarga una emoción tan estúpida como intensa. Me entran ganas de llorar –que contengo- al penetrar en ese templo de secretos al alcance tan solo de operarios de mono azul y distinguidos presidentes de comunidad. Pero más allá de la luz de una bombilla de 40w, el olor a humedad y una araña patilarga que zigzaguea frenética por la junta de la pared en busca de su refugio no hay nada allí merecedor de especial mención ni que explique la naturaleza de los temblores que llevo notando desde que desperté. Nuevamente, la desolación se impone. Me siento en el suelo y contemplo un rato cómo giran despacio las ruedecillas que señalan el último dígito de los contadores en la pared de enfrente mientras me pregunto por qué me resulta tan apremiante descubrir el origen de los temblores. Y me pregunto con toda la seriedad que puedo reunir si -finalmente y como llevo tiempo previendo- me he vuelto loco. Entonces la vibración surge de nuevo. Esta vez acompañada de una especie de rugido bajo pero perfectamente audible que parece venir de debajo del suelo. Ni siquiera me da tiempo a ponerme de rodillas y pegar la oreja al cemento. Un agujero se abre justo debajo de mí y caigo a una especie de galería subterránea donde sí huele de verdad a tierra húmeda y a tuberías estancadas y a fría oscuridad. Sola la tenue luz de la bombilla del cuarto de contadores ilumina el interior del agujero. Mis ojos tardan un par de minutos en acostumbrarse a la penumbra del inframundo al que me he precipitado. Cuando lo hacen no sirve de mucho: no distingo más que progresivos grados de oscuridad a medida que miro a lo que intuyo que es el fondo de ese sótano. Pero al poco vislumbro un centelleo rojizo a la altura del suelo a unos diez metros de mí. Me acerco despacio, con cuidado, y cuando he dado cuatro o cinco pasos observo con claridad que no se trata de un destello sino de dos, y que parecen enfocar directamente a mis pupilas. Las ratas tienen los ojos rojos, pienso, al menos algunas, pienso, las de los cómics y las películas de terror de serie B, pienso. Pero esto es la vida real, o eso creo; qué coño hace una rata solitaria mirándome fijamente desde el fondo de un sótano de cuya existencia nada sabe. No puede ser. Y sigo avanzando hacia esos ojos brillantes como ascuas de un fuego antiquísimo, atraído por ellos de un modo instintivo y al mismo tiempo racional. Cuando mis pies se detienen frente a ellos me pongo de cuclillas y espero que pase algo. No me atrevo a alargar la mano hacia donde intuyo que se encuentra el cuerpo propietario de esos ojos. Así que simplemente espero. Algún movimiento, algún temblor. Se produce al tiempo que la alimaña salta sobre mi regazo. Mis manos lo sostienen instintivamente. Noto su tacto áspero, noto su piel fría, unas garras afiladas como alfileres aferrándose a mis mangas y al dorso de mis manos y algo que interpreto como una boca repleta de saliva viscosa mordisqueándome suavemente los dedos. Me incorporo y corro con la criatura entre los brazos hacia el pálido haz de luz que se descuelga desde el agujero abierto en el suelo del cuarto de contadores. Bajo el resplandor desvaído puedo verla con nitidez. Un pequeño lagarto oscuro, gris marengo, con la boca y los párpados de un negro intensísimo, igual que las calcificaciones óseas que recorren su columna vertebral desde la nuca hasta el extremo de su cola. Sus ojos rojos no dejan de sostenerme la mirada. Entonces abre la boca y mueve su lengua ahorquillada para decir: ¿Por qué te has olvidado de mí? Sácame a la luz, ponme al sol o moriré. Su voz es el motivo de los temblores. El suelo y el techo y las paredes se agitan cuando habla. Nubecillas de polvo brotan de los tabiques, llenando el aire. Noto en la mano con la que lo sostengo por el vientre los latidos de su corazón, muy débiles y espaciados. ¡Hablas!, digo en voz alto. Y el lagarto responde: No lo hacía, no soy más que tu cerebro reptiliano, atávico y sin cuerdas vocales evolucionados. Pero he tenido que aprender a hacerlo para intentar que me sacaras de tus profundidades. Hay emoción en su voz. Pero ¿por qué?, le pregunto. Él insiste: Tú llévame afuera, túmbame al sol, deja que mi sangre se caliente y permíteme que reconquiste mi lugar perdido en tu cerebro. Verás cómo así tu vida deja de ser una mierda. Verás cómo dejas de pensar y repensar y empiezas a actuar. Bueno, por qué no, me digo. Y con mi cerebro en la mano emerjo por el agujero del cuarto de contadores, atravieso el zaguán y salgo a la calle, a la luz de un día en el que, quizá, mi nueva mascota me ayude a que las cosas empiecen a ir mejor.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a El sótano

  1. ester dijo:

    síiiiiiiiiiiiiiiii

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