Guerra de ¿baja? intensidad

Me despertaron las sirenas antiaéreas. Salté de la cama y corrí a la ventana. El cielo estaba despejado. Solamente el sol recién amanecido, ganando en fuego y amarillo a medida que ascendía por el Este. Y algunas nubes bajas con la panza dorada, todavía iluminadas en contrapicado. Todo normal. Ni rastro de esos bombarderos asesinos. En la calle la gente salía de los portales rumbo a sus obligaciones. La parada del 98 estaba tan concurrida como cualquier mañana. Todo el mundo parecía ajeno al ulular de las sirenas. Me tapé los oídos para comprobar si el sonido provenía de dentro de mi cabeza. No llegué a ninguna conclusión fiable. Entonces los vi aparecer a lo lejos, nada más que puntos negros flotantes entre la neblina de las nubes al deshacerse por el calor. Poco después sus siluetas eran ya reconocibles recortadas contra el sol. Tras unas piruetas de exhibición pusieron rumbo a la ciudad en perfecta formación de combate. Abajo, en la calle, nadie prestaba atención al cielo ni a las sirenas ni al ruido creciente de los reactores. Alguno que otro alzaba casualmente la cabeza, para respirar hondo o silbar una melodía, pero ninguno parecía percibir el peligro. Y ya casi los teníamos encima. Ya los teníamos encima. Abrí la ventana y les grité que corrieran, pero no me oyeron o no me hicieron caso. La primera bomba atravesó el tejado del pequeño mercado de la esquina. Debía de ser una de esas bombas de racimo evolucionadas y legalizadas. Las Despido Exprés, creo que las llamaban. Se oyeron una serie de explosiones encadenadas. Parte de la techumbre del mercado se desplomó. El resto se encendió en llamas en un momento. Poco después decenas de personas ensangrentadas, quemadas y mutiladas empezaron a salir torpemente por la puerta principal. Parecían aturdidas. Algunas tenían la boca y las fosas nasales negras a consecuencia del humo inhalado. El mismo humo que entraba por mi ventana impregnado del olor de la carne de cañón, de la carne quemada. Entretanto los aviones empezaban a girar en el horizonte para dar un nuevo barrido. Durante la maniobra el sol se reflejó en sus fuselajes e incidió directamente en mis ojos. Me cegaron pero no lo bastante, por suerte o por desgracia. Así que pude ver ese Jeep que, sorteando los escombros del mercado, avanzaba por la calzada hasta que se detuvo frente a la parada del 98. Quise intervenir con lo único que tenía a mano; cogí el portátil y lo tiré al vacío con la intención de desnucar a alguno de los ocupantes del vehículo. Fallé. La gente de la parada estaba apiñada bajo la marquesina, en un silencio estremecedor y con las miradas ausentes igual que corderos, como en estado de shock. No dijeron ni una palabra durante el tiempo que le llevó al soldado encorbatado que iba de pie en la parte trasera del todoterreno cargar la ametralladora y llenarles los cuerpos de centenares de primas de riesgo calibre 578. Luego el Jeep arrancó y enfiló calle arriba haciendo sonar la melodía de su claxon. Las notas de El Himno de La Alegría volaron a través del aire infectado de fuego y sangre. Para entonces el escuadrón aéreo ya volvía a la carga. Esta vez disparó unos cuantos misiles Euribor de última generación. Al instante un par de edificios de protección oficial se desplomaron en la manzana de enfrente casi sin hacer ruido. Algunas de las extremidades que asomaban entre los cascotes todavía se movían, levantadas hacia el sol indiferente del verano. Pero no se oía a nadie pidiendo ayuda bajo las ruinas. Y tampoco nadie corrió a ofrecerla. Al fin y al cabo en las calles, en las casas y en las tiendas todavía había más vivos que muertos. No duró mucho.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Guerra de ¿baja? intensidad

  1. micromios dijo:

    Se rumorea que lo único que quedó en pie fueron los bancos.
    Triste y real como la vida misma.
    Salut

  2. jano dijo:

    Y una rubia gritaba desde la escotilla de un tanque : que se jodan!!!!!

  3. ester dijo:

    Lo comparto en mi facebook

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