Despacio, despacio

Lo que sientes cuando te devuelven estropeado tu libro favorito. Lo que arde en los ojos de los pacíficos y tolerantes ciclonudistas cuando pasas conduciendo tu diesel por en medio de su manada. Lo que te infecta la sangre al verla por ahí con ese capullo que ni siquiera alcanza el 2 sobre 10. Lo que flota en la luz crepuscular de cualquier reunión de vecinos. Lo que le harías a ese miserable que regatea con el vendedor ambulante para al final no comprarle ni una pulsera. Lo que se respira en las iglesias por mucho incienso con que las aromaticen. Lo que te retuerce las tripas cuando llega el recibo de Iberdrola. Lo que ponen en el telediario mientras te comes los macarrones de ayer. Lo que emana por tu tubo de escape cuando un imbécil te pega el morro en la carretera y lo que sus faros irradian sobre tu nuca. Lo que hace que la gente acuda en masa a votar cada cuatro años. Lo que tus padres se profesan mutuamente desde que tienes uso de razón. Lo que el cincuenta por ciento del tiempo sientes hacia ti mismo. Todo eso es el odio. El odio al de enfrente, tan igual y tan diferente a ti. Uno de los motores que crean la ilusión de que avanzamos en este pedazo de roca que gira en torno al sol que gira en torno a una galaxia que gira en torno a una constelación que gira en torno vete a saber qué. Y está bien que exista, está muy bien que el odio siga carburando y contaminándonos el alma con su humo tóxico porque sin él no existirían los otros impulsos. Sin él en la ecuación de la historia con mayúsculas y de las historias diminutas no estarías donde estás y mucho menos serías quién eres. Sin él no disfrutarías las treguas. No valorarías la paz cayendo de los árboles en forma de hojas secas cuando por fin ha pasado el verano y la gente vuelve a mostrar su verdadero color de piel, su verdadera cara. El equilibrio de agarrarte de la barra del bus en el instante en que el conductor da un frenazo repentino. El azar de seguir vivo. La luna llena brillando en la chapa de tu viejo Ibiza mientras recorres la autopista y Vedder dice que en su Camaro está ocurriendo lo mismo. El orgullo de seguir reconociéndote cuando te miras en el espejo. Haber llegado hasta aquí aún con ciertas posibilidades de hacerte dueño de tu destino. Seguir intentando dar alcance a tus sueños, contra pronóstico, contra los elementos.  Nada de eso existiría si no te lo hubieras tenido que ganar en esta tierra hostil. Así que despacio, amigo, despacio; paladéalo, paladéalo todo; es importante en la vida.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Despacio, despacio

  1. Ana dijo:

    El azar de seguir vivo. Me gusta.

  2. micromios dijo:

    Y el odio y las circunstancias. Todo cuenta para seguir girando.
    Salut

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