De pequeño: los cuatro elementos y un caballo

Recuerdo aquel día. Domingo a los diez años volviendo de visitar a los abuelos. Llovía. Llovía como solo llueve cuando eres un crío. Gotas enormes ametrallaban el capó, el techo, los cristales del coche. Mi hermano mayor y yo en el asiento de atrás, cada cual escrutando el mundo exterior a través de su ventanilla, separados por lo que parecían kilómetros de tapizado y silencio, cada cual buscando por su cuenta refugio en la tormenta exterior. A través de los riachuelos caóticos que surcaban el cristal se veía el cielo negro distorsionado, oscilante, casi en estado líquido, y los campos verde oscuro casi gris oscuro y los rayos amoratando las nubes y el viento enroscado en las ramas de los árboles pelados y el agua turbia acumulándose y arremolinándose y burbujeando enloquecida a lo largo del arcén. No era el Paraíso pero eran imágenes y sonidos mucho mejores que los que ofrecían los asientos delanteros. Todos esos gritos e insultos y amenazas y manoteos y golpes sobre el salpicadero multiplicados por dos. En aumento de intensidad, en aumento de fuerza, en aumento de violencia, superando sin esfuerzo el rugido de la lluvia al arreciar. Ni siquiera la furia de la madre naturaleza era capaz de acallar la furia desatada dentro de aquel Renault 5 aquel domingo y el sábado previo y seguro que el lunes posterior y en verdad cualquier otro día. No había nada que hacer al respecto. Y nunca habría nada que hacer. Eso pensé, lo recuerdo bien. Y mientras lo pensaba vi un caballo atado a un poste campo adentro, a unos cincuenta metros de la carretera, un caballo negro y perfecto, exactamente el caballo que un niño de diez años imaginaría si nunca hubiera visto uno antes y fuera un niño incapaz de imaginar resplandecientes y limpios y tranquilos caballos blancos. Allí estaba, una sombra encabritada recortada contra la lluvia y los relámpagos, brincando, coceando, esparciendo barro contra el cielo roto, una criatura aterrorizada, abandonada a la intemperie y a merced de los cuatro elementos, la lluvia estrellándose contra su lomo oscuro y brillante de noche y electricidad y todo ese miedo inyectado en sus preciosas pupilas en aquel preciso instante en que se cruzaron con las mías mientras el coche aminoraba para coger una curva. Fue un impulso. Puse la mano en la manivela y abrí la puerta. El aire y el frío y el agua invadieron el interior del R5 y el veloz río de asfalto ya se disponía a acogerme entre sus rugosidades recién lavadas. Luego rodaría por él arañándome la espalda y los codos y se me romperían los pantalones pero no importaría porque enseguida me levantaría con la fuerza inquebrantable de los niños y correría hasta el caballo y le acariciaría la crin empapada y el hocico envuelto en nubes de vapor desesperado y los dos nos entenderíamos solo con mirarnos y nos sentiríamos menos perdidos. Pero mi hermano me agarró del bolsillo trasero en el último momento y me metió dentro del coche y cerró la puerta así que está claro que nada de eso llegó a ocurrir. Me quedé en el asiento de atrás mientras el coche seguía su rumbo hacia lo de siempre y las dos caras y las cuatro manos de los asientos delanteros se volvían hacia mí, dedos crispados, muecas horribles, nudillos, dientes, ¿estás loco? ¿Es que quieres matarte?, y el caballo negro empequeñeciendo más y más en la distancia al otro lado de la luna trasera, solo, bajo el diluvio, hundiéndose en la tierra deshecha, relinchando sin ruido en medio del viento de tormenta, con todos esos flashes de luz cegándole a cada segundo desde las indiferentes alturas, pero luchando, luchando y luchando como un poseso contra aquella cuerda que lo mantenía atado a la nada.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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