Palabras como ladrillos

Acabamos sentados en ese after, el de las mesas-paella. Ella habla y habla Jodercómohabla Detodounmucho Ynadainteresante Ellaestoellaaquello Ellacentrismo Hostiaputaquétaladro Parecequenirespiraeljodidoloro. Y yo pienso que si bebo una gota más me explotará algún órgano y moriré en el suelo sucio en medio de la indiferencia de un puñado de modernitos pasados de rosca. Y también pienso que si le oigo una palabra más no reventaré por dentro pero de algún modo algo morirá en mi corazón y en mi cerebro. Así que tengo que escapar. Miro hacia la puerta. La persiana bajada, claro. Serán las ocho de la mañana. Quizá las dos de la tarde. Tarde en cualquier caso. Oye, le miento mientras empiezo a levantarme de la silla, necesito fumarme un cigarro. Perosiaquípuedesfumar¿noloves?aunquedeberíasdejarlo Echo un vistazo alrededor. Mierda, es cierto. Tabaco de liar a gogo. En el rincón una mujer que parece haber sido teletransportada desde los felices veinte fuma en pipa. Hay tanto humo en el aire que me lloran los ojos. Vuelvo a reclinarme en la silla mientras finjo buscar el paquete de Lucky que no tengo. Buenopuesloquetedecía, sigue ella, y blablablabla. Algo sobre Londres. Entre su verborrea reconozco frases como granexperienciavital meconocíamímisma y sobre todo una en la que aparece por primera vez en la conversación la palabra mágica para la gente como ella: aprendíavalorarmitalento. Esa clase de basura. Me vienen a la mente imágenes fugaces. Cuando nos conocimos sacó su iPhone y me enseñó fotos de sus cuadros. Lo cierto es que no había en ninguno de ellos el menor atisbo de talento. De eso hace medio año. Me resulta difícil creer que unos meses en Inglaterra le hayan servido para mejorar hasta tal punto aquella mierda. Ella era una hija de papá que se aburría en el estudio de arquitectos de su viejo. Obviamente se habría aburrido igual o más en cualquier trabajo pero como su jefe era su padre podía llorarle un poco hasta conseguir transformar su salario-dádiva en una asignación mensual-dádiva y largarse a cualquier lugar del mundo a encontrarse a sí misma. Y eso fue lo que hizo. Un billete de ida hacia la buena vida con la pasta de sus padres forrados. No está mal para tener 34 años. Pero aun así se queja y se queja. Pide otro Martini y sigue quejándose. Medijoqueyaestababien¿telopuedescreer? Comosiestuvierapagándomeunviajedeplacerenlugardemifuturoartístico. Sí, sí, menudo cabrón… digo. Totalquemevaatocarvolveralaoficinaydejarparadamiobraduranteunatemporada. Obra, una palabra casi tan repugnante como talento en labios de este tipo de gente. Si no estuviera tan cansado se lo diría exactamente así. Pero me siento incapaz de responder al fuego de su ametralladora verbal con la contundencia y sobre todo la rapidez necesarias. Así que empiezo a repasar mentalmente las tareas domésticas que me esperan al llegar a casa mientras ella habla de sus fotos, sus ilustraciones y sus poemas. Porque también hace todo eso. También es fotógrafa, ilustradora y escritora. Las dos primeras facetas las conocía; pueden mostrarse en un iPhone en forma de píxeles. De lo de los poemas había conseguido librarme hasta ahora. Pero lo bueno dura poco y para mi estupor se arrellana sobre la mesa que nos separa, me mira fijamente y se pone a recitarme uno. Intento poner cara impenetrable y estrellar la mirada contra el humo no lo bastante denso que flota entre sus ojos y los míos mientras sus versos atraviesan mis tímpanos por mucho que aprieto las mandíbulas. Algo sobre una florecilla asomando por la grieta de un bloque de cemento y enseguida algo sobre la paz mundial y para rematar algo sobre un cielo de nubes de algodón. Patético, casi insultante. ¿Quéteparecetegustaquéopinas?, dice, y sonríe acartonadamente. Le tiemblan las comisuras de los labios y una telaraña de patas de gallo se extiende más y más y más desde el rabillo de sus ojos. Tengo miedo de quedar atrapado en ella como un insecto inútil. Tengo miedo de ella. Hay algo siniestro en sus movimientos. Sus músculos faciales no están respondiendo a un impulso natural del cerebro. Sonríe porque cree que debe hacerlo. Igual que cree que debe decirme Laverdadesquenuncamehabíadadoporescribirperodesdequeteconocímegustahacerlo. Una especie de halago en su opinión, supongo. El pie para que entre en su juego. Su contraprestación en el negocio que ha trazado en su mente. Y ahora espera la mía. Que le diga que se venga a mi casa o que le diga que ella también me ha inspirado algún texto o que le diga que me gustaría ver los cuadros que cuelgan de las paredes de su habitación. Pero mi silencio se alarga más de la cuenta así que vuelve a su guion: ¿Quéteparecetegustaquéopinas? Y otra vez esa sonrisa artificial, como de señora Potato, creando un contraste casi tétrico con la profunda tristeza encharcada en el fondo de sus ojos. La misma tristeza soterrada que he encontrado cada vez que, como ella, alguna lectora anónima de mi blog de mierda se las ha ingeniado para conocerme en persona. Dos o tres al año. Palabras como ladrillos para construirse una fachada de éxito y ocultar un interior en ruinas. Supongo que necesita que le responda Sí, es bueno. Así que es lo que le digo. Y luego añado: Tienes talento. Muchasgracias, dice ella, sin dudar ni un segundo de mi sinceridad. Y luego, como haciéndome un favor, me dice: aunqueteconfiesoquetútampocolohacesmal. Y, luego, como compartiendo conmigo una información secreta que solo conocen los elegidos como ella, me dice: perodeberíascurrártelomás dejartutrabajoyapostarlotodoaesto mírameamí unatemporadaenLondrestevendríamuybien omejorBerlín. Hay que joderse. Pobre chica, pienso mientras le sonrío de verdad.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Palabras como ladrillos

  1. Jaute dijo:

    Conoces a la hija de mi exjefe!!!!

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