Camino de Santiago

Son las 4 de la mañana del 3 de febrero

así que recorro

a pie

el camino

hasta

El Lugar.

La carretera en realidad.

Tres horas por el arcén, el frío

y la oscuridad

con un puñado de flores

muertas

en la mano.

A ratos llueve un poco y está bien así

porque el aire

se llena de ese olor, ya sabes,

ese olor

que sube desde el asfalto mojado

y se impone

sobre el humo del escaso

tráfico que pasa

zumbando a mi lado.

Lo que la lluvia no logra llevarse es

esa punzada

en mi costado

afilándose un poco más a cada

paso.

Pero bueno, estoy acostumbrado.

Cada 3 de febrero, cada caminata

es igual.

Supongo que es parte

fundamental de la peregrinación.

¿Qué sentido tendría recorrer los

15

kilómetros

si

fuera

fácil?

Por eso no me alarmo demasiado

cuando trazo

la última curva, enfilo la recta final

y empiezo a notar que

me falta el aire.

Eso también me pasa

siempre,

así que intento relajarme.

Bajo un poco el ritmo de mis pasos.

Me miro los pies

como si el simple hecho

de observar su movimiento

tuviera

el poder

de hacerlos avanzar

con mayor decisión.

Imagino que respiro

dentro

de una bolsa de papel de estraza.

Me digo que dentro de unos

Minutos

todo habrá acabado hasta

el año que viene,

aunque sé que es mentira

Sé muy bien que una de cada dos

noches

seguiré teniendo pesadillas

con la chica del anuncio

de Martini de 1995.

Aquel 3 de marzo

se limitó a mirar los

restos

del accidente con ojos tan sensuales

como indiferentes

desde las alturas

de la valla publicitaria donde reinaba.

Algo así como una

preciosa y gigantesca diosa

contemplando la chatarra

esparcida de la moto,

los añicos

de vidrio como diamantes siniestros

sobre el alquitrán y a mi amigo

Santi

boca arriba bajo las estrellas,

con los ojos abiertos y

el

cráneo

vacío.

Sí, seguiré sudando en sueños el próximo año.

Pero estaré vivo,

no como él,

lo cual me hace sentir bien y mal

al mismo tiempo.

Recorro los últimos doscientos metros

intentando distinguir en la

penumbra

qué anuncia este año la valla publicitaria.

Con las gafas moteadas de lluvia y

medio empañadas

no lo consigo

hasta que estoy muy cerca.

Y tampoco esta vez ofrece

consuelo

a mi dolor.

Es una estúpida esperanza

que tengo desde aquella

puta noche:

Que en el punto

Exacto

donde entonces se jodieron dos vidas

un buen día

las cosas empiecen a arreglarse.

En fin, eso:

una estúpida esperanza,

tan absurda como cualquier otra

de esas a las que se agarran los vivos

Y tan absurda como el gesto

de poner las

flores

exactamente

en el lugar donde mi amigo dejó de moverse.

En medio del carril que

debía

conducirle

a

casa.

Luego me echo a un lado

y espero que los faros que se acercan

por allá

hagan lo que tienen que hacer.

Por el Este la oscuridad empieza a

rasgarse.

Y después del efecto Doppler

el aire helado

se llena de pétalos

de todos los colores

y

olor a flores muertas.

Lo sé

porque estoy

vivo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Camino de Santiago

  1. micromios dijo:

    Las flores en la carretera siempre me llevan a pensar en los supervivientes.
    Salut

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