4 horas y 12 minutos en la vida de Chaval

Aviso: Los personajes que aparecen en esta historia son totalmente ficticios, o no. Cualquier parecido entre los hechos narrados y la realidad documentada en archivos audiovisuales, en la prensa escrita y/o en la memoria de cualquiera es pura coincidencia, o no.

Chaval medio despierta cuando nota la zarpa cogiéndole del tobillo. Entreabre los ojos y vislumbra a la criatura a los pies de su cama. Una silueta achaparrada y rechoncha, el cuello tan grueso como la cabeza. Chaval piensa: uno de los seres malignos que hasta hace un instante poblaban mis pesadillas se ha materializado dentro de mi habitación. Chaval respira, aspira, huele: inapropiados y densos efluvios de Royal Ambree que el ventilador de techo esparce por el aire contra las cuatro paredes. El aborto de un recuerdo empieza a malformarse en su cerebro. Pero la zarpa aprieta un poco su tobillo y Chaval deja de tirar del hilo. No puede. Se impone lo visceral. Chaval siente miedo y valor al mismo tiempo y en una fracción de segundo empieza a ejecutar el movimiento que le hará coger el flexo y lanzarlo contra el cráneo animalesco del visitante. Pero cuando ya ha agarrado el cuello de plástico flexible de la lámpara se detiene en seco al identificar la voz de la criatura, que dice: Venga, chaval, arriba. Dice: Venga, ‘cagoendios, que ya son las siete y cuarto. Y la mano encallecida de su padre se enrosca aún un poco más en torno al tobillo de Chaval, lo sacude, le hiere. Es sábado, lo cual lo hace todo un poco más insoportable.

Chaval se mete en la ducha. Opta por el agua fría, muy fría, todo lo fría posible. Le gusta el corte repentino de su respiración, ese instante en que su cuerpo se niega a hacer lo que tiene que hacer para seguir vivo. Le gusta ese calambre helado que le sube en zigzag por la espalda hasta desembocar en su cerebro como una ola ártica. Le gustan las gotas como agujas clavándose en su nuca, en la parte trasera de sus orejas y en sus hombros huesudos. Acupuntura de agua, piensa. Acuopuntura, piensa. Se quedaría allí enfriándose toda la vida. Últimamente suda mucho por las noches. Las putas pesadillas, se dice. No le dejan descansar. Lleva meses pasando los días medio atontado. Así que Chaval se quedaría enfriándose bajo la ducha toda la vida o dos o tres días o quizá tan solo con media hora podría bastarle. Pero su padre le ha dicho Te espero en el coche y luego le ha dicho Tienes diez minutos.

Y no han pasado ni siquiera ocho y Chaval ya está seco y vestido y se ha tomado de un trago la tacita de café. Ha tenido incluso tiempo de encender el transistor y escuchar en la cocina durante trece o catorce segundos el programa que a esa hora emiten en la emisora favorita de su padre, sempiternamente instalada en el trono del dial. Una voz engolada hablaba sobre la crisis o, si no, sobre algo íntimamente relacionado con la crisis: “… pero eso es irrelevante en estos momentos, tan trágicos para nuestra nación, y digo nación con mayúsculas, o sea Nación, sí eso es irrelevante ahora que nuestros jóvenes, cualificados, emprendedores, sanos, tienen que…”. Cuánta mierda, dice en voz alta (cree) mientras vuelve a girar la ruedecilla hacia el bendito Off. Y entonces, sin ningún motivo y a sabiendas de que ese mínimo retraso va a suponerle la ira de su padre, sale de la cocina, se adentra en la casa y se llega a la puerta del cuarto de sus padres. Su madre duerme a pierna suelta, boca arriba, con el camisón subido dejando a la vista las piernas rayadas de varices, emitiendo un leve ronquido muy acorde con la indiferencia egoísta con la que, en opinión de Chaval, se mueve en el mundo. Lo que pasa es que Chaval nunca hasta ahora había reflexionado en tal sentido acerca de su madre. Hasta este instante su padre siempre había sido el monopolizador indiscutible de su odio, y por eso Chaval se siente incómodo por no decir inquieto y hasta preocupado al sorprenderse a sí mismo comprendiendo que no, tampoco quiere a su madre. Es lo que tiene en la cabeza cuando sale de casa cerrando la puerta despacio, con cuidado, para no despertarla.

Datos a tener en cuenta, o no, acerca de Chaval:

1.- Tiene 27 años.

2.- Es hijo único.

3.- Por su fisonomía, en concreto por su mentón prominente y sus cejas juntas, en el pueblo le apodan Monaco. No Mónaco; Monaco. Mona, para los amigos.

4.- Por esa fisonomía y su carácter dado a intervenir poco en las absurdas conversaciones del bar, de las cenas de colegas y de los partidos de fútbol, todo el mundo piensa que es idiota.

5.- Tal vez por esa fisonomía, ese carácter y algunas cosas más demasiado largas de contar nunca ha tenido novia ni nada remotamente (y con remotamente quiero decir remotamente) parecido.

Durante el trayecto hacia la obra el padre de Chaval le repite por enésima vez el sermón. Fue Chaval el que decidió dejar de estudiar hace ya ni se sabe cuánto. Fue Chaval el que no duró ni dos semanas en ninguno de los trabajos que él (su padre) le buscó a base de suplicar a gente del pueblo. Fue Chaval el que ni siquiera fue capaz de conservar, hostia puta, el chollo que él (su padre) le consiguió en la Gran Factoría de Coches Americanos. Joder, hasta el hijo de No sé quién, ese inútil, ha hecho carrera ahí dentro. Jefe de equipo creo que es ahora. Eso y otras cosas masculla unas veces y grita otras el padre de Chaval, sembrando de perdigones y mierda el volante, el salpicadero y los sesos de Chaval, que piensan en samuráis y venganzas heroicas en medio de las calles de polvo rojizo de algún pueblo del Viejo Japón, entre elegantes macizos de bambú y casas con paredes de papel de arroz. Fuera del coche, en cambio, tejados de uralita y naves industriales cercan el camino a la obra.

Más datos a tener en cuenta, o no, acerca de Chaval:

1.- Le gusta dibujar. Cree que tiene talento.

2.- No es verdad.

3.- Siente una devoción por el dibujo japonés fuera de lo normal incluso para los habituales de las convenciones de Manga. Su habitación es un altar multicolor a los dioses de las series infantiles de los noventa.

4.- En octavo ganó un torneo de taekwondo en el colegio. Algunas noches saca la medalla de su caja de las cosas especiales, se la cuelga del cuello y se masturba en la penumbra mirando el resplandor de las farolas reflejado como plata líquida en el hi sutilísimo de la delicada curva del filo de su katana tipo Oda Nobunaga (ejemplar certificado de la serie 1/50u que reproduce el mítico sable con que el maestro de maestros de Aikido clásico Nazuki Gabakashi  consiguió destripar a diecinueve de los veinte caballos con que el cacique vecino decidió atacar su aldea allá por el 1.128, y que le compró por internet a un simpático -al menos en foto- joven de Osaka por 4.800 euros).

5.- Cuando empezó a hacerlo algo en su interior le decía que aquello no era normal. Hace ya tiempo que no escucha esa vocecilla.

A las 8 de la mañana en punto Chaval y su padre ya están en el último piso del edificio en construcción. Han salido goteras en un par de viviendas. Las lluvias que anuncian el final del verano suelen traer problemas inmediatos si caen antes de que el aislante de baja calidad que usa el padre de Chaval para cumplir con la normativa de prevención de incendios haya tenido tiempo de asentarse lo suficiente para simular ser un buen aislante durante los dos años de garantía que promete el contrato con el constructor. Una puta mierda, dice el padre de Chaval, esto nos va a ocupar toda la mañana, hostia puta, hala, venga, ponte a picar ahí, aquí, justo aquí.

Los minutos se desgajan con la misma lentitud que las hojas se marchitan en los árboles de ahí afuera, abajo, en los campos requemados por el sol de un verano especialmente abrasador. Chaval intenta no pensar. Pica el techo y no piensa. Se emplea en cuerpo y alma y sobre todo mente en hacer una regata en la pared siguiendo las instrucciones de su padre. Subido en la escalera de tijera se distrae a ratos viendo el tráfico a lo lejos en la carretera. Y tampoco piensa. Se mueve y escucha y mira como lo haría un perro, simplemente porque está vivo y hay cosas inevitables. Pero lo malo es que así el tiempo pasa muy despacio y por eso cuando a las 10:45 su padre comenta de mala hostia que se les ha olvidado el almuerzo, le lanza las llaves del coche y le ordena que vaya a casa a recogerlo Chaval tiene la sensación de que han pasado años desde que se despertó. Se siente viejo de golpe y también inútil por acumulación y un cansancio más pesado que cualquier herramienta de la Gran Factoría de Coches Americanos se le instala en la oquedad de sus cervicales. Y todavía un poco más cuando su padre le suelta Oye, ni un rasguño, ¿eh? Cuidadito.

Mientras conduce hacia casa Chaval experimenta algo que le hace temer que al final sí, que al final se ha vuelto loco. Porque de pronto el paisaje de la ribera valenciana se convierte en el papel manchado de una acuarela japonesa. Los naranjos sedientos, los huertos terrosos, las acequias enfangadas, las oxidadas torres de alta tensión se convierten en líneas simples y manchas degradadas de colores perfectos que evocan pequeños embarcaderos de madera tendidos tranquilos bajo la sombra de frondosos castaños, todas sus hojas perfectamente distinguibles e impregnadas de luz. Pájaros tan sencillos como hermosos, golondrinas, puede ser, volando hacia el sol naciente o poniente. Un hombre sentado sobre sus talones maravillado por los destellos que bailan en la superficie del agua. En fin, siluetas secas pero a la vez mojadas, como recién lavadas por una lluvia purificadora. Y es en ese momento cuando Chaval se da cuenta de que ya no le preocupa ni le asusta la posibilidad de haber enloquecido. Lo que ve, por primera vez en su vida, es lo que lleva toda la vida queriendo ver. Y sigue conduciendo a través del nuevo paisaje hacia el pueblo, hacia su calle, hacia su casa y hacia lo de siempre.

Cuando aparca y baja del coche Chaval ve a sus amigos (o algo así) sentados en la terraza del bar de la esquina. Es sábado, hay que recordarlo. Yeh, Mona, tómate algo, grita uno de ellos de manera demasiado sonora y arrastrando las vocales mientras le hace un gesto con la mano. Los demás se ríen. Se ríen como se ríe la gente que no te toma en serio, de ese modo tan evidentemente hiriente y a la vez tan difícil de demostrar cuando uno es el objeto de las risotadas. Pero a Chaval ya no le importa. Camina y ve y escucha como desde el interior algodonado de una ensoñación. Ya lo he dicho: como desde dentro de una acuarela. Ve a sus amigos (o algo así) pero inmediatamente desaparecen bajo las oleadas sucesivas de pintura con que su cerebro decide prescindir de ellos, crear un escenario mejor. Y lo mismo pasa con los semáforos, los rótulos de las tiendas, el cartel del bar. Nada atraviesa el panorama multicolor que desde hace una media hora ha redecorado el interior de su cabeza. Y por esa razón mientras sube las escaleras hacia su casa tiene la sensación de estar en cualquier sitio menos en su casa.

Otro aviso: Como dice esa película belga, creo, hay Cosas que ocurren cerca de tu casa y que nunca piensas que vayan a ocurrir cerca de tu casa. Me refiero a cosas tan negras como la tinta china. O japonesa. Nunca piensas que tus padres puedan morir mientras duermen a consecuencia de la mala combustión de un brasero. Y si todo va como tiene que ir ese niño que cada verano se ahoga en una piscina Toy con un palmo de agua nunca va a ser nada tuyo. Por eso, pese a su fisonomía, su carácter y las numerosas señales de alerta que sus actos emitían desde hacía veintisiete años o por lo menos cuatro o cinco, nadie sospechó nunca que Chaval

Abre la puerta de su casa. Su madre aparece por el pasillo diciendo Ya he visto que os habéis dejado los bocadillos. Lleva uno de esos babis de señora a la que ya no le importa nada y mucho menos ella misma. Chaval pasa a su lado sonriendo y se dirige a su habitación. La luz que entra por la ventana le parece hipnótica, deslumbrante, como los diminutos trocitos de papel que en las acuarelas se dejan en blanco, sin pintura, para simular el brillo puro de las cosas bajo el sol. Sonríe un poco más. Descuelga la katana de los enganches que la sostienen en la pared sobre la cabecera de su cama. Sale de su cuarto, desanda el camino hacia su madre. La encuentra en la cocina, dándole la espalda, metiendo en la bolsa de los bocatas un par de latas de cerveza recién sacadas de la nevera. El reloj de la pared marca las 11:27. Y al instante todo se torna rojo, aunque Chaval juraría que no.

Si no os gusta podéis recurrir a los archivos audiovisuales, a los periódicos o a la versión de cualquier otro. Pero lo cierto es que ocurrió como acabo de contaros.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a 4 horas y 12 minutos en la vida de Chaval

  1. jano dijo:

    Sin duda la mejor versión.

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