Buzón mágico

A veces llego a casa y me da por echar un vistazo al buzón. Supongo que no lo hago con mucha frecuencia, una vez al mes o así, porque cuando me fijo en él suele estar hasta los topes. Absolutamente empachado de papeles absurdos, vomitando lenguas de celulosa prensada por su boca larga y estrecha.

Recibos de suministros.

La factura del móvil.

La letra de cosas que no recuerdo haber comprado.

Propaganda de la pizzería del barrio, de la carpintería del barrio, de la nueva casa de putas del barrio, esta última en formato tarjeta de visita por si uno tiene que deslizarla apresuradamente en el bolsillo.

Un auténtico arsenal de información hueca que sin embargo es necesario revisar, eso dicen, para que no te timen, para que no te estafen, para que no se te pase por alto algo importante, sea bueno o malo. Obviamente, la pereza que me coloniza las meninges en ese trance se puede calificar de legendaria. Pero aun así, supongo que impulsado por la misma inercia difusa que me ayuda  a hacer la multitud de cosas que no me apetece nada hacer a lo largo del día, cojo esa tonelada de papel entre mis brazos y recorro el zaguán y espero el ascensor y subo/bajo o entro/salgo y hago malabarismos frente a mi puerta para acertar en la cerradura con esa montaña blanca y blanda al borde del desprendimiento tambaleándose sobre mis manos, contra mi abdomen, bajo mi barbilla.

Vale, exagero. Pero qué más da, el caso es que la pereza que me invade al ver todo el papeleo esparcido sobre la mesa de la salita es para mí un momento de dureza diamantina y tedio insondable. Seguro que un psicoanalista encontraría una explicación más que plausible para ello que hablaría de mis carencias y mis frustraciones y mis miedos, quizá incluso de algún trauma infantil (un clásico), pero me importa un carajo o medio porque pertenezco a esa mitad del mundo que opina que un psicoanalista o cualquier profesional cuyo título empiece por psico no es más que el chamán de la tribu contemporánea venido a más. Es decir, pertenezco a la mitad inteligente del mundo que no necesita recurrir a terapia ni autoengaño para saber que las cosas son como son y que el noventa y nueve por ciento de la vida del humano medio consiste en llevar a la práctica ese aforismo con la mayor dignidad posible.

Así que los días que extiendo las vísceras de mi buzón sobre la mesa de autopsias de mi salita me abro una lata, me pongo música clásica y procuro tomármelo con calma. Reviso conceptos, reviso cifras, me abro otra lata, divago sobre conceptos casi mágicos como el T.A.E. o el mantenimiento de línea y, casi siempre hacia el final, doy con algún tesoro oculto en el maremágnum de papel. Una vez, por ejemplo, encontré el anuncio del Maestro Stafa a tamaño cuartilla. Era algo tan sumamente genial que me bastó una lectura para memorizarlo. “MAESTRO STAFA, gran ilustre vidente médium sanador africano”, “con sus poderes naturales heredados de sus antepasados con alta experiencia en todos los campos de la alta magia africana” “resultados inmediatos al 100% garantizados”, “suerte, salud, trabajo, negocio, mal de ojo, limpieza”. Todo absolutamente hechizante, nunca mejor dicho. Hay que tenerlos muy bien puestos para ir por el mundo repartiendo esto. La cosa acababa con la mejor frase que he leído en los últimos años, muy por encima de las más brillantes páginas de cualquier premio Pulitzer de medio pelo. Decía así: “Tengo a mis órdenes los espíritus mágicos más rápidos y poderosos que existen”. Joder, una auténtica maravilla. El tal Maestro Stafa, haciendo gala a su nombre y perdón por la obviedad, remataba su anuncio diciendo que todas las locuras que te había contado en veinte centímetros de cuartilla eran verdad, ¡que existían! Recuerdo que tuve ganas de ponerme en pie en la soledad de mi salita y romper a aplaudir. Ese tío era un genio, coño. Sabía venderse. Seguro que le iba bien. Y yo me alegré por él.

Sobre todo cuando, al seguir revisando mi correspondencia, encontré otra de esas cartas curiosas que de uvas a peras llegan a las tripas de mi buzón. Era de la Asociación Cultural no recuerdo, de una ciudad de baja estofa que organizaba un concurso de relatos de baja estofa. Me decían que gracias por participar y que blablablá, y que si quería podía deleitarme leyendo el relato ganador en su página web. Acabé con las cartas, abrí el portátil y eché un vistazo a las primeras líneas.

Joder, tíos, os lo aseguro: el jodido señor Stafa era el premio Nobel en comparación.

Cerré el portátil.

Fui a la cocina a por otra lata y de paso puse el anuncio del brujo bajo uno de los imanes de la nevera. Curiosamente tenía forma de marmita. Pensé que a lo mejor se trataba de una señal. Y en voz baja lancé un deseo al aire, por si el venerable Maestro Stafa pudiera recibirlo en su buzón mágico.

Luego volví a la salita, cogí la carta de rechazo e hice con ella lo mismo que hago con todas. Pero eso lo contaré en otra historia. Además es tarde y aún tengo que revisar la correspondencia de este mes.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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