Bueno, al final volví a la ciudad o Mi Pripyat o El centro del Universo es un triciclo amarillo

Bueno, al final volví a la ciudad. Era verano, era de noche. Cuando no se trata de una visita, cuando se regresa para dar la cara ante uno mismo, cuando se vuelve de verdad solo puede ser de noche. Alguien me lo dijo una vez. Tenía razón. Otros dirán lo contrario. Poco importa. El caso es que volví a la ciudad y hacía ese calor obstinado que se condensa en la piel después de las últimas cenas de agosto. Yo también sudaba aunque solo había tenido tiempo para medio sándwich vegetal en la última área de servicio donde se había detenido el autobús que me había traído desde Ciudad2. Acababa de dejar la maleta en el hotel del centro. Supongo que es normal sentirse raro, sentirse algo así como un infiltrado o un espía o un traidor o un retornado de la Guerra de Vietnam al hospedarse en un hotel en tu propia ciudad, esa en la que creciste, triunfaste y perdiste, amaste y odiaste y te amaron y te odiaron, esa en la que sin esfuerzo podrías señalar veinte o treinta direcciones en las que en otro tiempo te habrían abierto las puertas encantados. Decía que eran más o menos las once y yo me sentía raro mientras recorría las calles de mi Ciudad4, pequeña y recogida en su torre de marfil y como siempre bastante aburrida pero ahora un poco más por estar todavía semivacía a la espera del regreso inminente de sus doscientos mil desertores veraneantes. El aire recalentado se había rendido en su lucha contra las primeras hojas medio marchitas de los árboles. Colgaba inmóvil de las ramas como el corazón caliente de un enorme murciélago, como una gran bolsa de gas abrasador. Las estrellas y las farolas me iluminaban levemente desde las alturas pero sentía la sombra cercando las cuencas de mis ojos, ya sabes, esa sombra que igual que tú siempre llevaré conmigo y que nos condena a estar atados por un nudo negro. Caminaba despacio hacia el barrio. Tenía ganas de llegar pero a la vez quería posponer el momento todo lo posible. Tenía miedo. No me asustaba la oscuridad. Me asustaba qué podría encontrarme. Las cosas pueden cambiar mucho en siete años. Las cosas pueden cambiar mucho en un segundo, en realidad. Así que no debe extrañarte que mientras caminaba hacia nuestra calle se me ocurrieran ideas extrañas. Imaginaba que habían montado un sanatorio mental allí donde solíamos ir a comprar la fruta. Una delegación de Hacienda en el parque en que por suerte o por desgracia nos conocimos de pequeños. O que toda la manzana se había convertido en el párking de un nuevo centro comercial. Y pensaba en estancias vacías o ruinosas o desaparecidas. Pensaba en una especie de Pripyat pero sin radiación y a la orilla del mediterráneo oleoso. En robots de juguete con las pilas corroídas y chirriantes columpios infantiles conquistados por las malas hierbas. En fin, una parte de mí pensaba y quería pensar que ya no estarías donde estabas la última vez que te vi y que tu cara gritándome aquella tarde, las venas de tu cuello como cables de alta tensión y todos esos escupitajos e insultos, seguiría siendo el recuerdo final que conservaría de ti. Mi otra mitad deseaba lo contrario: volver a verte y rescribir el punto final. Y eso, ya te lo he dicho, me daba miedo. Por eso al doblar la última esquina casi me sobresalté al encontrar en pie el edificio de nuestra vieja casa. Y me quedé sin aire al ver luz en nuestra vieja ventana del jodido cuarto piso. No sé si te acuerdas pero cuando nos compramos la casa estuvimos a punto de elegir la primera planta. Yo he pensado en ello cada puto día desde… desde ya sabes cuándo. En fin, te aseguro que el corazón se me detuvo durante un instante de congelación universal cuando distinguí tu silueta pasando fugazmente por el vano. Porque eras tú sin duda, ese perfil y esa coleta que envejecieron décadas de golpe cuando se nos cayó por el balcón. Solo tenía cuatro años y se nos cayó por el balcón, nena. Discutíamos en la cocina sobre algo que ni siquiera consigo recordar, no sé tú, y él correteaba por el pasillo con su triciclo amarillo y se reía y decía tonterías y se reía. Un momento después el destino giraba oscuro en las ruedas del triciclo volcado junto a la barandilla y todo lo que éramos y podríamos haber sido estaba deshecho sobre el pavimento igual que su pequeña cabecita. Ahí, justo ahí, en ese metro cuadrado que ahora tenía delante de mí sin cruces de arcén ni flores de señal de tráfico. Supongo que es normal que tú y yo acabáramos tan mal como lo hicimos. Todo carece de importancia comparado con ciertas tragedias. Pero precisamente por esa misma razón también podríamos haber hecho las cosas mejor. Tener solo una cosa que lamentar en lugar de dos. Por eso cuando me agaché junto a la silueta de tiza que nunca delimitó el cuerpo de nuestro hijo y puse la mano en la acera que había recogido el último latido de su corazón se me pasó por la cabeza llamar al telefonillo y decirte esto, nada más, que lo sentía y lo siento por la parte que me toca. Y claro, pensar en eso me hizo levantar la cabeza hacia nuestro viejo balcón. Había un tipo asomado. No era gran cosa. Medio calvo y regordete. Y como todos los calvos regordetes parecía afable y tranquilo. Me miraba con ojos bonachones y también un poco aburridos. Sí, parecía un buen tipo y quise pensar que efectivamente lo era. Yo me incorporé y le saludé con la mano. Me devolvió el gesto y se giró hacia dentro, supongo que para decirte algo. Aproveché para desaparecer, levemente contento de que la vida siguiera ahí arriba. Aunque no fuera gran cosa era más que nada. De vuelta hacia el hotel se levantó una brisa fresca.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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