La especie humana

El reloj del bar de la esquina. Averiado desde el primer día que lo vi. Parado. Colgado en la pared grasienta. Acumulando sin sentido ese reboce pegajoso. El pringue del paso de la vida ajena. A la espera de que alguien le ponga pilas nuevas. De que un índice caritativo varíe por poco que sea la hora que le han condenado a señalar. Las cinco y media. De la tarde o de la madrugada. No importa. La hora a la que nada empieza. La hora a la que nada acaba. Ni las jornadas laborales ni los sueños ni los días demasiado largos. Un jubilado sentado en una mesa. Mira la televisión anclada a la pared. La boca ligeramente abierta. Un partido de segunda. Lo mira pero parece que no ve nada. El verde del césped es una balsa de agua estancada en sus ojos grises. Lleva un palillo detrás de la oreja. El botón del pantalón desabrochado. Una mosca se le posa en la mejilla. Deambula ociosa por su cara. Supera el puente de la nariz. Desciende hacia los labios entreabiertos. Se detiene en la misma comisura. El hombre no mueve un músculo. Ni siquiera parpadea. Una mano sobre la mesa aferrando la cerveza. La otra cuelga inerte a su costado. Como las manecillas del reloj del bar. Vertical y hacia abajo. Ahora la mosca ocupa el centro del labio inferior. Aletea brevemente. Da un par de vueltas sobre sí misma. Quizá busca el valor para entrar en la cavidad misteriosa. Nunca lo sabré. Igual que tantas cosas. Pero sí sé lo que sucede en ese momento. Lo que sucede en ese momento es que desaparece en el interior de la boca. Y entonces el hombre cierra los labios. Muy rápido. Demasiado rápido. Como si en la ejecución de ese movimiento se hubiera perdido un fotograma. Como en stop motion. Abierto. Cerrado. Sin pasos intermedios. Sin proceso. Abiertocerrado. Y de la misma manera antinatural su cabeza sus ojos dejan de enfocar para la tele para clavarse en los míos. Me sonríe. Con los labios fruncidos para retener a su presa. En una mueca siniestra. Pero me sonríe. Con la mosca zumbando desesperada entre sus dientes. Puedo oírla. La oigo demasiado bien. Se me erizan los pelos. La tele se apaga. Los fluorescentes del bar se funden. Todos a la vez. La persiana se desploma contra el suelo desde lo alto de sus guías. Oscuridad total. Tiniebla y zumbido. Yo soy la mosca. Yo soy la presa.  Y el viejo todos los demás. No hay escapatoria.

Anuncios

Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s