La historia es

Visto desde arriba, como en un plano cenital si es que existiera el cine, lo que se ve es un cuadrado de hierba de unos tres metros por tres, no césped, hierba irregular, más alta, más baja, incluso tupida en algunas partes, la tierra desnuda apelmazada en las pequeñas calvas circulares que salpican el terreno. El sol debe de estar poniéndose porque la luz impregna la imagen de tonalidades de rojo cada vez más oscuras. Así que la hierba no es verde ni la tierra marrón. Ahora mismo el magenta se derrama muy oscuro sobre la vegetación. Los círculos despoblados parecen charcos de carmín carbonizado. Solo efímeras descargas de violeta eléctrico se resisten de verdad al ocaso, centelleando ocasionalmente en el reverso de las briznas de hierba agitadas por el viento. En el centro del cuadrado rojo un hombre sentando en el suelo, las rodillas flexionadas, un tobillo encima del otro. Apoya algo sobre sus muslos. Un trozo de madera rectangular, dos palmos por uno aproximadamente. En su mano izquierda el hombre empuña una herramienta de aspecto rudimentario pero afilada. Y de metal, a juzgar por el reflejo de luz mortecina que aún consigue robarle al sol poniente y que recorre en fosforescente línea recta el filo del instrumento. En la mano derecha sostiene una piedra plana, contundente. Encorvado sobre el tablón, el hombre está inscribiendo algo en él, con cuidado y sin prisa. Hay delicadeza y atención en sus movimientos. Hay precisión, fuerza contenida. Dedicación y control. Hay inteligencia latiendo en las venas y músculos de sus manos. En el aire resuenan los golpes rítmicos de la piedra contra el punzón, se oye una y otra vez el meticuloso arañazo del metal sobre la madera. Una percusión básica. Música atemporal. Puede ser el neolítico. Tal vez sea hoy. Quizá lo que estamos viendo tenga lugar en el siglo XXIII y ese cuadrado de hierba sea el último reducto natural de La Tierra del futuro, sembrada de rascacielos estratosféricos, miles de altísimas colmenas alzándose como bosques de cristal, luz blanca y acero gris en busca del sol retenido en las capas superiores de una atmósfera turbia. Quizá lo que el hombre vería si alzara la vista de su obra fuera una pradera infinita salpicada de las siluetas de cientos de mamuts. O puede que la escena ocurriera anoche, junto a la valla de un cementerio de coches lleno de esqueletos amontonados de mazdas y fords, el hierro oxidado aún más rojo bañado por la sangre del sol herido de muerte. Porque qué más da dónde y cuándo. Qué importa lo que quede grabado en la madera. La historia es alguien haciendo algo. Algo quizá irrelevante, carente de trascendencia, probablemente absurdo, casi siempre equivocado y siempre imperfecto. Algo sin principio ni fin, sin origen ni consecuencia, algo que encuentra su sentido en el simple placer de hacerlo. En esa alegría sencilla, primaria e independiente, por suerte, del contexto y del juicio de los otros. Tan ajena a su espectador como el meteorito que se deshace al desgarrar con su fuego fugaz la atmósfera, hace cinco mil años y dentro de otros tantos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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