Que sea rápido

Ahora es invierno y apuesto a que no te acuerdas, pero yo sí. Hablo de aquella playa aquel verano aquella tarde cuando el sol se hundía y algunas hogueras empezaban a arder en naranja orilla arriba. El aire ahumado nos traía el olor dulzón de la juventud y del alcohol que nosotros habíamos agotado hacía tiempo. Solo por alejarme de ti y de tu silencio envasado al vacío me levanté de la toalla, me acerqué al agua y lancé un par de piedras contra la leve espuma. Un presentimiento oscuro como la noche en ciernes burbujeó entonces unos metros mar adentro. Me giré, te dije que nos fuéramos y tú contestaste sin mirarme que se estaba bien allí, que me fuera yo si me daba la gana. Así que claro, nos quedamos un rato más. El tiempo justo para presenciar cómo aquella pareja de adolescentes se adentraba en el agua, riendo y saltando y desprendiendo vida en cada uno de sus gritos y movimientos. Cuando sus cabezas eran lo único que rompía la línea perfecta del mar tranquilo sus perfiles se acercaron bajo la luz menguante del crepúsculo y sus voces se desvanecieron en el aire inflamado por las hogueras lejanas. Fue un momento de calma y armonía del que me sentí extrañamente partícipe, mitad observador mitad veterano de guerras que aquellos dos chavales ni siquiera sospechaban que algún día se verían obligados a librar y perder. Me volví para mirarte. Estirada en tu toalla ya no eras la que habías sido. Pero te quería más que al principio pese a que no lo merecieras, pese a que fueras capaz de pasar cinco horas bajo el sol, rellenando crucigramas, leyendo a tu jodido Bucay, sin hablarme ni reír ni una sola vez. Y una leve alegría me invadió al interiorizarlo. La paz se rompió cuando un alarido surgió de las aguas. Solo una cabeza se agitaba ahora en ellas frenéticamente. Era la del chico. Lo vi coger aire elevando un momento su torso sobre la superficie y sumergirse. Reapareció con las manos vacías y la desesperación oscureciendo aún más su rostro en la penumbra. Gritó algo que no conseguí distinguir. Me miró. Creo que me miró. Y entonces caí en la cuenta de que estaba bloqueado. No sabía qué hacer. En ese momento tú apareciste a mi lado y me dijiste ¿A qué esperas? Tu voz me sonó extrañamente tranquila para la situación. Me sonó casi profesional, analítica, como si además del destino de dos vidas allí estuviera poniéndose en juicio mi actitud. Reaccioné. Sintiendo la torpeza y la lentitud de la edad lastrando cada una de mis zancadas, me metí en el agua. Me pareció que estaba demasiado caliente. No sé por qué pensé en sangre tibia diluyéndose en una bañera de blancura perfecta. Y en ese momento, cuando el agua ya alcanzaba mi cintura, vi cómo un tentáculo imposible se alzaba sobre el mar, rodeaba los hombros del chico y lo arrastraba hacia su mundo submarino. Aquella pareja murió aquel anochecer, espero que rápidamente. A la mañana siguiente rescataron sus cuerpos, azulados y llenos de erosiones y pálidas heridas lavadas por la sal del mar. Nosotros tardamos un verano más en ahogarnos y desangrarnos por completo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Que sea rápido

  1. ester dijo:

    Los pelos de punta…

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