Aburrirse

Anoche decidimos darle una buena paliza a ese rubio. Inglés, escocés, no sé. Británico, eso seguro, porque en el momento álgido de su intoxicación se subió a una mesa, se bajó los pantalones y se palmeó el culo con cara de orgullo delante de los presentes. Parecía que aquella exhibición de carnes le causaba una gran felicidad. Antes de eso el capullo había estado yendo de un lado a otro del local con su enorme jarra de cerveza en la mano, incordiando, derramándola sobre quien se descuidara a su lado, haciéndose el gracioso con todo el mundo, dando palique a diestro y siniestro sin pronunciar ni una palabra en nuestro idioma. Tocando el culo a las tías y dando abrazos a los tíos, todo el rato con esa sonrisita salivosa de gilipollas en su cara roja de borracho. Un auténtico tocapelotas. Pero por alguna razón incomprensible todos le aguantaban sus estupideces. Algunos hasta se hicieron fotos con él. No sé, caía bien. Pero, bueno, a nosotros no. Es más: el hecho de que fuera tan bien tratado por la gente a la que molestaba nos decidió a hacerlo. ¿Te imaginas que uno de nosotros se comportara así aquí dentro?, preguntó uno de mis amigos. Haría tiempo que nos habrían echado a patadas, dijo el otro. En fin, que cuando lo vimos bajarse los pantalones delante de todo el personal decidimos esperarle a la salida. Por otra parte, tampoco teníamos nada mejor que hacer. Tardó bastante en asomar la cabeza. Vimos cómo le daba un abrazo al segurata de la puerta y enfilaba calle arriba. El tipo iba cocido a más no poder. Se tambaleaba, describía literalmente eses sobre la acera. Parecía que balbuceaba alguna cancioncilla de borrachera de su tierra, pero también podría estar rezando o cagándose en la puta. Total que nosotros le seguíamos a pocos metros, partiéndonos de risa y frotándonos las manos; aquello iba a ser tan divertido como fácil. Decidimos asaltarle en cuanto doblara la siguiente esquina. Cuando lo hizo aceleramos el paso primero y enseguida echamos a correr. En cuanto giramos lo vimos sentado en el bordillo. Se sujetaba la cabeza con las manos, los codos apoyados en las rodillas. Y lloraba. Lo comprobamos cuando volvió la vista para mirarnos. Estoy muy triste, dijo entonces en su idioma. En ese momento una arcada le sobrevino y vomitó un poco sobre su bragueta. Se secó los labios con la manga, nos miró de nuevo y repitió lo de su tristeza. No sé mis colegas, pero yo me conmoví un poco. Y le golpeé menos de lo que tenía pensado hasta hacía tan solo un momento.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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