Agua del norte

Cuando el tren empezó a ascender para tomar la ladera del Monte Monte Jonás notó que se le encogía el estómago. También los pulmones y, quizá, un poco el corazón, porque algo antiguamente clavado en su ventrículo izquierdo se agitó levemente pero lo suficiente para rasgar la pared del gran músculo, que se comprimió en un vano intento de disimular la intensidad de sus latidos recién desbocados, de evitar el dolor de la culpa. O al menos así lo sintió él.

Al otro lado de la ventanilla el paisaje había cambiado radicalmente en tan solo unos minutos. Los ondulantes campos de trigo y los caminos de tierra ocre y los escasos árboles diseminados contra el remoto horizonte azul que en los lugares buenos del mundo decora las mañanas habían dejado paso a escarpados riscos de roca oscura que se alzaban sobre la niebla baja y densa que mojaba las ventanillas del vagón. Jonás se removió inquieto sobre el tapizado tipo moqueta del asiento, acercó la cara al cristal hasta que tocó su frío con la nariz y hundió la mirada en las tripas etéreas de la niebla difusa, amenazante. Sabía que no era niebla; era el aliento semilíquido del mar al que volvía después de quince años de guardar las distancias con él. La bienvenida del monstruo que le esperaba oculto tras la última montaña, allá, cincuenta kilómetros más al Norte, en los valles costeros, donde la hierba verde y suave cubría la piedra como un manto de terciopelo. Hoy es tu día, le dijo a su enemigo con los ojos clavados en la niebla salina, espesada un poco más por la mancha húmeda de su vaho capturado en la ventanilla. Hizo mal en pasar la mano sobre ella; el cristal le devolvió su reflejo: los labios cortados, los pómulos afilados como guijarros partidos y esos ojos hundidos y amarillentos mirándose a sí mismos entre el asombro y la resignación lo dejaban todo muy claro: hacía mucho que había malgastado su última oportunidad. Así que se arrellanó sobre el asiento y se dejó mecer por el traqueteo del tren, notando con cada ligero acelerón o ralentización en la velocidad cierto un chasquido en sus cervicales escuálidas como dos tendones carcomidos, como dos fibras a punto de romperse, como un 11 grabado en su nuca desde ese preciso día de febrero de 1996, exactamente dieciséis años atrás.

Se apeó en Ciudad23. Era el final del trayecto. Desde ahí un autobús le llevaría al pueblo. Se acercó a la parada, un par de calles detrás de la estación, y en el cartel de la marquesina comprobó que faltaban tres cuartos de hora para que pasara el siguiente. El cielo amenazaba lluvia, como siempre. Una penumbra translúcida avanzaba desde el Oeste. Podía oler el campo magnético de la tormenta que se gestaba ahí arriba, en el aire acuoso y frío del mediodía, y le sorprendió no haber perdido aquella intuición después de tanto en tiempo. El letrero luminoso de un pequeño bar en la acera de enfrente captó su atención. Su blancura destacaba como un reclamo acogedor en el gris creciente y se sintió atraído por él. Entró, cogió un periódico grasiento que había sobre la barra y pidió un café con leche.

Se estaba bien allí. Pese a la música en bucle de la tragaperras, pese al olor a bayeta podrida que desprendía la barra de aluminio y pese a que el calefactor, a demasiada potencia, emitía un zumbido que se superponía a la línea de pensamiento. Se estaba bien allí dentro. La lluvia empezaba a caer al otro lado de la cristalera y el café con leche traía olores que evocaban imágenes que permitían pensar en tiempos mejores, breves y lejanos y anteriores al principio del fin. Pero el camarero gordo de detrás de la barra era de los indiscretos. Había estado mirando a Jonás en silencio y fijamente más rato del que cualquiera habría soportado sin chistar. Cuando tenía que atender a algún cliente no dejaba de controlarle por el rabillo del ojo y en cuanto había acabado volvía a colocarse frente a él, los brazos rechonchos y peludos apoyados en la barra y los ojos saltones clavados en la cara de Jonás. Este quiso pensar que aquel escrutinio se debía a su condición de forastero. Ciudad23 era, obviamente, un sitio pequeño, de esos en los que uno tiene que dar los buenos días a una docena de personas cuando recorre los cien metros que separan su casa de la panadería. Pero en el fondo temía que el camarero dijera lo que acabó diciendo.

-Yo a ti te conozco.

Jonás levantó la vista por encima del periódico que había estado hojeando con el solo objeto de parapetarse detrás de algo lo bastante grande y le sostuvo la mirada al gordo. No dijo nada. El camarero insistió:

-Yo a ti te conozco, claro que sí –soltó con una sonrisa al tiempo que lanzaba una mirada cómplice a un par de viejos que se sumergían en el sopor del anís en el extremo más lejano de la barra-; eres el niño suicida de Pueblo114.

Los abuelos salieron de golpe de su letargo y se inclinaron sobre la barra para verle mejor. Murmuraron algo, parecían darle la razón al gordo. Jonás sintió que su saliva, siempre viscosa y con mal sabor, se le petrificaba en la garganta. Pensaba que la situación que estaba viviendo no se produciría hasta llegar al pueblo. No había contado con que lo reconocieran en la ciudad después de quince años. Se sintió descolocado y las palabras que había ensayado durante media vida para hacer frente a esta conversación se perdieron en alguno de los muchos pozos de su mente.

-Sí –dijo al cabo de unos segundos demasiado largos y después de carraspear. Y añadió-: Bueno… al menos lo era.

Buscó en sus bolsillos unas monedas. No sabía cuánto costaba el café con leche y no quería tener que preguntarlo, así que dejó dos euros sobre el aluminio.

-¿Vuelves al pueblo, chaval? –quiso saber el gordo.

Jonás ya se dirigía hacia la puerta.

-El espigón ha cambiado mucho desde aquello –oyó decir a uno de los viejos justo antes de salir del bar.

Era cierto. El autobús lo dejó en el arcén de la carretera, que discurría como una lengua negra y peraltada sobre el pequeño montículo verde oscuro que daba la bienvenida a Pueblo114. A sus pies, bajo la lluvia ligera pero pertinaz, yacía el lugar donde había nacido, diminuto y medio muerto. No se veía un alma por la calle. Volutas de humo manaban lentas de un par de chimeneas. Esa era toda la actividad visible: el humo y el vaivén del mar, calmo pero siniestro, negro hasta donde alcanzaba la vista. Únicamente dejaba ver otro color cuando el tenue oleaje chocaba contra las rocas del espigón. Era cierto: había cambiado mucho. Ahora una valla roja recorría su perímetro, y en el extremo, sobre el mar abierto, una silueta que no pudo precisar desde donde se encontraba. Además en la plataforma unos cuantos aparatos de gimnasia para ancianos se oxidaban por el salitre y el abandono. Uno, de forma cilíndrica, chirriaba cuando el viento lo hacía girar. Antes allí había un tobogán y un columpio. Se acordó de los gemelos, sus amigos. Y lloró bajo la lluvia mientras recorría el camino hacia casa de sus padres. De su madre.

Mientras andaba volvió a pensar en todo aquello. Desde que ocurriera no había transcurrido un solo día sin rememorar la escena. Tenía quince años y no podía más. Como suele ocurrir en estos casos, en el pueblo nadie sabía lo que pasaba en su casa, pero todos lo intuían. Da igual. Lo que cuenta es que nadie allí movió un dedo para ayudarle, ni por certeza ni por intuición. Por eso aquella tarde había saltado desde el espigón. No sabía que sus amigos lo estaban mirando. Se tiraron al agua para ayudarle. Y, bueno, podría describirse el suceso con todo lujo de detalles, como hicieron los medios de comunicación, pero el resumen es que solo uno de los tres niños de Pueblo114 salió de aquello con vida. Los cuerpos de los gemelos fueron rescatados cuatro días más tarde y quince kilómetros costa arriba.

Las palizas de su padre no habían cesado a partir de aquello. Más bien lo contrario. Por eso un par de años más tarde, la noche en que le rompió la nariz a su padre, se largó de allí jurando no volver jamás. Pero ahora volvía, tras saber que el viejo al fin había muerto, y sobre todo para decirle a su madre que ella era igual de culpable de la tragedia que él mismo y que el cabrón de su marido. Pero que por alguna razón no podía evitar quererla. Así se lo dijo en cuanto ella abrió la puerta. Cinco segundos tras los que volvió a cerrarla sin decir ni una sola palabra.

Jonás entonces enfiló hacia el espigón. Los visillos se movían tras las ventanas. Caras difusas. Pasó por la casa de los gemelos y le dolió profundamente encontrarla en estado de ruina. Siguió caminando. Empezó a recorrer el espigón. Las piernas le temblaban. Dejó atrás los aparatos de gimnasia y llegó hasta la punta. El bulto que no había podido distinguir desde la carretera se alzaba ahora ante él. Dos cruces blancas con los nombres de sus amigos grabados en el mármol. No estaban allí en el 98. Hasta los homenajes llegan tarde, pensó. Y se sentó al abrigo de la escultura. Respiró hondo y miró directamente al mar durante un buen rato. También los dedos le temblaban cuando los introdujo en el bolsillo de la chaqueta y extrajo la jeringuilla para prepararse el último pico. Todo había sido en vano. No había conseguido aprovechar la vida que se le había regalado. Y era justo devolverla al lugar donde debía haber terminado hacía mucho.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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