Parado

Te levantas pronto porque arañar minutos al sueño no es un juego divertido desde que no tienes nada que hacer. Ni gratificante, ni meritorio, ni mucho menos atrevido. Ya no hay la más mínima audacia en tu día a día. Eso no tiene cabida cuando el tiempo te pertenece en su completo vacío desde que abres los ojos hasta que se te cierran, normalmente tarde, muy tarde, aburridos de mirar el techo, pensar en el abismo que se abre ante ti, esperar que algo, cada vez de naturaleza más casual, mágica, milagrosa, te ayude a atravesar la tierra de nadie en la que te ves metido. Así que te despiertas pronto y te duermes tarde y, claro, cuando llega el siguiente amanecer notas ese cansancio instalado, inevitable, en las articulaciones, en las fibras blancas, pálidas en las que un día se deshilacharán tus órganos y en el nervio óptico. Hasta las cosas externas parecen funcionar al ralentí. El goteo de los grifos, el vuelo de la cortina, los sesenta segundos del microondas. Y como todo te parece ralentizado tienes la sensación de que tu cerebro funciona muy rápido. Pero es una ilusión; va tan despacio como tus pasos cuando bajas a por tabaco. Te cuesta razonar con agilidad. Te resulta muy difícil llevar a cabo el más simple proceso causa-efecto, trazar el plan más sencillo. El tipo que te hace la entrevista lo nota nada más empezar. Algo en su cara denota que lo sabe. Te dices mentalmente: he de reaccionar. Por mi bien, por mi bien, tengo que despertar del todo y aprovechar esta oportunidad. Pero el cansancio y la lentitud también se han apoderado del motor de tu ilusión. Está gripado. Intentas arrancarlo pero no consigues sacarle más que un estertor de muerte. Te enderezas sobre la silla. Sientes que lo haces con torpeza. Cruzas las piernas con la intención de parecer resuelto, cómodo. El entrevistador te mira los calcetines y sonríe de un modo breve, casi mecánico. Intuyes que no piensa nada bueno al respecto. El entrevistador te mira a los ojos y sonríe y carraspea y sonríe otra vez, en una mueca comprimida que parece cualquier cosa menos una sonrisa. Sabes que no piensa nada bueno al respecto. Oiga, por favor, te oyes decirle entonces, deme cancha, coño, deme un poco de margen, le aseguro que no soy como se está usted imaginando. Podría hacer este trabajo con la punta de la polla, creo. Es solo que estoy cansado y preocupado y ciertamente me he quedado un poco atrás con respecto a gente claramente peor que yo, pero es que nunca se me ha dado bien esto de competir y mostrarme seguro y solvente en todo momento porque la verdad es que rara vez estoy seguro de nada pero eso no tiene porque ser malo si se para a pensarlo bien porque, por ejemplo, si todo el mundo irradiara una fe casi divina en sí mismo su trabajo carecería de sentido, sencillamente no existiría una figura como la suya, que se levanta cada mañana para venir a juzgar a gente como esos que están en la salita esa de ahí afuera esperando su turno para ser examinados, ajustándose la corbata cada cinco segundos, carraspeando, repeinándose con los dedos, intentando encontrar el tono de voz adecuado para contestar a sus preguntas, en fin, procurando adoptar la imagen falsa de sí mismos que más se ajuste a la que creen que a usted, alguien a quien ni siquiera conocen, le agradaría. Y sabe qué, a mí me cansa ya todo esto. Me refiero a tener que convencerle a usted y a gente como usted de que soy la persona ideal, el perfil entre los perfiles, el puto empleado perfecto. Tener que convencerle de algo de lo que no estoy ni remotamente seguro y que además, francamente, me importa un huevo. Lo que quiero decir es que confíe en mí, coño, hágalo usted a falta de alguien más importante. Creo que no le decepcionaré más rápida y profundamente que cualquier otro. Creo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Parado

  1. jano dijo:

    Pura realidad.

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