Culo de ébano

Mis abuelos vivían en un piso minúsculo. En uno de esos bloques que se construyeron para los obreros que trabajaron en el nuevo cauce. Paredes de papel, yeso blando y, claro, sin ascensor. Por eso cuando aquella joven pareja de africanos se instaló en la puerta de al lado parecía que los tabiques fueran a venirse abajo. Una vez subí tras la mujer por las escaleras. Yo tendría unos quince y, vale, era esa época en que cualquier cosa relacionada con el cuerpo femenino te parece la octava maravilla del mundo pero es que, joder, aquella negra tenía un culo simplemente perfecto, majestuoso, que se entreveía como esculpido en puro ébano cuando se bamboleaba bajo los vestidos de estampados multicolor que lucía. Y ya digo, cuando ella y su hombre se ponían a ello parecía que el edificio entero fuera a derrumbarse. Lo digo por cómo follaban. Cómo gritaban, cómo empezaba a temblar todo en el momento menos pensado, a cualquier hora del día o de la noche. Recuerdo el cuadro del Sagrado Corazón que había sobre la vieja cama de matrimonio y que mi abuela tanto veneraba, repiqueteando contra la pared con cada embestida. Dios bendito, decía ella, esto es una blasfemia, y se santiguaba una y otra vez, realmente azorada por la situación, casi histérica, herida en sus creencias, su ética y su moral. Mi abuelo, en cambio, se descojonaba de risa. Ahí estaba el viejo, tirado en la cama, muriéndose de cáncer de pulmón bajo la siniestra imagen de Jesucristo portando en la mano su propio y palpitante corazón rojo, y con aquellos dos negros imponentes dándolo todo al otro lado del muro. Y el abuelo se reía y se reía y tosía y se ahogaba y avanzaba un paso más hacia la muerte y luego volvía a reírse, con la alegría y la picardía de los niños y los viejos pintadas en la cara. Y en medio de una de esas carcajadas murió, creo que feliz de que aquellos sonidos cargados de energía y vida que atravesaban las paredes se superpusieran a las interminables letanías con que mi abuela y las demás beatas de la iglesia se empeñaban en decirle adiós. A él, al que siempre le habían gustado las putas, el sol y sombra y las partidas de póker.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Culo de ébano

  1. micromios dijo:

    Creo que al abuelo le venía bien lo de “a dios rogando pero con el sexo disfrutando”
    Salut

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