Robin

No sé en Corea, pero aquí el tiro con arco nunca dio para vivir. Es lo que pensaba el hombre mientras miraba por la ventana de su piso periférico, a la espera de ver llegar el coche de policía. Su padre había sido campeón nacional tres años consecutivos allá por finales de los sesenta. Los trofeos que coronaban el armario del modesto salón de su hijo así lo corroboraban. De no haber sido por aquella inoportuna tendinitis incluso nos habría representado en las Olimpiadas de Ciudad de México. O al menos eso solía decir el pobre cuando se ponía nostálgico. Pero, ya digo, lo cierto es que salvo algunos recortes de periódico de aquello no quedaba prácticamente nada digno de mención. Su padre había muerto prematuramente ya hacía casi una década, de un infarto fulminante mientras repasaba la contabilidad en la trastienda de la pequeña zapatería deportiva con la que finalmente había logrado ganarse el pan. Y eso que siempre había llevado una vida de lo más sana. Por supuesto ningún medio de comunicación mencionó nada al respecto. Así que los trofeos y las noticias amarillentas era el único rastro que quedaba de la época en la que su padre fue el mejor en algo. Bueno, también el viejo arco, el de los triunfos y las expectativas. Desde que su padre muriera el hijo del antiguo campeón se había ocupado de mantenerlo en buenas condiciones. También él había competido de chaval. Pero la verdad es que nunca había llegado a destacar, y muy pronto su relación con el deporte se redujo a ayudar a su padre en la tienda. De manera que la muerte de este le trajo como herencia un negocio en vías de extinción, un buen montón de deudas en auge y aquel legendario arco, que respetaba como se respetan las cosas que están reservadas para personas mejores que uno mismo.

Se apartó de la ventana tras echar un último vistazo hacia abajo y fue a la sala de estar. Descolgó de la pared el arco y el carcaj en el que descansaban tres flechas de pluma rígida, cogió de la estantería la pequeña caja en la que guardaba los útiles de mantenimiento y volvió al salón. Se sentó en el sillón y miró durante un par de minutos los trofeos de encima del armario. Se sintió estúpido por sentirse orgulloso de algo de lo que no había sido partícipe. Y luego se sintió estúpido por sentirse estúpido. Abrió la caja, sacó la cera y se puso a repasar despacio, con delicadeza, casi como en un ritual la superficie del arco. Nada de fibra de carbono. Nada de poleas. Madera de alta calidad sin un rasguño a pesar del paso de los años. Y sendos apliques metálicos en cada extremo, plateados, invulnerables al óxido del tiempo gracias al aceite con el que primero su padre y desde hacía mucho él mismo los habían mantenido en perfecto estado.

Entonces llamaron al telefonillo. No se levantó para abrir. Se limitó a orientar el sillón hacia el recibidor y acariciar con el pulgar la cuerda del arco. Luego, alzándolo en dirección a la puerta de entrada, tiró de la cuerda con el índice y el corazón. Bien. Podría estar más tensa pero ofrecía la resistencia necesaria para dos o tres buenos disparos.

Eran las nueve de la mañana del 22 de octubre. Tenía esa fecha grabada a fuego en la mente desde que llegara la carta de notificación que se había encargado de quemar en la pila de la cocina. Hacía un par de meses. Desde entonces se había preguntado muchas veces cómo amanecería ese día. Al final lo había hecho soleado, solamente alguna nube pequeña cruzaba el cielo de este a oeste. Un día bonito, fresco y lleno de posibilidades. Esperaba que sus hijos lo disfrutaran en el colegio. Su mujer lo tendría más difícil limpiando la escalera de un bloque de oficinas en la otra punta de la ciudad. Lamentó no haberles dicho nada. Pero fue un instante de debilidad fugaz. En el fondo sabía que había hecho bien. O quería creerlo.

Escuchó cómo se abría la puerta del ascensor. Pasos que se acercaban. Cuatro o cinco personas, calculó. Quedaría alguien para contarlo. Sacó del carcaj las tres flechas y las depositó sobre el brazo del sillón para tenerlas más a mano. Llamaron al timbre. Al otro lado de la puerta una voz dijo algo sobre un juzgado, sobre el desahucio, sobre la policía. Él no contestó. Cuando los golpes le indicaron que el cerrajero había empezado a hacer su trabajo cargó el arco y apuntó hacia la puerta. Le sorprendió encontrar su pulso más firme que en cualquiera de aquellas competiciones escolares en las que había participado de niño. Le sorprendió, momentáneamente, sentirse tan tranquilo. Fue entonces cuando comprendió que su calma se debía a que no iba a hacerlo. No podía coser a flechazos a aquella panda de hijos de puta que venían a quitarle lo poco que tenía.

Así que invirtió la posición del arco, tensó la cuerda con tanta dificultad como decisión y cuando notó el tacto frío de la punta de la flecha debajo de su mentón, simplemente relajó los dedos.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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