El hombre del parque

Hoy el protagonista del día es ese tío del parque.

Después de dar unas cuantas vueltas a la manzana consigo aparcar más o menos cerca de casa. Son alrededor de las ocho de la tarde. Ya ha anochecido por completo. Tanto los negocios más solventes del barrio como aquellos a los que la crisis está a punto de engullir se disponen a echar el cierre, si bien por motivos muy diferentes. Se ha levantado un viento frío. Me subo la cremallera de la chaqueta y empiezo a atravesar el parque que me separa de casa. Distingo una figura sentada en un banco al otro extremo, tras los columpios desiertos. Una silueta que llama mi atención sin razón aparente. A medida que me acerco va definiéndose. Un hombre delgado con barba. El resplandor de las farolas no da para más a la distancia que aún nos separa. Sigo avanzando. El hombre está inmóvil, ligeramente inclinado hacia adelante. Tiene las manos juntas entre las rodillas y la vista clavada en una paloma que picotea el suelo unos metros delante de él. Al pasar a su lado compruebo que se trata de un indigente. Incluso bajo la tenue luz que cae del alumbrado público puedo distinguir su pelo sucio, apelmazado. El chaquetón en el que se arrebuja, varias tallas menor que la que le correspondería, está recubierto de mugre antigua, reseca. Fosilizada. Por las mangas demasiado cortas asuman sus flacas muñecas. Más que delgado, un hombre esquelético. Y, claro, lo dejo atrás. Sigo mi camino a casa como hace el resto de gente que pasa por los alrededores.

Cuando llego al portal busco las llaves en los múltiples bolsillos de mi ropa. Palpo, busco y rebusco pero no doy con ellas. Y quizá por esa anecdótica circunstancia, la de encontrar cierta dificultad para acceder a mi cobijo y mi descanso, el mendigo al que acabo de dejar atrás viene a mi mente. Quiero decir que si la operación hubiera sido más fácil, si hubiera encontrado las llaves a la primera, seguramente ya estaría tirado en el sofá de casa viendo cualquier mierda televisiva, olvidándome del mundo y sus tragedias. Quién sabe. El caso es que al fin encuentro las llaves en un bolsillo interior pero para entonces ya estoy volviendo sobre mis pasos hasta el hombre del banco. La paloma ya ha volado en busca de refugio pero él sigue allí, exactamente en la misma postura. Visto de espaldas se aprecia mejor hasta qué punto está deteriorado físicamente. La cabeza encogida entre los estrechos hombros, un perímetro torácico propio de un campo de exterminio. Rodeo el banco y me sitúo frente a él.

-Oiga, señor, ¿está bien?

Después de unos segundos el hombre levanta la vista. Se parece a Viggo Mortensen en La Carretera. La tez morena de porquería, la barba entrecana, espesa y despeinada. Y unos ojos grises que aún conservan un destello del azul que un día debieron lucir.

-Sí –contesta el hombre en voz baja. La ese de su respuesta denota que no tiene dientes, aunque la escasa luz no me permite comprobarlo.

-¿Necesita usted algo?

Se piensa la respuesta. Intuyo que hay cierto reparo en sus dudas. Algo parecido a la vergüenza. Al cabo dice:

-Agradecería un poco de leche caliente.

Y baja de nuevo la mirada al pavimento.

Agradecería un poco de leche caliente… Me impresiona la frase, en su forma y en su fondo. Sed y frío.

-Claro, hombre.

Así que subo a casa y pongo a calentar el contenido de dos bricks. Mientras tanto meto tres plátanos, dos manzanas y dos naranjas en una bolsa. En otra la media barra de pan que encuentro en la panera y lo que hay en mi siempre precaria nevera: un surtido de fiambres del DIA y un paquete de queso en lonchas. Luego trasvaso la leche caliente a una botella de Fontvella y salgo con todo eso de casa. En el ascensor me doy cuenta de que no le he cogido una manta. Subo de nuevo. Bajo otra vez.

-Tenga usted.

-Gracias.

-De nada.

Esa noche me despierto a eso de las cuatro. Sé que es una de esas noches en que me va a costar volver a coger el sueño. Normalmente me fumaría un cigarro en la ventana a la espera de que el cansancio me venciera. Pero me da miedo ver al hombre ahí abajo, en el parque, en el banco. En la calle. De hecho antes de acostarme estuve evitando acercarme a la ventana precisamente por eso. En fin, salgo de la cama, subo la persiana. Allí está. Pero no en el banco. Duerme en el suelo, con la manta que le he dado enrollada a modo de almohada y la noche fría de otoño extendiéndose sobre él. Si esto fuera una película de fondo sonaría una melodía triste. Pero no lo es. Esto se llama puta realidad y no se escucha ni el camión de la basura.

Vuelvo a dormirme cuando ya está amaneciendo así que me levanto tarde, a eso de las once. El hombre ya se ha despertado. Le veo desgajar una naranja. A la luz del día la fruta es el único rastro de color que presenta su figura, gris, como polvorienta. Los columpios están llenos de niños. Sus abuelos se encargan de mantenerlos a una distancia prudencial del banco del mendigo. Me pongo los vaqueros y bajo.

-Hola. ¿Qué tal ha pasado la noche?

Me siento profundamente gilipollas después de preguntarlo. Yo qué sé, no estoy acostumbrado a esto.

-Bueno –contesta el hombre con su voz rota, de vida dura-, un poco de frío.

-Pero no usó la manta para taparse.

-Es que me dolían mucho las cervicales, ¿sabe?

Me habla de usted. Me sorprende. Debe de tener unos cincuenta y cinco años pero aparenta por lo menos quince más.

-Oiga -le digo-, ¿quiere que llamemos a alguien? No sé, ¿a la policía, a una ambulancia?

-Preferiría que no. Estoy bien. Lo que quiero es irme a casa.

Eso me desconcierta.

-Ah, pero ¿tiene usted casa?

-Sí, un bajo por la Estación de Madera, ¿sabe usted? Es que salí a dar una vuelta hace dos días, me dio un pequeño mareo y me desorienté.

-Pero, ¿entonces tiene usted casa? –insisto.

-Sí, sí.

-¿Tiene las llaves?

-No, no hace falta llave –dice él como si fuera lo más normal del mundo-; estará abierto.

En fin, decido dar por terminado el incómodo interrogatorio y ofrecérselo:

-¿Quiere usted que le lleve?

-Se lo agradecería.

-Pues vámonos.

El paseo hacia mi coche se hace largo. El hombre anda con mucha dificultad. Le cojo las bolsas para aligerar su carga. Cuando al fin llegamos tose y jadea. Lo acomodo en el asiento del acompañante y me pongo al volante. El habitáculo se llena de olor a granja animal. Por el rabillo del ojo veo revolotear un par de insectos alrededor de su cabeza. Bajo las ventanillas, un poco. Y arranco.

Durante el trayecto hablamos. Cosas triviales. Creció en La Mancha. En tiempos fue trabajador metalúrgico. Vivió bien buena parte de su vida. Luego todo se fue a la mierda. Me pregunta a qué me dedico yo. La verdad es que no lo sé, le contesto. El hombre saca de un bolsillo un caliqueño. Me lo ofrece.

-No, gracias.

-Cójalo, es un regalo.

-Está bien, muchas gracias.

Y al fin llegamos a los alrededores de la vieja Estación de Madera. Siguiendo sus indicaciones serpenteamos por algunas callejuelas hasta que el hombre extiende el brazo, señala y dice:

-Aquí. Esta es mi casa.

Un bajo en estado de ruina con un boquete en la pared haciendo las veces de entrada. Apoyada contra la pared una plancha de madera. La puerta para por las noches, imagino. Echo el coche a un lado de la calle y le ayudo a bajar. Luego le doy sus bolsas y diez euros que le cuesta aceptar y le digo:

-Bueno, cuídese.

El hombre me tiende la mano. Se la estrecho.

-Me llamo Chimo –dice, y solloza levemente, con dignidad-. Muchas gracias por todo.

-Yo Iván. De nada.

Subo al coche y arranco. Por el retrovisor veo a Chimo entrar dificultosamente en lo que él llama su casa a través del boquete en el muro. Yo conduzco de regreso a la mía sin tener ni puta idea de si he hecho algo bueno o malo. Salgo de dudas cuando esa noche enciendo el pc, entro en Facebook y cae sobre mí una avalancha de anuncios sobre perros y gatos de este estilo: “Snow necesita con urgencia una casa de acogida para recuperarse. Padece infección cutánea por la cantidad de pulgas que ha habido este año”.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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