Explosiones

Empezó hace una semana. Hacía una mañana deslumbrante. Estaba en la terraza de un bar tomándome un café con un amigo. Un amigo de toda la vida. Hablábamos. La confianza de siempre. El mismo buen rollo. Fluidez, comprensión, empatía. En fin, ya sabéis. Hasta que de repente dijo algo incoherente. Algo que para mis tímpanos sonó como un rayajo en un vinilo. En fin, algo que nunca pensé que mi amigo pudiera llegar a decir. Para entendernos: se puso solemne. No entendí muy bien lo que me decía porque era como si estuviera tratando de explicarme el sentido de la vida, y todo el mundo sabe que eso no existe. Pero si capté ese matiz aleccionador impregnando su voz al tiempo que sus ojos me miraban con un atisbo de condescendencia. Aquello me tocó un poco los cojones, claro, pero ni siquiera tuve ocasión de replicar. Un instante después, tras una breve vibración de su mandíbula, la cabeza se le partió por la mitad. La gente de las mesas vecinas ni se inmutó. Pero yo me asusté de la hostia, lo reconozco. Todo ese rojo viscoso sobre mi jersey. En cualquier caso me relajé cuando vi que mi amigo seguía respirando con normalidad. Incluso se ofreció a pagarme el café. Se levantó de la silla y se dirigió al interior del bar con paso firme pese a que las dos mitades de su cabeza colgaban de su cuello como una maraca rota. Después salió y se despidió alegando que tenía prisa. A ver si nos vemos pronto, tío, dijo, y enfiló calle arriba con el flamante amasijo de carne y hueso bamboleándose sobre sus hombros. El cerebro, viscoso y goteante, le brillaba al sol como una granada tropical. Desde entonces he visto explotar el cráneo de al menos una docena de amigos, familiares y conocidos. En tan solo una semana. Tiene que tratarse de un virus o algo así. Una jodida pandemia. Pero lo cierto es que no hay pánico en las calles ni avalanchas de refugiados ni asaltos a supermercados. De hecho tengo la impresión de que solo yo ando un poco inquieto con este asunto. Y, no sé, son cosas que hacen pensar. Me refiero a que siempre había oído decir eso de que la gente cambia. Que la edad lo vuelve a uno más prudente, más conservador. Más viejo, qué coño. Pero, joder, nunca imaginé que consistiera en esto. En fin, ni idea. Visto lo visto supongo que haré caso al último amigo al que llamé para contarle toda esta historia. No te agobies, me dijo desde el otro extremo de la línea telefónica, vendrán tiempos mejores. A través del auricular se colaba el llanto de su bebé mezclado con la sintonía de un programa televisivo de prensa rosa. A mí me sonó como si me hablara desde el otro extremo de la galaxia.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Explosiones

  1. micromios dijo:

    No sé qué pensar, me da miedo que si reflexiono mucho me estalle la cabeza. Por si acaso tengo el papel de plata a mano.
    Interesante texto.
    Salut

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